El hombre, al desnudo, sentado, mirándose al espejo, sin ningún tipo de maquillaje, por primera vez desde que empezase la carrera. Le resulta sorprendente haber llegado hasta donde está, y sabe que nunca habría llegado sin ayuda.
Ahora sin maquillaje, frente al espejo, frente a sus arrugas, frente a la cicatriz infantil y a la cana oculta, piensa. No debería de estar pensando, pero efectivamente así lo hace. Y no piensa en el objetivo, no piensa en la finalidad, no calcula estrategia ninguna ni repasa las palabras que el mundo escuchará, palabras que hace suyas cada vez que habla, cada vez que las interpreta. Lo que está haciendo es mirarse en ropa interior, en el silencio de la habitación frente al espejo, sobrepasado completamente por los acontecimientos y por la circunstancia. Y no le gusta lo que vé, por eso como un niño en mitad de la noche, llama a su maquilladora.
-¿Qué pasa? ¿Qué haces? Quedan 15 minutos y todavía no estás vestido
-Por eso te he llamado. Necesito que....
-Espere. ¡Charlotte!¡Charlotte! ¡Ven aquí enseguida!, necesitamos otra ropa interior, esta es ridícula, ¡date prisa! Tranquilo, ya verás como en 10 minutos parecerás otro.
Entonces , desde el fono de la habitación, aparece un tipo con injertos capilares en la cabeza, y con un impoluto traje negro que contrastaba con el blanco brillante de su “iphone”. Sonríe, y pasea con lentitud mientras revisa los papeles. Entra en la sala, deja los papeles sobre la mesa, y posa sus manos sobre los hombros del hombre.
-Campeón, este es el último debate. Las encuetas del times marcan que en las elecciones arrasarás sin ninguna duda, pero no podemos permitirnos ninguna bajada de defensas. No se trata de ganar, se trata de humillar.
-Ajá
-Por eso quiero que recuerdes todo lo que hemos hecho durante la campaña. Quiero los gestos, quiero las palabras, quiero que saques a ese tú tan genial ¿entendido?
-Ajá
-Aquí tienes el discurso. Recuerda, las palabras en negrita son las que tienes que enfatizar más. Como hemos visto que tu popularidad ha crecido entre las mujeres de entre 50-75 años del medio Oeste, te hemos escrito esto de aquí. 4 tonterías, ya sabes, para que las seduzcas.
-Ajá
-Me gusta este olor ¿colonia nueva? ¿como se llama?
-No lo sé...- y entonces, vuelve a perderse en si mismo en el espejo-.
-Bueno, en cinco minutos sales a la arena. ¿Estás preparado?
-No lo sé. ¿Estoy preparado?
-Si. Estás preparado- le dice dándole un par de golpes en la espalda- Estás muy preparado.
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domingo, 9 de mayo de 2010
viernes, 25 de septiembre de 2009
V
-Dicen que ahí fuera hay alguien; es más, dicen que hay alguien peligroso, que no debemos salir; Lo dijeron en la tele hace un rato, aunque hace ya un par de horas que se ha ido la luz.
-¿Ni si quiera salir al pasillo? Estamos apunto de quedarnos sin cerillas y vamos a necesitar fuego, no me gusta estar a oscuras todo el rato.
-Si enciendes una vela podrá vernos.
- No si la ponemos ahí. Y además, creo que salir al pasillo seria una buena idea, podemos hablar con los vecinos, preguntarles si tienen algún canal de información, si tienen cerillas, no se, preguntar cosas, y así de paso no me aburro de ti, que en el fondo ya nos conocemos mucho.
- No entiendo como puedes hacer chistes en este preciso momento, cuando nos están rondando por ahí fuera.
Si quieres nos ponemos todos a llorar, si es que crees que los llantos no le atraerán.
Además, tampoco creas que el contacto con los demás vecinos nos ayudará tanto, perderemos lo poco que tenemos, y por suerte aun quedan en la despensa como 7 latas de atún.
- Podemos compartirlas. Tenemos comida de sobra hasta mañana
Tu da tu parte si a ti te da la gana. Yo no lo haré, no sé cuanto durará la noche.
-¿Y cual es tu solución entonces?
-Mi solución. Pues hacer exactamente lo que han dicho. Permanezcan en sus casa hasta la mañana siguiente y no se alarmen.
-¿Y hasta entonces?
-Pues podemos permanecer despiertos o seguir dormidos. Pero aquí
Los nervios hacen que sus palabras suenen más a ordenes que a recomendaciones u opciones. Tal vez lo son, pero como no dijo ordeno, no pasa absolutamente nada.
Finalmente, y cuando mirando al infinito se queda dormido, Otro sale finalmente al pasillo. Solo hay dos viviendas en cada planta., y una gran cristalera que asoma a la ciudad y en consecuencia al mundo. Se acerca a la ventana para hacerse una idea de que es lo que esta pasando por ahí fuera pero nada, la misma nada que dentro de la casa, a excepción de la luna que aquella noche resplandece pálidamente. Llama a cada puerta de todo el edificio, pero nada también. O todo el mundo se marcho al saber la noticia, o es que nadie quiere abrir la puerta, en cualquier caso el resultado es el mismo. Harto de contemplar la oscuridad decide moverse hasta la calle. Estadisticamente tiene que haber alguien que halla llegado a su misma conclusión, se dice con esperanza. Y sale a la calle en busca de un encuentro en la oscuridad.
Pero en la calle no hay nadie. Esta solo ahí fuera. Comienza a correr, buscando una luz, o algún punto brillante y el escándalo de sus pisadas retumba tan fuerte que se oye hasta desde el décimo piso. Y mientras lo pasos retumban secos, las madres susurran a sus hijos que miren por la ventana, que la tele no miente, que sí que es verdad que alguien les esta rondando a todos, y que no deben salir. Pero se confunden de persona. Aunque tal vez no. ¿O si?
-¿Ni si quiera salir al pasillo? Estamos apunto de quedarnos sin cerillas y vamos a necesitar fuego, no me gusta estar a oscuras todo el rato.
-Si enciendes una vela podrá vernos.
- No si la ponemos ahí. Y además, creo que salir al pasillo seria una buena idea, podemos hablar con los vecinos, preguntarles si tienen algún canal de información, si tienen cerillas, no se, preguntar cosas, y así de paso no me aburro de ti, que en el fondo ya nos conocemos mucho.
- No entiendo como puedes hacer chistes en este preciso momento, cuando nos están rondando por ahí fuera.
Si quieres nos ponemos todos a llorar, si es que crees que los llantos no le atraerán.
Además, tampoco creas que el contacto con los demás vecinos nos ayudará tanto, perderemos lo poco que tenemos, y por suerte aun quedan en la despensa como 7 latas de atún.
- Podemos compartirlas. Tenemos comida de sobra hasta mañana
Tu da tu parte si a ti te da la gana. Yo no lo haré, no sé cuanto durará la noche.
-¿Y cual es tu solución entonces?
-Mi solución. Pues hacer exactamente lo que han dicho. Permanezcan en sus casa hasta la mañana siguiente y no se alarmen.
-¿Y hasta entonces?
-Pues podemos permanecer despiertos o seguir dormidos. Pero aquí
Los nervios hacen que sus palabras suenen más a ordenes que a recomendaciones u opciones. Tal vez lo son, pero como no dijo ordeno, no pasa absolutamente nada.
Finalmente, y cuando mirando al infinito se queda dormido, Otro sale finalmente al pasillo. Solo hay dos viviendas en cada planta., y una gran cristalera que asoma a la ciudad y en consecuencia al mundo. Se acerca a la ventana para hacerse una idea de que es lo que esta pasando por ahí fuera pero nada, la misma nada que dentro de la casa, a excepción de la luna que aquella noche resplandece pálidamente. Llama a cada puerta de todo el edificio, pero nada también. O todo el mundo se marcho al saber la noticia, o es que nadie quiere abrir la puerta, en cualquier caso el resultado es el mismo. Harto de contemplar la oscuridad decide moverse hasta la calle. Estadisticamente tiene que haber alguien que halla llegado a su misma conclusión, se dice con esperanza. Y sale a la calle en busca de un encuentro en la oscuridad.
Pero en la calle no hay nadie. Esta solo ahí fuera. Comienza a correr, buscando una luz, o algún punto brillante y el escándalo de sus pisadas retumba tan fuerte que se oye hasta desde el décimo piso. Y mientras lo pasos retumban secos, las madres susurran a sus hijos que miren por la ventana, que la tele no miente, que sí que es verdad que alguien les esta rondando a todos, y que no deben salir. Pero se confunden de persona. Aunque tal vez no. ¿O si?
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Civilización o Barbarie
martes, 7 de julio de 2009
IV
Todas las salas de espera le llevaban mentalmente a la sala de espera de su dermatólogo, aquella sala de espera de paredes al gotele en consonancia al horrible acne de algunos de los presentes, donde tantas horas había y se había aburrido, malgastado cada maldito segundo en mirar los dibujos que adornaban las paredes, ilustraciones sobre los métodos de cura medievales. Allí es donde por primera vez vio y comprendió el concepto de trepanación, pero eso amigos, es otra historia…
Bien, esta sala de espera, era particularmente anodina, casi de género podríamos decir. Un sofá, unos colores tranquilos, paredes lisas, un reloj, y una serie de revistas apiladas sobre un revistero, organizadas por orden de antigüedad, mezclando los mas variados temas, desde prensa rosa, a revistas de videojuegos, el ultimo escándalo socio-político, un reportaje en profundidad sobre el turismo en el Adriático, y sobretodo entrevistas ligeras a variopintos personajes, que tan rápido se leían y tan rápido se olvidaban…
Y si bien era una sala de consulta normal y corriente, en un piso la mar de corriente, abierto a horas corrientes, la especialidad no era para nada corriente. De hecho, no se trataba propiamente dicha de una consulta médica. Los médicos, todos ellos, habían resultado completamente ineficientes ante lo que le adolecía. Todos ellos, públicos, privados, amigos, recomendados, lejanos, siempre coincidían en el mismo diagnostico: no concluyente, pero nada por lo que merezca la pena preocuparse. Había llegado la hora en ponerse en manos de los paramédicos, y sus paradiagnósticos. Por supuesto, estas no eran las formas que habría escogido, pero su prima, y compañera de piso, estaba ya harta de verle deambular por las noches en peregrinación a la nevera, harta de sus ojeras y su mala cara, su poco humor, y sus continuas quejas, así que lo arrastró hasta una consulta que una compañera de trabajo que le solía lanzar miraditas le recomendó con un tono de voz a mi parecer bastante sensual, aunque ella decidió restarle importancia.
