martes, 19 de mayo de 2009
I
Cierto es que años atrás, donde los bares de carretera eran eso y no self-services, siempre había algún que otro habitual de la barra que escudriñaba los anónimos rostros que se deslizaban por el lugar, imaginando de que huían. Pero ahora la realidad es bien distinta, y detrás de los souvenirs y las chocolatinas bajas en azúcar, los tickets de compra y los uniformes reglamentarios de las dependientas con esa estúpida gorra, quien entran ya no es una sombra. Ahora son posibles clientes preguntando donde están los aseos esperando que el dispensador de jabón funcione correctamente, y ocasionalmente algún mochilero que se desvió de su ruta atraído por la leyenda de el dorado.
Si el limbo existe tiene que ser pareció a un área de descanso en una carretera a media tarde en agosto, con su bollería prefabricada y bebidas abusivamente caras y un quiosco donde la prensa llega puntualmente dos días tarde.
Los zapatos de un cliente brillan con la luz de los primeros destellos de los tubos fluorescentes, antes de que en la cafetería dispongan todo para que comience la cena. Como todos, el también ojea sin detenerse demasiado la prensa, en especial la sección de anuncios. Piensa en un viaje largo, y da vueltas a un globo terráqueo imaginario esperando a que se paré para elegir el punto de destino, aunque de momento se conforma con haber repostado la gasolina y con que Marta, su hija pequeña, salga del baño y no tenga que entrar a buscarla. No le gustaba tener que responder a preguntas impertinentes formuladas por marujas impertinentes de impertinente domingueo. Hoy ha decidido volver a fumar, es como un premio, algo así como el humo de la victoria. Una chica con las cejas tintadas se le acerca mascando chicle y preguntándole educadamente que quiere. Cerveza sin alcohol y un batido de fresa con trocitos de fresa dentro. No falta mucho para la cena.
Un hombre grasiento y sudoroso se le acerca por detrás y le pregunta por su nombre, mientras le sujeta un hombro con fuerza. Reaccionando rápidamente le estampa en la cara el servilletero de metal, y lo empuja contra el suelo y hecha a correr por el pasillo, buscando a su hija antes de huir. Con suerte solo serían dos o tres. Pero mientras razona el plan de escape tres dos se alojan en su espalda, y uno en su cráneo. Cae al suelo, definitivamente.
El policía sonríe y enfunda el arma. Un culpable acaba de morir. De la niña se encargaría un equipo de psicólogos de asuntos sociales destinado para esta clase de eventualidades. No le dejaron ver el cuerpo de su padre porque era demasiado pequeña, lo que era totalmente comprensible. Del dinero que había robado 3 días antes a mano armada en una importante sede bancaria y que ocultaba en un doble fondo del maletero también se encargaría la policía, tomándolo seguramente como prueba, para despues resiturilo a su legitimo propietario, el Goliath National Bank.
La quietud, después de los sucesos, se volvió a instalar en el área de servicio. El tipo grasiento, que resulto ser un sargento de la policía federal, antes de subir al coche de vuelta a casa, acaricio a un chucho cruzado y algo tuerto que vagabundeaba por la zona. Le encantaban los perros. Cuando su coche desapareció a lo largo de la infinitamente recta autopista, el can se quedo allí sentado, con la lengua fuera bajo una luz amarilla y con un extraño y estúpidamente expresión de feliz ignorancia.
miércoles, 1 de abril de 2009
Tierra quemada
25 de septiembre de 1812, Rusia
Hoy el cielo vuelve a estar nublado. Supuestamente nos levantamos pronto, sin embargo las horas pasan y yo no soy consciente de ello. No puedo entender el paso del tiempo si no veo al sol moverse, tengo la sensación de que es la misma hora todo el rato, y de que los segundos pasan muy lentamente. O tal vez caminamos demasiado lento. Tampoco acabo de comprender hacia donde avanzamos. Necesito sol para orientarme, sol para caminar, sol para vivir.
Cuando todo esto termine, migraré a algún lugar donde las nubes no existan. Dicen que en el Caribe.
La noche pasó sin más, iba escribir que tranquila, pero no es así, vamos a decir que fue tensa pero sin incidentes. Realmente no ocurre nada desde Somlesk. Los hombres pasaron la noche en vela, algunos de manera abierta, jugando a las cartas, alrededor de la hoguera, consumiendo las provisiones que algún día nos harán falta. Pero eran una minoría, el resto permaneció despierto, pero con los ojos cerrados, inmóvil sobre sus catres, fingiendo descanso. Cada día estoy más convencido de que no puede obtenerse el descanso aquí; no en esta estepa tan hostil y eterna. Su tranquilidad hipócrita, hace que camines por donde camines, siempre sientas unos ojos clavados en la espalda, y empiezo a pensar que es la propia Rusia quien esperando su momento, el momentno exacto.
Avanzamos sobre la nada. Aquí en retaguardia lo único que vemos es una fila larga de hombres en una marcha muy torpe y muy lenta. Siempre dicen que estamos a dos días de darles alcance, que están huyendo, pero yo no me lo creo. Cada vez que llegamos donde estaban solo encontramos las cenizas de un granero vacío y tierra quemada.
Pronto llegaremos a Moscú, o a lo que quede de él.
sábado, 21 de marzo de 2009
La partida más larga del mundo
El espacio del local se distribuye en 9 pequeños sectores, cada uno amueblado con su respectiva columna, su sofá de cuero y su mesa de billar, y todos y cada uno de estos espacios se hallan cercados por un gran rectángulo delimitado por las paredes del local y adornado por los típicos pósters poco arriesgado que podrían encontrarse en cualquier bar con una mesa y unos tacos: Elvis Presley, Frank Sinatra, Marilyn Monroe, Audrey… todos en sus estampas inmortales, tan estáticos, inalcanzables, perfectos e inexistentes como ese mundo de las ideas de Platón.
Sentado en el sofá ya estaba yo (el observador, el narrador, el personaje, el mentiroso), desde hacia mucho tiempo, sobre un sofá de cuero, viendo todo lo que podría ver un Dios. Jürgen y Allan, se acercaron a la barra y le pidieron a la camarera una mesa de billar, como todos lo viernes, y ella puso las bolas y el triangulo sobre la mesa, les advirtió, como siempre, que era por minutos, y volvió a sonreírme.
Bajo sus rizos rojos, y su camiseta fosforescente, ella baila con una música que solo ella puede escuchar. Y me encantaría escucharla. Casi como en un juego cruel ella se dedica a atender a los clientes, limpiar las copas, ha hacer su trabajo, vaya, bailando, y además, encima, a sonreírme, y a mirarme. También está leyendo a Hemingway por debajo del mostrador. Es la única incógnita que aún no he podido resolver de esta ecuación en forma de sala de billar.
Allan coloca las bolas cada una en su sitio, Jürgen escoge el taco más grande, mientras ella les lleva una bandeja con dos cervezas verdes, y esta vez no me mira, sigue caminando como si no estuviese y vuelve detrás de su barra. La bola blanca rompe contra el triangulo equilátero formando una via-lactea de bolas lisas y rayadas. Jürgen va a lisas, pero le encantaría ir a rayadas, a Allan de la igual, bebe su copa mientras Jürgen mete tres en un mismo turno, le pica un poco pero entiende la competición de un modo sano, o eso deja entrever. Ahora me ha mirado, he tenido que girar la cabeza muy rápidamente pero la he pillado mirándome. Me muestra sus encías desde 10 metros mientras la bola amarilla y lisa entra en el agujero lateral de la izquierda, en una carambola fortuita con pinta de haber estado muy estudiada. Pero lo mejor de todo es que ella no deja de mirarme, no se hace la despistada, sigue ahí, mirándome, abrillantando una copa.
La partida parece estar sentenciada, Jürgen apunta con precisión a la bola número ocho y entre la elegancia y la decisión empuja la bola, pero esta choca contra los cantos y no entra sino que acude de nuevo al centro de la mesa. Pero ella seguía mirándome. Yo me levanto, me pido una taza de café, y le pregunto si tiene un Boli de sobra, ya que la tinta del mío se me había acabado. Me dice que si, o por lo menos eso creo ya que no entiendo muy bien el alemán. Allan puede meter la bola, y esta vez opta por el tiro lento para dejar que la gravedad siga su curso, pero falla, y la camarera deja el café sobre mi mesa bajo mi mirada atenta, mientras sigo garabateando, y se da un paseo lento volviendo detrás de su barra, ha hacer como que abrillanta copas, ha hacer como lee el viejo y el mar.
Y la partida comenzó a eternizarse, de un lado a otro, de una esquina a otra, y la negra nunca entraba en ninguna parte, y ninguno de los dos estaba dispuesto a perder. Primero pasaron las horas, luego los días, las semanas, los meses y por último los años, y sus barbas fueron creciendo. Gobiernos enteros cayeron en bloque, basureros fueron colmatados, las aguas se salieron de sus cauces, y luego estos cauces se secaron para volver a la mayor normalidad que se había podido observar desde la última normalidad más normal. Y todo este tiempo siguieron bebiendo cerveza y tratando de ganar, o de perder, pero al fin y al cabo de llegar a alguna parte, mientras una pila de periódicos se amontonó en la puerta.