Sí, podríamos decir que no era una consulta totalmente al uso, ya que el diagnostico lo realizaba un gato domestico dotado de gran sabiduría. El anuncio, y todas las personas que habían acudido al lugar lo decían, “un gato muy sabio, y muy suave”. ¿Pero como iba a resolver un gato un problema que ni un neurocirujano había podido llegar a comprender? Eres un antiguo, le dijo su prima, la medicina alternativa puede llegar a ser muy efectiva. Una vez, en la zona oeste, una adivina me tiro las cartas y adivinó que iba a dejarme la carrera. Entonces mi madre es una bruja, pensó…
¿Qué clase de persona busca un gato para que le solucione un problema? Miró a su alrededor, y vió el resto de gente que había en la sala. Tan solo 3 personas, un señor calvo y de larga barba negra, que llevaba un libro bastante gordo bajo el brazo, un ridículo sombrero sobre las piernas, y no dejaba de ajustarse el sonotone y observar el movimiento de su reloj de bolsillo, un niño con cara de trasto acompañado de un tigre de peluche, y una señora que tapaba su cara con un periódico y tenía algún defecto en el habla, acompañada de su hija, que tenía un increíble parecido con Mafalda.
“Esto es un chiste”, pensó en voz alta, agarró los trastos e hizo un amago de salir por el pasillo hacia la puerta. Pero justo en ese momento la enfermera dijo su nombre. Su prima y la enfermera (que no dejaba de mirar de reojo a la prima) lo acompañaron hacia la sala de diagnostico, y lo empujaron hacia dentro, quedándose solas en un pasillo saturado de pacientes.
Y ahí estaba, a solas con el doctor. La habitación parecía la de un doctor normal y corriente. De hecho tenía incluso material de oficina y una pequeña biblioteca medica con obras que podrían encontrarse en cualquier librería universitaria, salvo algún tratado de anatomía especializado, y una curiosa maqueta a tamaño de real de un cerebro humano, en la que cada parte estaba coloreada de un color. Lo único que lo diferenciaba era que bajo el escritorio se encontraba un cuenco con pienso, otro con agua, un pequeño cesto donde con el nombre “Doctor Gato” donde normalmente hay un sillón de cuero en todas las consultas privadas, y por supuesto, el animal en cuestión.
Tomaba el sol sobre un libro bastante grande titulado la dieta de la alcachofa, sobre el sillón del escritorio. Era un gato peludo, gordo y de color rojizo, con pinta de bonachón, y unos ojos enternecedores. Su pelaje se veía suave, y sus bigotes largos y duros. El animal era totalmente impasible, y respondió con total ignorancia a la intromisión del extraño protagonista del cuento.
Al principio, el paciente, se quedó un poco descolocado. Le pareció un gato, y así lo era, totalmente normal. Después de no poder más, y estallar en carcajadas, una vez se hubo reído bastante intento salir de la consulta, pero observó que la puerta no tenía pomo por dentro, sino una simple gatera, de salida. Lógico, si se trataba de una puerta diseñada para un animal que no puede dominar los pulgares. Asomó la mano por la gatera, pero no pareció obtener ningún efecto. Luego empezó ha hablar a través de la gatera, para que le abriesen, y viendo que esto tampoco obtuvo respuesta, asomo el ojo y vió que derepente no había nadie en la consulta. ¿Se habría olvidado su prima de él? Para colmo tenía su móvil. Se había quedado encerrado, hasta mañana, al menos, en la consulta del Doctor Gato, acompañado de Doctor Gato, por supuesto.
Gritó, desde luego que si, abrió la ventana y chilló un poco, pero tampoco nadie parecía escucharle. De todas formas aquella silla de paciente no parecía tan incómoda. Así que tras los primeros momentos de pánico, se recostó en la camilla, y se encendió un cigarrillo. Tarde o temprano la enfermera entraría por la puerta. Y mientras tanto, si corriese el riesgo de inanición, siempre podría comerse al doctor.
Las horas y los cigarros parecían ir pasando, y el doctor estaba ahí, encima del libro, recibiendo un maravilloso baño de sol. El tiempo se había detenido en aquel lugar, sin ninguna duda. Y más o menos a la altura del quinto filtro, el animal por fin, movió ficha. Maulló, y se le quedó mirando fijamente. Por un momento creyó que intentaba establecer algún tipo de comunicación, pero pronto volvió a apoyar la cabeza contra la portada del libro y siguió recibiendo los rayos de sol.
Debe de ser un problema muy gordo si creo que un gato a intentado hablar conmigo, pensó. Debe de ser un problema terrible…
Y su problema…. La verdad es que no era un problema tan especial. Simple angustia mal digerida y prolongada. Él tenía ahora 24 años, y había terminado su carrera, y esta era la excusa del momento, aunque lo cierto es que nunca supo bien porque hacía lo que hacía. Su obsesión por lo cierto y lo incierto, le había llegado hasta la más absurda de las posiciones filosóficas ante la vida, una especie de post-modernismo barato, o quizás era un empirismo radical con un regustillo a reflexiones de autores de nombres resonantes que escribieron allá por los 50. Ni idea. Cierto es que muchas de esas reflexiones habían partido desde un punto de vista totalmente modesto, pero su personalidad tan pretenciosa le llevaba a afirmar con rotundidad la imposibilidad de la afirmación. Precisamente había estudiado historia, y fueron esas actitudes la que le llevo a pensar para si mismo que la historia era imposible conocerla, de ningún modo. Se trataba de una de esas reflexiones fortuitas a las que llegas a una reflexiona sin haber leído antes a ningún autor que hablase del tema, pero resulta que luego hay una escuela historiográfica que ha vendido muchos libros a costa de esta misma idea. Así que había e iba a dedicar su vida a algo inexistente, algo que desde su comenzó se gesto como pura mentira para comunicar el linaje de los reyes con los dioses de la antigüedad, los Zeus y los Ra. Todas las ciencias sociales son meras conjeturas… Y para colmo dar clase de enseñanza secundaria es como mentir sobre una mentira en sí misma. Pero es que no hay nada real, pensaba mientras fumaba, no hay nada que sea real…
Y cuando la palabra real retumbó fuerte en su cráneo, el gato se levantó de su asiento, y comenzó a caminar hacia él, con cara de que le compadecía, y con toda la tranquilidad del mundo. Pero cuando se aproximó lo suficiente sacó las uñas y le dio un fuerte zarpazo en el brazo. Cubriéndose el corte, y retorciéndose del escozor, tras empujar al gato hacia el otro lado del escritorio, no comprendía porque el animal le había hecho eso. Y entonces, el gato le dijo con una profunda voz: “Porque el dolor que sientes en este momento, y la cicatriz que se te quedará en el brazo, son y serán algo indudablemente real. Pero tu verás que haces con el resto”. “¿Acabas de hablar?” Dijo el paciente, y el gato volvió a recostarse sobre el libro, y a continuar con su baño de sol.
Justo en ese momento la enfermera paso a la consulta. “Muy bien, pase por aquí, y le cobraremos le tomaremos nota, de la factura y todo lo demás”. Sin entender aún nada, se dejo arrastrar por la prima hacia el pasillo, observado de reojo al felino, que continuó sentado como si nada hubiese pasado. Ni siquiera tuvo, el doctor claro está, la cortesía de guiñarle un ojo en actitud de complicidad.
Bien, esta sala de espera, era particularmente anodina, casi de género podríamos decir. Un sofá, unos colores tranquilos, paredes lisas, un reloj, y una serie de revistas apiladas sobre un revistero, organizadas por orden de antigüedad, mezclando los mas variados temas, desde prensa rosa, a revistas de videojuegos, el ultimo escándalo socio-político, un reportaje en profundidad sobre el turismo en el Adriático, y sobretodo entrevistas ligeras a variopintos personajes, que tan rápido se leían y tan rápido se olvidaban…
Y si bien era una sala de consulta normal y corriente, en un piso la mar de corriente, abierto a horas corrientes, la especialidad no era para nada corriente. De hecho, no se trataba propiamente dicha de una consulta médica. Los médicos, todos ellos, habían resultado completamente ineficientes ante lo que le adolecía. Todos ellos, públicos, privados, amigos, recomendados, lejanos, siempre coincidían en el mismo diagnostico: no concluyente, pero nada por lo que merezca la pena preocuparse. Había llegado la hora en ponerse en manos de los paramédicos, y sus paradiagnósticos. Por supuesto, estas no eran las formas que habría escogido, pero su prima, y compañera de piso, estaba ya harta de verle deambular por las noches en peregrinación a la nevera, harta de sus ojeras y su mala cara, su poco humor, y sus continuas quejas, así que lo arrastró hasta una consulta que una compañera de trabajo que le solía lanzar miraditas le recomendó con un tono de voz a mi parecer bastante sensual, aunque ella decidió restarle importancia.
Sí, podríamos decir que no era una consulta totalmente al uso, ya que el diagnostico lo realizaba un gato domestico dotado de gran sabiduría. El anuncio, y todas las personas que habían acudido al lugar lo decían, “un gato muy sabio, y muy suave”. ¿Pero como iba a resolver un gato un problema que ni un neurocirujano había podido llegar a comprender? Eres un antiguo, le dijo su prima, la medicina alternativa puede llegar a ser muy efectiva. Una vez, en la zona oeste, una adivina me tiro las cartas y adivinó que iba a dejarme la carrera. Entonces mi madre es una bruja, pensó…
¿Qué clase de persona busca un gato para que le solucione un problema? Miró a su alrededor, y vió el resto de gente que había en la sala. Tan solo 3 personas, un señor calvo y de larga barba negra, que llevaba un libro bastante gordo bajo el brazo, un ridículo sombrero sobre las piernas, y no dejaba de ajustarse el sonotone y observar el movimiento de su reloj de bolsillo, un niño con cara de trasto acompañado de un tigre de peluche, y una señora que tapaba su cara con un periódico y tenía algún defecto en el habla, acompañada de su hija, que tenía un increíble parecido con Mafalda.
“Esto es un chiste”, pensó en voz alta, agarró los trastos e hizo un amago de salir por el pasillo hacia la puerta. Pero justo en ese momento la enfermera dijo su nombre. Su prima y la enfermera (que no dejaba de mirar de reojo a la prima) lo acompañaron hacia la sala de diagnostico, y lo empujaron hacia dentro, quedándose solas en un pasillo saturado de pacientes.
Y ahí estaba, a solas con el doctor. La habitación parecía la de un doctor normal y corriente. De hecho tenía incluso material de oficina y una pequeña biblioteca medica con obras que podrían encontrarse en cualquier librería universitaria, salvo algún tratado de anatomía especializado, y una curiosa maqueta a tamaño de real de un cerebro humano, en la que cada parte estaba coloreada de un color. Lo único que lo diferenciaba era que bajo el escritorio se encontraba un cuenco con pienso, otro con agua, un pequeño cesto donde con el nombre “Doctor Gato” donde normalmente hay un sillón de cuero en todas las consultas privadas, y por supuesto, el animal en cuestión.
Tomaba el sol sobre un libro bastante grande titulado la dieta de la alcachofa, sobre el sillón del escritorio. Era un gato peludo, gordo y de color rojizo, con pinta de bonachón, y unos ojos enternecedores. Su pelaje se veía suave, y sus bigotes largos y duros. El animal era totalmente impasible, y respondió con total ignorancia a la intromisión del extraño protagonista del cuento.
Al principio, el paciente, se quedó un poco descolocado. Le pareció un gato, y así lo era, totalmente normal. Después de no poder más, y estallar en carcajadas, una vez se hubo reído bastante intento salir de la consulta, pero observó que la puerta no tenía pomo por dentro, sino una simple gatera, de salida. Lógico, si se trataba de una puerta diseñada para un animal que no puede dominar los pulgares. Asomó la mano por la gatera, pero no pareció obtener ningún efecto. Luego empezó ha hablar a través de la gatera, para que le abriesen, y viendo que esto tampoco obtuvo respuesta, asomo el ojo y vió que derepente no había nadie en la consulta. ¿Se habría olvidado su prima de él? Para colmo tenía su móvil. Se había quedado encerrado, hasta mañana, al menos, en la consulta del Doctor Gato, acompañado de Doctor Gato, por supuesto.
Gritó, desde luego que si, abrió la ventana y chilló un poco, pero tampoco nadie parecía escucharle. De todas formas aquella silla de paciente no parecía tan incómoda. Así que tras los primeros momentos de pánico, se recostó en la camilla, y se encendió un cigarrillo. Tarde o temprano la enfermera entraría por la puerta. Y mientras tanto, si corriese el riesgo de inanición, siempre podría comerse al doctor.
Las horas y los cigarros parecían ir pasando, y el doctor estaba ahí, encima del libro, recibiendo un maravilloso baño de sol. El tiempo se había detenido en aquel lugar, sin ninguna duda. Y más o menos a la altura del quinto filtro, el animal por fin, movió ficha. Maulló, y se le quedó mirando fijamente. Por un momento creyó que intentaba establecer algún tipo de comunicación, pero pronto volvió a apoyar la cabeza contra la portada del libro y siguió recibiendo los rayos de sol.
Debe de ser un problema muy gordo si creo que un gato a intentado hablar conmigo, pensó. Debe de ser un problema terrible…
Y su problema…. La verdad es que no era un problema tan especial. Simple angustia mal digerida y prolongada. Él tenía ahora 24 años, y había terminado su carrera, y esta era la excusa del momento, aunque lo cierto es que nunca supo bien porque hacía lo que hacía. Su obsesión por lo cierto y lo incierto, le había llegado hasta la más absurda de las posiciones filosóficas ante la vida, una especie de post-modernismo barato, o quizás era un empirismo radical con un regustillo a reflexiones de autores de nombres resonantes que escribieron allá por los 50. Ni idea. Cierto es que muchas de esas reflexiones habían partido desde un punto de vista totalmente modesto, pero su personalidad tan pretenciosa le llevaba a afirmar con rotundidad la imposibilidad de la afirmación. Precisamente había estudiado historia, y fueron esas actitudes la que le llevo a pensar para si mismo que la historia era imposible conocerla, de ningún modo. Se trataba de una de esas reflexiones fortuitas a las que llegas a una reflexiona sin haber leído antes a ningún autor que hablase del tema, pero resulta que luego hay una escuela historiográfica que ha vendido muchos libros a costa de esta misma idea. Así que había e iba a dedicar su vida a algo inexistente, algo que desde su comenzó se gesto como pura mentira para comunicar el linaje de los reyes con los dioses de la antigüedad, los Zeus y los Ra. Todas las ciencias sociales son meras conjeturas… Y para colmo dar clase de enseñanza secundaria es como mentir sobre una mentira en sí misma. Pero es que no hay nada real, pensaba mientras fumaba, no hay nada que sea real…
Y cuando la palabra real retumbó fuerte en su cráneo, el gato se levantó de su asiento, y comenzó a caminar hacia él, con cara de que le compadecía, y con toda la tranquilidad del mundo. Pero cuando se aproximó lo suficiente sacó las uñas y le dio un fuerte zarpazo en el brazo. Cubriéndose el corte, y retorciéndose del escozor, tras empujar al gato hacia el otro lado del escritorio, no comprendía porque el animal le había hecho eso. Y entonces, el gato le dijo con una profunda voz: “Porque el dolor que sientes en este momento, y la cicatriz que se te quedará en el brazo, son y serán algo indudablemente real. Pero tu verás que haces con el resto”. “¿Acabas de hablar?” Dijo el paciente, y el gato volvió a recostarse sobre el libro, y a continuar con su baño de sol.
Justo en ese momento la enfermera paso a la consulta. “Muy bien, pase por aquí, y le cobraremos le tomaremos nota, de la factura y todo lo demás”. Sin entender aún nada, se dejo arrastrar por la prima hacia el pasillo, observado de reojo al felino, que continuó sentado como si nada hubiese pasado. Ni siquiera tuvo, el doctor claro está, la cortesía de guiñarle un ojo en actitud de complicidad.
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Civilización o Barbarie
jueves, 25 de junio de 2009
III (o también, Buscadores de Oro)
"-…El Oro es algo diabólico. Uno empieza por decirse que se conformaría con una cantidad que representase 25.000 dólares ¡que Dios no me ayude si miento! Y va decidido. Después de pasar meses sudando, mareándose, andando escaso de todo baja a los 15.000 y luego a los 10.000. Al final dice, permíteme que encuentre algo por valor de 5000 y no pediré nada más a cambio."
El Tesoro de Sierra Madre.
He aquí la habitual rutina del bar de extrarradio que presento en esta mi ficción. Primero, permanece cerrado, mientras las últimas cucarachas desaparecen en la tranquilidad de la noche ante la inminente llegada de los primeros rayos solares.
Y segundos más tarde, el camarero apaga la primera colilla del día en la misma esquina, y manosea el manojo de llaves antes de abrir el establecimiento. No se trata del típico bar grasiento, de esos ya van quedando pocos. Este se trata de un nuevo tipo de bar. Pertenece a una franquicia que simula aquellos bares añejos, solo que cumpliendo todas las normativas de sanidad (la industria de lo revival vive sin duda una de sus épocas doradas. Parece que nadie quiera vivir hoy). Es nuevo y a la vez es viejo. De hecho, los ejecutivos tomaron a bien la sugerencia que el antiguo dueño y actual encargado les hizo acerca de mantener el nombre viejo nombre para no provocar rechazo en la clientela habitual.
El camarero limpia las mesas, pone los servilleteros en su sitio mientras la máquina de café se calienta, y repone los periódicos, mientras enchufa el televisor, sirviendose su café, antes de que los dos primeros clientes caigan por el local. Antes, cuando venía aún mas gente solía poner unas revistas, pero lleva por lo menos 5 años el mismo muy interesante (aquel con la foto en portada de un antiguo galeón hundido, con un titular de llamativa tipologia en el que se lee “oro en las profundidades”).