No fue hasta que la barba de Allan le provocó un fuerte tropiezo al enrollarse con sus ahora viejos zapatos, cuando de golpe y porrazo fueron conscientes de que habían estado ni más ni menos que 20 años jugando una partida de billar y alimentándose a base de cerveza de colores. Pero ninguno se dio por sobresaltado, simplemente metieron con la mano la negra en un sitio y se fueron a desayunar.
Y cuando la partida más larga del mundo terminó yo seguía mirándola. No había envejecido ni un segundo, y no había avanzado ninguna página. Deje 800 servilleteros en la mesa rallajeados con ecuaciones imposibles y me levante caminado directamente hacia ella. De hecho ahora estoy a solo un paso de abrir la boca y pienso decírselo todo.
Al fin y al cabo ya estamos solos.
lunes, 23 de febrero de 2009
Faulkner
Urko (nuestro Goethe contemporáneo)
Durante el instituto odiaba a Faulkner. Por aquel entonces existir era fácil, una música alegre. Fue difícil, eso sí, encontrar entre los demás estudiantes algo que no fueran pequeño profetas, princesas y putas resabidas. Me pregunto qué era o seré yo. El caso es que en los últimos cuatro años desarrollé una misantropía agradable, popular, en otras palabras, publicable.
Escogí una carrera que no se impartiese en las universidades de mi ciudad natal y fingí un entusiasmo desmedido -navideño incluso- por mi ficticia vocación. Mi padre, lejos de hacer preguntas, se alegró de verme al fin interesado por algo. Siempre ha creído que funciono a base de obsesiones periódicas, como cuando proclamaba que el mejor escritor del universo era precisamente aquel autor cuyo libro acabase de leer, no importaba quien. Esto incluía, lamentablemente a pelagatos como Christian Jacq -del cual me tragué cualquier telenovela egipcia imaginable-, Robert Shea, Salinger, pasando por Auster, el gilipollas de Vargas Llosa e incluso Beckett.
Mi padre siempre pensó que volvería, así como mis tres hermanos mayores. Es una creencia bastante extendida entre mi familia, contagiosa al parecer.
Lo niego siempre, pero disfruto una barbaridad dramatizándolo todo. Soy un pusilánime inconfesable, no me soporto, sobretodo en los comienzos. Tendrías que haberme visto en la última fila, rodeado de un par de aquellos aprendices de pelagato vestidos como si fuera el día más importante de su vida, escribiendo sus biografías imaginarias.
Había grandes idiotas entre mis compañeros. El más grande de todos ellos siempre levantaba la mano y hacía un comentario sobre cualesquiera que fuese el tema sobre el cual estuviese hablando el profesor, pero siempre con la misma y apresurada conclusión: que hasta los más listos del universo decían tonterías, como cuando Kant dijo que la lógica no había evolucionado en dos mil años por que con Aristóteles había alcanzado su máximo. Me sacaba de quicio. En fín, yo escribía, por ejemplo, cómo algunos de ellos se habían fracturado algún hueso queriendo imitar a un superhéroe, chorradas así. Intentaba dar explicación a sus comportamientos estúpidos con traumas y situaciones ridículas en la infancia. Era bastante sádico, la verdad. En ocasiones me ponía más serio y hasta llegaba a las treinta páginas. En realidad me obsesiono muy fácilmente.
Cuando empecé a conocer a algunos de ellos casi ninguna de mis biografías se adecuaba a lo que ellos contaban sobre sí mismo. Tuve tentanciones de llamarles mentirosos, pero hubiese sido demasiado tedioso explicar porqué. Lo más sencillo fue no interesarse por la vida de los demás. Francamente, puede ser decepcionante.
Sucede que la decepción era todavía mayor con todas aquellas chicas. Es increíble la cantidad de virtudes absurdas puede uno adjudicarle a una mujer en silencio, desde lo lejos. ¿Creeís que Werther se hubiese pegado aquel tiro de haber pasado más tiempo con Charlotte? Pienso a menudo en ello. En mi caso, mi particular Albert fue la estupidez. No puedo explicártelo de otra forma. Las distancias cortas han estropeado la mayoría de mis relacionas con las personas.
Así que pasé a la poesía. Supongo que era un paso más en la caída. Que me jodan si aquello no fue tomar distancia. Por el amor de Dios, eso sí fue ridículo. Yo jamás he entendido a ninguno de los poetas que he leído. Nunca tuve ni puta idea de lo que quiso decir Eliot ni Gingsberg, tampoco no he sido capaz de arrojar ni un centímetro de luz a esos textos tan escuetos de los poetas alemanes. Quizás por eso escribía poesía, al fin y al cabo siempre ha sido más fácil que leerla.