Suele ser que los primeros clientes son totales desconocidos. Llegan pronto y esperan a que la oficina del INEM abra. Luego, con más confianza, van entrando los clientes ocasionales mientras los anonimos bebedores de café vacian la taza,pagan y se van (alguno dice buenos días). Un nuevo, y sobretodo, un nuevo que va a la oficina (como se le llama con cariño o tal vez resignación a la oficina del paro) tarda una media de entre 3 y 5 días en entender que pasará varias mañanas por allí, y por tanto no suelen hablar mucho de nada. Poco a poco, y la media de paro es de 6 meses a un año y medio (en tiempos de crecimiento económico), van entendiendo el funcionamiento, el orden único e inevitable de aquel microcosmos, sus personajes, sus tramas, aquellos temas que son omitidos, y quien opina qué en las grandes y estériles conversaciones que desencadenan los muy imparciales medios de comunicación. Conforme sigue pasando el tiempo, los tabúes se van derribando, y las preguntas surgen, para ir siendo contestadas.
-¿Quién es el extraño hombre que de vez en cuando sale a gritar por la ventana?-preguntan los que no saben durante su segundo café a eso de las 10, antes de ir ha hacer aquello que tengan previsto
-Normalmente, a eso de las 12- dice el siempre el camarero, cada día más canoso, secando los vasos de cerveza recién sacados del lavavajillas- el señor Zarzamora, asoma su cabeza todas las mañanas por el balcón para gritar que por fin a convertido el plomo en oro- Superada la pequeña introducción, que suele provocar la risa de los nuevos, el camarero impasible ante nada, continua relatando la historia- Así es, pasa todas las noches en vela, realizando experimentos…Zarzamora, o Don Norberto, como le llamaban cuando era otro de los habituales de esta barra, es un antiguo peletero, que un día, viéndose bien cubierto para la jubilación decidió vender su comercio a unas muchachas que lo transformaron en una herboristería- negocio que procierto no llegó a buen puerto. Después de muchos traspasos y reenfoques del negocio, parece ser que como locutorio funciona muy bien (lo cual rayaba la evidencia en vistas de lo que parece haber cambiado el barrio últimamente.)- En fin, Zarzamora, fue durante un tiempo un jubilado ejemplar: petanca, prensa deportiva, y toda clase de pasatiempos baratos, además de cómo no, la barra de este bar, justo en la silla donde ahora dejo las revistas. Y un día sin saber porque, se subió a su casa sin despedirse. Él estaba tranquilo, viendo la televisión, tomando su café, y se largó- y aquí tiene que hacer una pausa, siempre. Por muchas veces que llegue a esta parte de la historia, le cuesta hablar de ello, porque realmente siente cada cliente como un familiar, y aquello fue para él como perder a un sobrino 10 años mayor. Pero antes de que nada asome más de lo debido, vuelve a reenfocar su tono, tan siempre impasible a todo.- Y desde entonces todo lo que sabemos de él es que puntualmente a las 12 como un cuco se asoma por la ventana y grita que lo ha conseguido. Algunos han subido… yo tengo mucho trabajo y no puedo, pero cuentan como ha convertido su sala de estar en un laboratorio… lleno de chismes, de frascos de colores, de tablas de formulas, todo lleno de tiza. Ha vendido su televisión, y ahora se dedica a buscar oro. Pero lo más extraño es que médicamente no está loco. Su hijo ha intentado internarlo varias veces en una residencia, temiendo por la vida de su padre y por el valor del inmueble, ¡y los vecinos! Pero siempre supera los test psicológicos-
Y como si una cosa fuera ligada a la otra, cuando el camarero dice la ultima palabra termina de secar la última copa, dejando otro café sobre la barra y desapareciendo en el interior de la cocina, a seguir trabajando.
-Pues yo no se si Zarzamora está loco o no, lo que sé es que es un hijo de puta y un mal nacido- llegado a este, y salvo rara excepción o ausencia, prosigue punto la historia el hombre que bebe un tercio directamente del botellín, sin dejar de prestar atención a la máquina tragaperras- Un hijo de la gran puta, se lo digo yo. ¿Sabes de donde saco ese tipo el dinero para montarse su negocio? De todo el vecindario. Ha sido un trepa toda su vida, y seguirá siendo- Maldice un buen rato, no se sabe bien a qué, mientras vuelve a poner otra moneda en la máquina.- Hará ya treantaypico o tal vez tretaymuchos años, ese hombre estaba conmigo y con la mayor parte de los vecinos de antes trabajando en la antigua fábrica de metal, que había donde ahora van a construir el nuevo estadio. Estábamos todos metidos en la U.S.O (Unión Sindical Obrera), y llegamos a un pacto con los de comisiones para que en las elecciones para en sindicato vertical, para nuestra fábrica se presentase sobretodo la gente de nuestro partido. Espera un segundito. -Aprieta un botón luminoso que no deja de parpadear y ahora lo que se mueve es la pantalla de arriba, primero sale un limón, luego unas uvas y por último un cofre del tesoro con la palabra “price” escrito encima. No se lleva el primero pero la voz femenina que sale de la maquina le aconseja que siga miento monedas, que esta muy cerca. Mete la mano en el bolsillo, y continúa el relato mientras el juego sigue-. Bien, una noche, en este mismo bar, justo después que Zarzamora se fuese, una abogada del partido nos dijo que era un soplón de la brigada política. Automáticamente lo borramos de las listas y a la semana, en plena asamblea, en la sacristía de la parroquia de San Roque, hicieron un redada y nos llevaron a todos a la cárcel. Por suerte no estuve mucho tiempo allí, pero cuando salí Zarzamora había pasado llamarse Norberto a que le llamasen Don Norberto el peletero. Si es que este mundo... -y sigue maldiciendo quien sabe a quien, mientras el botón luminoso vuelve a brillar
Lo cierto es que el señor Zarzamora es una figura discutida del barrio. Nunca se ha llegado a demostrar nada de él, y poca gente ha llegado a conocerlo en persona desde el aquel extraño día. Todo el mundo habla de Norberto menos María, una de las mujeres más discretas del barrio. Limpia en casa de Don Norberto todos los Martes y Viernes, y pasa a recoger el sueldo el primer domingo de cada mes. Lo cierto es que a parte del improvisado laboratorio, que en realidad no es más que un alambique y la antiguo mueble de televisión, lleno de elementos inorgánicos y aparatos de medición, la casa estaba totalmente limpia. Zarzamora no come demasiado, y aunque se ducha con regularidad, deja el cuarto de baño como si nadie hubiese estado allí. Ella solo limpia el polvo y friega bien los suelos. Cada 15 días realiza todas estas tareas desnuda de cintura para abajo bajo la atenta mirada del viejo, que le dejaba una propia sustanciosa bajo una falsa figurita de porcelana que representa una carreta vacía llevada por un minero, en la entrada del piso. Sabe que es un abuelo inofensivo, pero se siente sumamente sucia al hacerlo, y a veces infiel. Luego piensa que el dinero bien lo vale. No tiene vacaciones, no tiene contrato, y le pagan miserias en todas las escaleras donde va a fregar. Ella ha venido aquí a ganar dinero. Para cobrar poco y vivir mal se habría quedado en su país.
La historia hace ya un buen rato que se ha acabado, y los consumidores consumen, como indica su sustantivo, ahora en silencio, tal vez pensado o tal vez no. El marroquí de siempre, entra como todos los días, más menos a esta ahora, para vender CDS, mecheros, y figuritas caricaturescas de algo que se le parece a Bob Marley. El hombre de la máquina juega su última moneda, y de nuevo la luz del premio gordo. La aprieta: oro, oro, y unas uvas. No hay premio gordo. El marroquí se le acerca y trata de venderle los últimos estrenos, por 3 euros cada uno, 9 euros si le compra 4, pero le hecha a patadas del bar diciéndole que se vuelva a su país, que aquí también falta trabajo. Ni María, ni el camarero se escandalizan, por todo esto, y quizás los muy nuevos sí, pero cada día menos. Están mirando para otro lado, haciendo cuentas, piensan en las facturas, y en los plazos, rebuscando con la cuchara bajo la capa azúcar alguna dorada respuesta en el poso del café aguado de maquina.
Finalmente todos se van a trabajar o a buscar trabajo. Se van simplemente. Los últimos en levantarse, escuchan una voz que grita desde un balcón que por fin a encontrado oro, puntualmente y como siempre a las doce. Y en unos minutos, 10 a lo sumo, llegarán los funcionarios a comer durante horas.
El Tesoro de Sierra Madre.
He aquí la habitual rutina del bar de extrarradio que presento en esta mi ficción. Primero, permanece cerrado, mientras las últimas cucarachas desaparecen en la tranquilidad de la noche ante la inminente llegada de los primeros rayos solares.
Y segundos más tarde, el camarero apaga la primera colilla del día en la misma esquina, y manosea el manojo de llaves antes de abrir el establecimiento. No se trata del típico bar grasiento, de esos ya van quedando pocos. Este se trata de un nuevo tipo de bar. Pertenece a una franquicia que simula aquellos bares añejos, solo que cumpliendo todas las normativas de sanidad (la industria de lo revival vive sin duda una de sus épocas doradas. Parece que nadie quiera vivir hoy). Es nuevo y a la vez es viejo. De hecho, los ejecutivos tomaron a bien la sugerencia que el antiguo dueño y actual encargado les hizo acerca de mantener el nombre viejo nombre para no provocar rechazo en la clientela habitual.
El camarero limpia las mesas, pone los servilleteros en su sitio mientras la máquina de café se calienta, y repone los periódicos, mientras enchufa el televisor, sirviendose su café, antes de que los dos primeros clientes caigan por el local. Antes, cuando venía aún mas gente solía poner unas revistas, pero lleva por lo menos 5 años el mismo muy interesante (aquel con la foto en portada de un antiguo galeón hundido, con un titular de llamativa tipologia en el que se lee “oro en las profundidades”).
Suele ser que los primeros clientes son totales desconocidos. Llegan pronto y esperan a que la oficina del INEM abra. Luego, con más confianza, van entrando los clientes ocasionales mientras los anonimos bebedores de café vacian la taza,pagan y se van (alguno dice buenos días). Un nuevo, y sobretodo, un nuevo que va a la oficina (como se le llama con cariño o tal vez resignación a la oficina del paro) tarda una media de entre 3 y 5 días en entender que pasará varias mañanas por allí, y por tanto no suelen hablar mucho de nada. Poco a poco, y la media de paro es de 6 meses a un año y medio (en tiempos de crecimiento económico), van entendiendo el funcionamiento, el orden único e inevitable de aquel microcosmos, sus personajes, sus tramas, aquellos temas que son omitidos, y quien opina qué en las grandes y estériles conversaciones que desencadenan los muy imparciales medios de comunicación. Conforme sigue pasando el tiempo, los tabúes se van derribando, y las preguntas surgen, para ir siendo contestadas.
-¿Quién es el extraño hombre que de vez en cuando sale a gritar por la ventana?-preguntan los que no saben durante su segundo café a eso de las 10, antes de ir ha hacer aquello que tengan previsto
-Normalmente, a eso de las 12- dice el siempre el camarero, cada día más canoso, secando los vasos de cerveza recién sacados del lavavajillas- el señor Zarzamora, asoma su cabeza todas las mañanas por el balcón para gritar que por fin a convertido el plomo en oro- Superada la pequeña introducción, que suele provocar la risa de los nuevos, el camarero impasible ante nada, continua relatando la historia- Así es, pasa todas las noches en vela, realizando experimentos…Zarzamora, o Don Norberto, como le llamaban cuando era otro de los habituales de esta barra, es un antiguo peletero, que un día, viéndose bien cubierto para la jubilación decidió vender su comercio a unas muchachas que lo transformaron en una herboristería- negocio que procierto no llegó a buen puerto. Después de muchos traspasos y reenfoques del negocio, parece ser que como locutorio funciona muy bien (lo cual rayaba la evidencia en vistas de lo que parece haber cambiado el barrio últimamente.)- En fin, Zarzamora, fue durante un tiempo un jubilado ejemplar: petanca, prensa deportiva, y toda clase de pasatiempos baratos, además de cómo no, la barra de este bar, justo en la silla donde ahora dejo las revistas. Y un día sin saber porque, se subió a su casa sin despedirse. Él estaba tranquilo, viendo la televisión, tomando su café, y se largó- y aquí tiene que hacer una pausa, siempre. Por muchas veces que llegue a esta parte de la historia, le cuesta hablar de ello, porque realmente siente cada cliente como un familiar, y aquello fue para él como perder a un sobrino 10 años mayor. Pero antes de que nada asome más de lo debido, vuelve a reenfocar su tono, tan siempre impasible a todo.- Y desde entonces todo lo que sabemos de él es que puntualmente a las 12 como un cuco se asoma por la ventana y grita que lo ha conseguido. Algunos han subido… yo tengo mucho trabajo y no puedo, pero cuentan como ha convertido su sala de estar en un laboratorio… lleno de chismes, de frascos de colores, de tablas de formulas, todo lleno de tiza. Ha vendido su televisión, y ahora se dedica a buscar oro. Pero lo más extraño es que médicamente no está loco. Su hijo ha intentado internarlo varias veces en una residencia, temiendo por la vida de su padre y por el valor del inmueble, ¡y los vecinos! Pero siempre supera los test psicológicos-
Y como si una cosa fuera ligada a la otra, cuando el camarero dice la ultima palabra termina de secar la última copa, dejando otro café sobre la barra y desapareciendo en el interior de la cocina, a seguir trabajando.
-Pues yo no se si Zarzamora está loco o no, lo que sé es que es un hijo de puta y un mal nacido- llegado a este, y salvo rara excepción o ausencia, prosigue punto la historia el hombre que bebe un tercio directamente del botellín, sin dejar de prestar atención a la máquina tragaperras- Un hijo de la gran puta, se lo digo yo. ¿Sabes de donde saco ese tipo el dinero para montarse su negocio? De todo el vecindario. Ha sido un trepa toda su vida, y seguirá siendo- Maldice un buen rato, no se sabe bien a qué, mientras vuelve a poner otra moneda en la máquina.- Hará ya treantaypico o tal vez tretaymuchos años, ese hombre estaba conmigo y con la mayor parte de los vecinos de antes trabajando en la antigua fábrica de metal, que había donde ahora van a construir el nuevo estadio. Estábamos todos metidos en la U.S.O (Unión Sindical Obrera), y llegamos a un pacto con los de comisiones para que en las elecciones para en sindicato vertical, para nuestra fábrica se presentase sobretodo la gente de nuestro partido. Espera un segundito. -Aprieta un botón luminoso que no deja de parpadear y ahora lo que se mueve es la pantalla de arriba, primero sale un limón, luego unas uvas y por último un cofre del tesoro con la palabra “price” escrito encima. No se lleva el primero pero la voz femenina que sale de la maquina le aconseja que siga miento monedas, que esta muy cerca. Mete la mano en el bolsillo, y continúa el relato mientras el juego sigue-. Bien, una noche, en este mismo bar, justo después que Zarzamora se fuese, una abogada del partido nos dijo que era un soplón de la brigada política. Automáticamente lo borramos de las listas y a la semana, en plena asamblea, en la sacristía de la parroquia de San Roque, hicieron un redada y nos llevaron a todos a la cárcel. Por suerte no estuve mucho tiempo allí, pero cuando salí Zarzamora había pasado llamarse Norberto a que le llamasen Don Norberto el peletero. Si es que este mundo... -y sigue maldiciendo quien sabe a quien, mientras el botón luminoso vuelve a brillar
Lo cierto es que el señor Zarzamora es una figura discutida del barrio. Nunca se ha llegado a demostrar nada de él, y poca gente ha llegado a conocerlo en persona desde el aquel extraño día. Todo el mundo habla de Norberto menos María, una de las mujeres más discretas del barrio. Limpia en casa de Don Norberto todos los Martes y Viernes, y pasa a recoger el sueldo el primer domingo de cada mes. Lo cierto es que a parte del improvisado laboratorio, que en realidad no es más que un alambique y la antiguo mueble de televisión, lleno de elementos inorgánicos y aparatos de medición, la casa estaba totalmente limpia. Zarzamora no come demasiado, y aunque se ducha con regularidad, deja el cuarto de baño como si nadie hubiese estado allí. Ella solo limpia el polvo y friega bien los suelos. Cada 15 días realiza todas estas tareas desnuda de cintura para abajo bajo la atenta mirada del viejo, que le dejaba una propia sustanciosa bajo una falsa figurita de porcelana que representa una carreta vacía llevada por un minero, en la entrada del piso. Sabe que es un abuelo inofensivo, pero se siente sumamente sucia al hacerlo, y a veces infiel. Luego piensa que el dinero bien lo vale. No tiene vacaciones, no tiene contrato, y le pagan miserias en todas las escaleras donde va a fregar. Ella ha venido aquí a ganar dinero. Para cobrar poco y vivir mal se habría quedado en su país.
La historia hace ya un buen rato que se ha acabado, y los consumidores consumen, como indica su sustantivo, ahora en silencio, tal vez pensado o tal vez no. El marroquí de siempre, entra como todos los días, más menos a esta ahora, para vender CDS, mecheros, y figuritas caricaturescas de algo que se le parece a Bob Marley. El hombre de la máquina juega su última moneda, y de nuevo la luz del premio gordo. La aprieta: oro, oro, y unas uvas. No hay premio gordo. El marroquí se le acerca y trata de venderle los últimos estrenos, por 3 euros cada uno, 9 euros si le compra 4, pero le hecha a patadas del bar diciéndole que se vuelva a su país, que aquí también falta trabajo. Ni María, ni el camarero se escandalizan, por todo esto, y quizás los muy nuevos sí, pero cada día menos. Están mirando para otro lado, haciendo cuentas, piensan en las facturas, y en los plazos, rebuscando con la cuchara bajo la capa azúcar alguna dorada respuesta en el poso del café aguado de maquina.
Finalmente todos se van a trabajar o a buscar trabajo. Se van simplemente. Los últimos en levantarse, escuchan una voz que grita desde un balcón que por fin a encontrado oro, puntualmente y como siempre a las doce. Y en unos minutos, 10 a lo sumo, llegarán los funcionarios a comer durante horas.
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Civilización o Barbarie
domingo, 31 de mayo de 2009
II (o la fabula del cementerio de animales)
“La grulla es gracia. El tigre hermoso. El dragón fuerte. Todo enseña: lo alto y lo bajo. Ser uno con la naturaleza, aprender de su magnificencia. Si aprendemos de la naturaleza podremos superar todas las dificultades. De esta forma nos enseñaba el maestro…
De la grulla podemos aprender como desplazarnos en la dificultad, y de ese modo alejarnos de nuestro enemigo. Del tigre, aprender a necesitar ayuda de otros, y del dragón, aprender a enorgullecernos de la debilidad. Hemos de conocer de cada uno de los animales lo que puede enseñarnos, y de este modo aprenderemos a vivir.”
Maestro Shao-Lin
Si a cualquiera preguntaseis os diría que aquella noche era una noche profundamente oscura, pero yo os diré que era tan oscura como todas las demás, porque la noche es básicamente eso, oscuridad. Cierto es que la quietud y la calma eran como una vieja cuchilla apurando los últimos restos de barba en la nuez, pero si 7 noches son una semana, yo diría que 4 de estas 7 son así. Así que era una noche como cualquier otra, en la ciudad.
Por aquel entonces yo trabajaba de repartidor para los hermanos Garmendia, unos mafiosos de poca monta que habían empezado ha hacer negocios con el extranjero, con oriente, importando cantidades de objetos inútiles e invendibles, como falsos jarrones milenarios, feas estampas de segunda mano obtenidas en el puerto de Shandong, y otros objetos como trajes tarados y mascaras defectuosas, que a los ojos del profano policía de aduanas del puerto significaban trastos que solo compraría un rico excéntrico, y a los ojos del sabio coleccionista timos tan evidentes en los que solo un idiota caería. Daba igual que la decoración oriental no triunfase en aquellos tiempos, porque lo realmente beneficioso eran los dobles fondos que pasaban inadvertidos para los ojos de los funcionarios cegados por una paga no justificada.
De remesa en remesa habían conseguido ya cierto renombre, y de la venta directa al consumidor habían decidido pasar a convertirse mayoristas en vistas del florecimiento de los clubs nocturnos por toda la zona del puerto.
Lo cierto es que Manuel y Adolfo (aunque este no era su verdadero nombre) eran dos empresarios que explotaban un mercado con sus correspondientes demandantes, tan culpables como el oferente de la existencia del mismo. Pero aún quitando lo sordido del negocio, se podría decir que eran unos empresarios sin escrúpulos. Unos supervivientes natos, capaces de comerse el esqueleto de una sardina si hacia falta, aunque nunca negándose a un mullido cojín frente a una chimenea y unos cuantos ovillos de lana. Eran dos gatos tuertos y viejos, aunque el único que realmente llevaba parche era Manuel.
Aquella misma mañana me habían ascendido de correo a paquete encomendándome la primera misión aquella misma noche. Debía de llevar un extraño bulto hasta un local que quedaba cerca del puerto, el cual ya no recuerdo bien su nombre, porque cambio tantas y tantas veces y fui otras tantas yo…
La ciudad de noche es peligrosa, me habría dicho mi madre, que nunca había estado en una localidad de más de 250 fuegos. Le habían llegado historias, como a todos. Y muchas veces se desconfía de las historias, de los cuentos y de las fábulas, pero debéis de creer en ellas porque de una u otra manera son verdad.
Por aquella zona una bicicleta es todo un lujo, y más me valía ir con el bulto a la espalda, caminar a lo mío y no fijarme en nada más, ni en los marineros derribados por el alcohol que se disponían en forma de reguero desde el agua hasta bien entrado el asfalto, ni las putas viejas y enfermas que me cogían de la mano si pasaba demasiado cerca, mirandome con ojos enfermos y huecos, ni tampoco en todas aquellas personas que se refugiaban de su bochornosa podredumbre en las oxigenadas avenidas, familias enteras (madre y 5 hijos), famélicos. Dicen que en Europa nadie pasa hambre, pero eso ya es otro cantar.
Me dijeron que cuando llegase al local preguntase por Hop-Frog, el dueño. Había oído cosas horribles de ese tipo. Las peores lenguas decían que era el responsable del asesinato de unos altos cargos de su país, y que había huido hasta aquí, pero yo no podía creer que un tipo de nombre tan simpático no tuviese acorde una simpática personalidad. El plan era entrar y salir y reunirse con los muchachos al otro extremo de la playa para pasar la noche del jueves. Tras las llamadas a la puerta cerrada y la palabra secreta, la primera puerta fue abierta. Un enorme simio sobrio y una sardina china con gafas esperaban en una sala previa al lugar, comprobando las reservas de los clientes y vigilando que nada extraño entrase al ambiente de paz y calma que se ofrecía al consumidor.
- Y ¿ese paquete?- dijo la sardina
- Solo puede abrirlo Hop- Frog- dije con la voz mas púber que he puesto en mi vida.
- Eso ya lo veremos- dijo la voz tras las gafas, mientras los brazos de simio se acercaban con cara de haber hecho esto mismo antes hacia un rato
- ¿Sabe usted para quien trabajo? ¿Le suenan los hermanos Garmendia? No creo que les guste mucho que se discutan sus ordenes. ¿Quiere que mis jefes se enfaden?
Hubo un forcejeo, y me puse a gritar mientras agarraba aquel bulto con mi vida. El escándalo fue suficiente como para que un engominado cuervo, vestido a medida y que fumaba en boquilla cruzase la segunda puerta.
- ¿Qué cojones está pasando aquí?- grazno
- Aquí el muchachito no quiere enseñarme lo que hay en el bulto
- ¿Ocultas algo mequetrefe?- inquirió el cuervo
- No. Pero los hermanos Garmendia me han dicho que esto solo puede abrirlo…
- ¡Ah! Tu eres el chico de Adolfo. Vaya vaya vaya, pensé que llegarías mañana. Da igual, ya se dice normalmente, “cuanto antes mejor”- apuro otra calada mas- ¿En que estabas pensando Nuts? Si te dice que viene de los Garmendia me tendrías que avisar enseguida.
- Lo siento jefe- dijo el simio con cara de mono de circo enjaulado y muy cansado, mientras la sardina se escurría tras la segunda puerta- no sucederá más.
- ¿Vas a venir tú normalmente?- volvió ha hablarme el cuervo
- No lo sé señor
- Cuervo, llámame cuervo
- No lo sé cuervo
- Da igual, voy a enseñarte todo esto antes de llevarte al despacho de todas formas. Un chiquillo tan valiente… podrías incluso trabajar para nosotros- dijo ingenuamente
Cuervo abrió la puerta número dos, y se puso a buscar en los cajones mientras yo regentaba el paquete. Muerto de curiosidad dispuse mi nariz sobre la puerta número tres, una cortina de cuentas, pero lo único que vi fue un largo pasillo, un jarrón de los Garmendia, grande y falso, y muchísimo humo. “No te quedes ahí” me dijo el cuervo “pasa”. Y pasé, y a lo largo del pasillo habían camas y cuerpos sobre ellas, cuerpos ausentes, soñando, y entiéndase sueño como actividad cerebral inconsciente no necesariamente agradable, soñando despiertos. En cada una de las camas animales moribundos, tigres de circo, dragones de cera que se consumían lentamente, rendidos ante la pesadilla, la pequeña lámpara de gas, y las largas pipas de madera. Una extraña música incomprensible y extranjera salía del alguna parte para poner la guinda a aquella visión de estar en un cementerio de animales.
Atravesamos la estancia y subimos por unas escalerillas de metal hasta un altillo, un cuchitril gris, con manchas de moho en las paredes, un calendario de mujeres desnudas y un cenicero humeante. Hop-Frog estaba de espaldas en una silla giratoria de cuero de imitación, fumando cara a la pared, pero al oír pasos se dio rápidamente la vuelta.
- ¿Y tu quien eres chico?- dijo nerviosamente asomando los dientes. La imagen que te formas de alguien dista siempre mucho de la realidad. Hop-Frog era una rata, una sucia rata. Una rata vieja, con la cola roída, los dientes amarillos, los ojos enanos y la rábida en cada uno de sus sucios pelos. Tenía una voz rasposa, y una extraña manera de gesticular. Sus ojos eran dos bolas brillantes negras, casi tan negras como las de cuervo, pero con más años encima, con mucho más mundo visto, muchísimo mas gastados. Hop-Frog se sorprendió con aquel gesto por parte de los Garmendia ya que últimamente, nuevos proveedores habían ofrecido sus servicios, y los negocios eran los negocios. Hop-Frog hizo una oferta a los gatos Garmendia, prometiéndole fidelidad a su producto siempre y cuando este fuera mucho mas barato. Parecía que no iban a ceder pero una rata siempre consigue lo que quiere. Ahora reía entre sus muchos dientes- bien chico- siguió hablando- veamos lo que me has traído- al abrir el paquete la sorpresa fue mayúscula cuando lo que encontró fue el cadáver de una rana. Debía de ser reciente pues no me había percatado del olor. La rata, perdida de rabia desenfundo su revolver Colt, dio un salto por encima del escritorio, y me sujeto de la camisa mientras hundía el cañón en mi frente.- ¿qué significa esto? ¿Es una broma? , ¿Eres un bromista? ¿Te has creído muy gracioso? ¿O los bromistas son tus jefes? Pues no aguanto a los bromistas, hay gente que ha muerto por mucho menos de esto, gente mucho más importante. Vuelve a tu casita hijo de puta y diles a tus jefes que les voy a meter esta puta rana por el culo. O mejor creo que les daré un mensaje que entenderán más claramente- Hop-Frog quitó el seguro de la pistola y el disparo fue inmediato.
Cuando las autoridades llegaron aquello se lleno de ratas, monos, cucarachas y urracas, por no hablar de periodistas, policías y otros carroñeros, que buscaban sacar provecho de todo aquello. El cadáver de Hop-Frog estaba tendido en el suelo, con una nota de suicidio post-mortem sobre su mesa. Yo me quedé toda la escena sentado en una silla del despacho, asegurando ser un primo lejano de cuervo, que estaba de visita en la ciudad, observando la sangre de rata sobre el despacho. Es negra ¿sabéis? No el mismo negro que sus ojos, sino más bien un negro podrido.
Los policías antes de levantar el cadáver bromeaban. Para ellos recoger gente con los sesos abiertos es algo muy normal. Resultaba que Hop-Frog no tenía documentos oficiales de identidad, ni pasaporte, ni visados ni nada, y tan solo respondía el nombre de Hop-Frog. “Tendremos que enterrarlo en el cementerio de animales”, dijeron mientras lo bajaban por las escaleras.
Cuando todo el mundo se fue, cuervo se ofreció a llevarme a cualquier parte, por las molestias. Entramos en el auto, y recorrimos toda la ciudad hasta mi casa. Yo no dejaba de mirarle, porque nunca había visto a un asesino. Y al principio era solo por eso, pero es que durante el trayecto el cuervo empezó a perder todas las plumas. Estaba dejando el coche perdido, pero no decía nada. A lo mejor era lo normal en aquella época del año. Pero en el momento en el que se le cayó el pico, y dejo entrever el hocico y los dientes amarillos en forma de sierra, supe que el cuervo era ahora una rata. Tal vez siempre lo fue, y esperó el momento para salir, o tal vez cuando matas a una rata por la espalda te conviertes en una rata, y son tus actos lo que te definen. Todo esto está más allá de este relato.
“Diles a tus jefes que todo sigue como siempre”, y desapareció en aquella noche tan cualquiera.
De la grulla podemos aprender como desplazarnos en la dificultad, y de ese modo alejarnos de nuestro enemigo. Del tigre, aprender a necesitar ayuda de otros, y del dragón, aprender a enorgullecernos de la debilidad. Hemos de conocer de cada uno de los animales lo que puede enseñarnos, y de este modo aprenderemos a vivir.”
Maestro Shao-Lin
Si a cualquiera preguntaseis os diría que aquella noche era una noche profundamente oscura, pero yo os diré que era tan oscura como todas las demás, porque la noche es básicamente eso, oscuridad. Cierto es que la quietud y la calma eran como una vieja cuchilla apurando los últimos restos de barba en la nuez, pero si 7 noches son una semana, yo diría que 4 de estas 7 son así. Así que era una noche como cualquier otra, en la ciudad.
Por aquel entonces yo trabajaba de repartidor para los hermanos Garmendia, unos mafiosos de poca monta que habían empezado ha hacer negocios con el extranjero, con oriente, importando cantidades de objetos inútiles e invendibles, como falsos jarrones milenarios, feas estampas de segunda mano obtenidas en el puerto de Shandong, y otros objetos como trajes tarados y mascaras defectuosas, que a los ojos del profano policía de aduanas del puerto significaban trastos que solo compraría un rico excéntrico, y a los ojos del sabio coleccionista timos tan evidentes en los que solo un idiota caería. Daba igual que la decoración oriental no triunfase en aquellos tiempos, porque lo realmente beneficioso eran los dobles fondos que pasaban inadvertidos para los ojos de los funcionarios cegados por una paga no justificada.
De remesa en remesa habían conseguido ya cierto renombre, y de la venta directa al consumidor habían decidido pasar a convertirse mayoristas en vistas del florecimiento de los clubs nocturnos por toda la zona del puerto.
Lo cierto es que Manuel y Adolfo (aunque este no era su verdadero nombre) eran dos empresarios que explotaban un mercado con sus correspondientes demandantes, tan culpables como el oferente de la existencia del mismo. Pero aún quitando lo sordido del negocio, se podría decir que eran unos empresarios sin escrúpulos. Unos supervivientes natos, capaces de comerse el esqueleto de una sardina si hacia falta, aunque nunca negándose a un mullido cojín frente a una chimenea y unos cuantos ovillos de lana. Eran dos gatos tuertos y viejos, aunque el único que realmente llevaba parche era Manuel.
Aquella misma mañana me habían ascendido de correo a paquete encomendándome la primera misión aquella misma noche. Debía de llevar un extraño bulto hasta un local que quedaba cerca del puerto, el cual ya no recuerdo bien su nombre, porque cambio tantas y tantas veces y fui otras tantas yo…
La ciudad de noche es peligrosa, me habría dicho mi madre, que nunca había estado en una localidad de más de 250 fuegos. Le habían llegado historias, como a todos. Y muchas veces se desconfía de las historias, de los cuentos y de las fábulas, pero debéis de creer en ellas porque de una u otra manera son verdad.
Por aquella zona una bicicleta es todo un lujo, y más me valía ir con el bulto a la espalda, caminar a lo mío y no fijarme en nada más, ni en los marineros derribados por el alcohol que se disponían en forma de reguero desde el agua hasta bien entrado el asfalto, ni las putas viejas y enfermas que me cogían de la mano si pasaba demasiado cerca, mirandome con ojos enfermos y huecos, ni tampoco en todas aquellas personas que se refugiaban de su bochornosa podredumbre en las oxigenadas avenidas, familias enteras (madre y 5 hijos), famélicos. Dicen que en Europa nadie pasa hambre, pero eso ya es otro cantar.
Me dijeron que cuando llegase al local preguntase por Hop-Frog, el dueño. Había oído cosas horribles de ese tipo. Las peores lenguas decían que era el responsable del asesinato de unos altos cargos de su país, y que había huido hasta aquí, pero yo no podía creer que un tipo de nombre tan simpático no tuviese acorde una simpática personalidad. El plan era entrar y salir y reunirse con los muchachos al otro extremo de la playa para pasar la noche del jueves. Tras las llamadas a la puerta cerrada y la palabra secreta, la primera puerta fue abierta. Un enorme simio sobrio y una sardina china con gafas esperaban en una sala previa al lugar, comprobando las reservas de los clientes y vigilando que nada extraño entrase al ambiente de paz y calma que se ofrecía al consumidor.
- Y ¿ese paquete?- dijo la sardina
- Solo puede abrirlo Hop- Frog- dije con la voz mas púber que he puesto en mi vida.
- Eso ya lo veremos- dijo la voz tras las gafas, mientras los brazos de simio se acercaban con cara de haber hecho esto mismo antes hacia un rato
- ¿Sabe usted para quien trabajo? ¿Le suenan los hermanos Garmendia? No creo que les guste mucho que se discutan sus ordenes. ¿Quiere que mis jefes se enfaden?
Hubo un forcejeo, y me puse a gritar mientras agarraba aquel bulto con mi vida. El escándalo fue suficiente como para que un engominado cuervo, vestido a medida y que fumaba en boquilla cruzase la segunda puerta.
- ¿Qué cojones está pasando aquí?- grazno
- Aquí el muchachito no quiere enseñarme lo que hay en el bulto
- ¿Ocultas algo mequetrefe?- inquirió el cuervo
- No. Pero los hermanos Garmendia me han dicho que esto solo puede abrirlo…
- ¡Ah! Tu eres el chico de Adolfo. Vaya vaya vaya, pensé que llegarías mañana. Da igual, ya se dice normalmente, “cuanto antes mejor”- apuro otra calada mas- ¿En que estabas pensando Nuts? Si te dice que viene de los Garmendia me tendrías que avisar enseguida.
- Lo siento jefe- dijo el simio con cara de mono de circo enjaulado y muy cansado, mientras la sardina se escurría tras la segunda puerta- no sucederá más.
- ¿Vas a venir tú normalmente?- volvió ha hablarme el cuervo
- No lo sé señor
- Cuervo, llámame cuervo
- No lo sé cuervo
- Da igual, voy a enseñarte todo esto antes de llevarte al despacho de todas formas. Un chiquillo tan valiente… podrías incluso trabajar para nosotros- dijo ingenuamente
Cuervo abrió la puerta número dos, y se puso a buscar en los cajones mientras yo regentaba el paquete. Muerto de curiosidad dispuse mi nariz sobre la puerta número tres, una cortina de cuentas, pero lo único que vi fue un largo pasillo, un jarrón de los Garmendia, grande y falso, y muchísimo humo. “No te quedes ahí” me dijo el cuervo “pasa”. Y pasé, y a lo largo del pasillo habían camas y cuerpos sobre ellas, cuerpos ausentes, soñando, y entiéndase sueño como actividad cerebral inconsciente no necesariamente agradable, soñando despiertos. En cada una de las camas animales moribundos, tigres de circo, dragones de cera que se consumían lentamente, rendidos ante la pesadilla, la pequeña lámpara de gas, y las largas pipas de madera. Una extraña música incomprensible y extranjera salía del alguna parte para poner la guinda a aquella visión de estar en un cementerio de animales.
Atravesamos la estancia y subimos por unas escalerillas de metal hasta un altillo, un cuchitril gris, con manchas de moho en las paredes, un calendario de mujeres desnudas y un cenicero humeante. Hop-Frog estaba de espaldas en una silla giratoria de cuero de imitación, fumando cara a la pared, pero al oír pasos se dio rápidamente la vuelta.
- ¿Y tu quien eres chico?- dijo nerviosamente asomando los dientes. La imagen que te formas de alguien dista siempre mucho de la realidad. Hop-Frog era una rata, una sucia rata. Una rata vieja, con la cola roída, los dientes amarillos, los ojos enanos y la rábida en cada uno de sus sucios pelos. Tenía una voz rasposa, y una extraña manera de gesticular. Sus ojos eran dos bolas brillantes negras, casi tan negras como las de cuervo, pero con más años encima, con mucho más mundo visto, muchísimo mas gastados. Hop-Frog se sorprendió con aquel gesto por parte de los Garmendia ya que últimamente, nuevos proveedores habían ofrecido sus servicios, y los negocios eran los negocios. Hop-Frog hizo una oferta a los gatos Garmendia, prometiéndole fidelidad a su producto siempre y cuando este fuera mucho mas barato. Parecía que no iban a ceder pero una rata siempre consigue lo que quiere. Ahora reía entre sus muchos dientes- bien chico- siguió hablando- veamos lo que me has traído- al abrir el paquete la sorpresa fue mayúscula cuando lo que encontró fue el cadáver de una rana. Debía de ser reciente pues no me había percatado del olor. La rata, perdida de rabia desenfundo su revolver Colt, dio un salto por encima del escritorio, y me sujeto de la camisa mientras hundía el cañón en mi frente.- ¿qué significa esto? ¿Es una broma? , ¿Eres un bromista? ¿Te has creído muy gracioso? ¿O los bromistas son tus jefes? Pues no aguanto a los bromistas, hay gente que ha muerto por mucho menos de esto, gente mucho más importante. Vuelve a tu casita hijo de puta y diles a tus jefes que les voy a meter esta puta rana por el culo. O mejor creo que les daré un mensaje que entenderán más claramente- Hop-Frog quitó el seguro de la pistola y el disparo fue inmediato.
Cuando las autoridades llegaron aquello se lleno de ratas, monos, cucarachas y urracas, por no hablar de periodistas, policías y otros carroñeros, que buscaban sacar provecho de todo aquello. El cadáver de Hop-Frog estaba tendido en el suelo, con una nota de suicidio post-mortem sobre su mesa. Yo me quedé toda la escena sentado en una silla del despacho, asegurando ser un primo lejano de cuervo, que estaba de visita en la ciudad, observando la sangre de rata sobre el despacho. Es negra ¿sabéis? No el mismo negro que sus ojos, sino más bien un negro podrido.
Los policías antes de levantar el cadáver bromeaban. Para ellos recoger gente con los sesos abiertos es algo muy normal. Resultaba que Hop-Frog no tenía documentos oficiales de identidad, ni pasaporte, ni visados ni nada, y tan solo respondía el nombre de Hop-Frog. “Tendremos que enterrarlo en el cementerio de animales”, dijeron mientras lo bajaban por las escaleras.
Cuando todo el mundo se fue, cuervo se ofreció a llevarme a cualquier parte, por las molestias. Entramos en el auto, y recorrimos toda la ciudad hasta mi casa. Yo no dejaba de mirarle, porque nunca había visto a un asesino. Y al principio era solo por eso, pero es que durante el trayecto el cuervo empezó a perder todas las plumas. Estaba dejando el coche perdido, pero no decía nada. A lo mejor era lo normal en aquella época del año. Pero en el momento en el que se le cayó el pico, y dejo entrever el hocico y los dientes amarillos en forma de sierra, supe que el cuervo era ahora una rata. Tal vez siempre lo fue, y esperó el momento para salir, o tal vez cuando matas a una rata por la espalda te conviertes en una rata, y son tus actos lo que te definen. Todo esto está más allá de este relato.
“Diles a tus jefes que todo sigue como siempre”, y desapareció en aquella noche tan cualquiera.
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martes, 19 de mayo de 2009
I
Los periódicos nos recibieron aquella mañana con la noticia de que un peligroso criminal andaba en busca y captura. Al parecer alguien había atracado un banco y disparado contra un guarda, no me enteré muy bien. A veces resulta imposible entender que diablos es lo que realmente ocurre en el caso de que la fuente que nos sostiene es la prensa (ese atajo de porteras y cuenta cuentos a sueldo). La foto del malhechor era la primera plana, y su descripción psicológica podía encontrarse en la noticia más destacada de la sección de sucesos, "peligroso y está armado". Aunque lo bueno que tienen ahora las autopistas es que esta clase de noticias sensacionalistas pasan por completo desapercibidas.
Cierto es que años atrás, donde los bares de carretera eran eso y no self-services, siempre había algún que otro habitual de la barra que escudriñaba los anónimos rostros que se deslizaban por el lugar, imaginando de que huían. Pero ahora la realidad es bien distinta, y detrás de los souvenirs y las chocolatinas bajas en azúcar, los tickets de compra y los uniformes reglamentarios de las dependientas con esa estúpida gorra, quien entran ya no es una sombra. Ahora son posibles clientes preguntando donde están los aseos esperando que el dispensador de jabón funcione correctamente, y ocasionalmente algún mochilero que se desvió de su ruta atraído por la leyenda de el dorado.
Si el limbo existe tiene que ser pareció a un área de descanso en una carretera a media tarde en agosto, con su bollería prefabricada y bebidas abusivamente caras y un quiosco donde la prensa llega puntualmente dos días tarde.
Los zapatos de un cliente brillan con la luz de los primeros destellos de los tubos fluorescentes, antes de que en la cafetería dispongan todo para que comience la cena. Como todos, el también ojea sin detenerse demasiado la prensa, en especial la sección de anuncios. Piensa en un viaje largo, y da vueltas a un globo terráqueo imaginario esperando a que se paré para elegir el punto de destino, aunque de momento se conforma con haber repostado la gasolina y con que Marta, su hija pequeña, salga del baño y no tenga que entrar a buscarla. No le gustaba tener que responder a preguntas impertinentes formuladas por marujas impertinentes de impertinente domingueo. Hoy ha decidido volver a fumar, es como un premio, algo así como el humo de la victoria. Una chica con las cejas tintadas se le acerca mascando chicle y preguntándole educadamente que quiere. Cerveza sin alcohol y un batido de fresa con trocitos de fresa dentro. No falta mucho para la cena.
Un hombre grasiento y sudoroso se le acerca por detrás y le pregunta por su nombre, mientras le sujeta un hombro con fuerza. Reaccionando rápidamente le estampa en la cara el servilletero de metal, y lo empuja contra el suelo y hecha a correr por el pasillo, buscando a su hija antes de huir. Con suerte solo serían dos o tres. Pero mientras razona el plan de escape tres dos se alojan en su espalda, y uno en su cráneo. Cae al suelo, definitivamente.
El policía sonríe y enfunda el arma. Un culpable acaba de morir. De la niña se encargaría un equipo de psicólogos de asuntos sociales destinado para esta clase de eventualidades. No le dejaron ver el cuerpo de su padre porque era demasiado pequeña, lo que era totalmente comprensible. Del dinero que había robado 3 días antes a mano armada en una importante sede bancaria y que ocultaba en un doble fondo del maletero también se encargaría la policía, tomándolo seguramente como prueba, para despues resiturilo a su legitimo propietario, el Goliath National Bank.
La quietud, después de los sucesos, se volvió a instalar en el área de servicio. El tipo grasiento, que resulto ser un sargento de la policía federal, antes de subir al coche de vuelta a casa, acaricio a un chucho cruzado y algo tuerto que vagabundeaba por la zona. Le encantaban los perros. Cuando su coche desapareció a lo largo de la infinitamente recta autopista, el can se quedo allí sentado, con la lengua fuera bajo una luz amarilla y con un extraño y estúpidamente expresión de feliz ignorancia.
Cierto es que años atrás, donde los bares de carretera eran eso y no self-services, siempre había algún que otro habitual de la barra que escudriñaba los anónimos rostros que se deslizaban por el lugar, imaginando de que huían. Pero ahora la realidad es bien distinta, y detrás de los souvenirs y las chocolatinas bajas en azúcar, los tickets de compra y los uniformes reglamentarios de las dependientas con esa estúpida gorra, quien entran ya no es una sombra. Ahora son posibles clientes preguntando donde están los aseos esperando que el dispensador de jabón funcione correctamente, y ocasionalmente algún mochilero que se desvió de su ruta atraído por la leyenda de el dorado.
Si el limbo existe tiene que ser pareció a un área de descanso en una carretera a media tarde en agosto, con su bollería prefabricada y bebidas abusivamente caras y un quiosco donde la prensa llega puntualmente dos días tarde.
Los zapatos de un cliente brillan con la luz de los primeros destellos de los tubos fluorescentes, antes de que en la cafetería dispongan todo para que comience la cena. Como todos, el también ojea sin detenerse demasiado la prensa, en especial la sección de anuncios. Piensa en un viaje largo, y da vueltas a un globo terráqueo imaginario esperando a que se paré para elegir el punto de destino, aunque de momento se conforma con haber repostado la gasolina y con que Marta, su hija pequeña, salga del baño y no tenga que entrar a buscarla. No le gustaba tener que responder a preguntas impertinentes formuladas por marujas impertinentes de impertinente domingueo. Hoy ha decidido volver a fumar, es como un premio, algo así como el humo de la victoria. Una chica con las cejas tintadas se le acerca mascando chicle y preguntándole educadamente que quiere. Cerveza sin alcohol y un batido de fresa con trocitos de fresa dentro. No falta mucho para la cena.
Un hombre grasiento y sudoroso se le acerca por detrás y le pregunta por su nombre, mientras le sujeta un hombro con fuerza. Reaccionando rápidamente le estampa en la cara el servilletero de metal, y lo empuja contra el suelo y hecha a correr por el pasillo, buscando a su hija antes de huir. Con suerte solo serían dos o tres. Pero mientras razona el plan de escape tres dos se alojan en su espalda, y uno en su cráneo. Cae al suelo, definitivamente.
El policía sonríe y enfunda el arma. Un culpable acaba de morir. De la niña se encargaría un equipo de psicólogos de asuntos sociales destinado para esta clase de eventualidades. No le dejaron ver el cuerpo de su padre porque era demasiado pequeña, lo que era totalmente comprensible. Del dinero que había robado 3 días antes a mano armada en una importante sede bancaria y que ocultaba en un doble fondo del maletero también se encargaría la policía, tomándolo seguramente como prueba, para despues resiturilo a su legitimo propietario, el Goliath National Bank.
La quietud, después de los sucesos, se volvió a instalar en el área de servicio. El tipo grasiento, que resulto ser un sargento de la policía federal, antes de subir al coche de vuelta a casa, acaricio a un chucho cruzado y algo tuerto que vagabundeaba por la zona. Le encantaban los perros. Cuando su coche desapareció a lo largo de la infinitamente recta autopista, el can se quedo allí sentado, con la lengua fuera bajo una luz amarilla y con un extraño y estúpidamente expresión de feliz ignorancia.
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