No sé, hay historias que no os puedo contar. Yo no soy Borges, no sé escribir sin asignar realidad a los sustantivos. Recuerdo aquel relato de la biblioteca de Babel en el que cada libro era un resúmen de los otros libros, cada novela eran todas las novelas, cada obra de teatro era todas las piezas, cada ensayo era la repetición clónica de clichés infundados. Eso me pasa a mí con las personas.
Esto, definitivamente, no es un relato; pero no me importa. Tal vez sea la sombra de algo que no pretende llegar a ser un relato. No lo sé, hablo demasiado. A fin de cuentas ¿Qué es un relato? Poco importa, en realidad. Estoy un poco cansado de los conceptos aunque a veces me gusta aceptar ciertos axiomas sin demasiadas preguntas. No hablo de rebeldía política o social, sino de rebeldía metafísica, absurda y maravillosa. Así me va, tan a menudo preocupado por mantener un mínimo de sensibilidad y al mismo tiempo obsesionado por negarla.. En realidad, qué coño, adoro los axiomas tanto como la contradicción. Por lo demás, qué se yo, empecé a fumar, nunca te lo dije.
miércoles, 18 de febrero de 2009
Relato Cifrado
todo se acaba
sin risas, ni abucheos, ni cadalsos,
sin discurso final. Sin quererlo,
como quien despierta de un sueño,
se desvanece, se disipa sin pena ni gloria,
se acaba. Todo. Simplemente.
Así, sin valoracioens personales própias, en una esquina,
viendo pasar a conocidos silenciopsos que dijeron que conocerte
y que ya no dicen nada, porque claro, estás muerto.
Y, ¿qué permanece?
Nada. Nunca. El recuerpo es siempre una construcción del recordante.
Esto ha sido una manera más de tirar el tiempo,
como hacer puenting,
sacarse una carrera,
leerse un buen libro,
o enamorarse,
o correrse,
o frotarse las plantas de los pies en invierno...
Observa el cuerpo caído, muerto de viejo, en mitad de la pradera.
Así es como mueren los Leones.
Deborados por la hierba.
-Humberto Arenal-
Porque será que siempre me pasa lo mismo…
Empezar, siempre difícil siempre, extraño, y rara vez excitante del todo sino más bien insatisfactorio. Te preguntas porque haces lo que haces y sin embargo lo haces, te agobias y piensas que estas tirando el tiempo, porque seguramente ves el futuro y te imaginas como puede acabar todo, pero te consuela ese empirismo total que te dice que no te fíes de la experiencia, y que saltes desde un quinto piso porque al fin y al cabo nadie entiende exactamente la gravedad. Así que avanzas la cornisa, pasito a pasito, y cada vez se va estrechando más todo, eres consciente, tal sobre consciente de la altura y sabes que el batacazo esta ahí, pero tu confías en el bueno de David.
Entonces el sabor deja de ser ajeno, la notas disonantes, y su tic extraño deja de ser extraño. La rareza toma sentido y entonces la llamas particularidad, originalidad, novedad al fin y al cabo. Rebobinas la cinta y vuelves a escuchar la misma canción una y otra y otra vez, aprendiéndote la letra, descubriendo un extraño coro que la primera vez que escuchaste la canción no podías ni sospechar, descubriendo que no solo lleva almendras sino también avellanas ¡avellanas, joder! ¿A quien se le habrá ocurrido ponerle avellanas? ¿Estaba rezando? ¿A quien? Esto es lo mejor que podría haber pasado en este mes. Es más, esto es lo mejor que ha pasado desde el descubrimiento del fuego.
Es como si el sol brillase muchísimo mas fuerte, como si nunca hubiese brillado tanto, como si todo el mundo se saludase por los pasillos, cantase la misma canción, y os saludaseis con saludos secretos como si fuerais amigos de toda la vida. Y la vida es preciosa, y tiene sentido, y no te importa verla dos o 3 veces al día porque te encanta aunque luego le pongas mala cara.
Pronto, como todo lo bueno bello e importante de la vida se va desplazando de una dorada periferia a un muy relevante centro, y gana peso, y a ti te parece bien. Bueno miento, hay un momentos en los que te parece que va demasiado rápido, que todo se esta precipitando, y momentos en los que echarías a correr estirando del brazo hacia delante porque sabes bien lo que hay que hacer, y momentos en los que el tiempo no pasa y te alegras, porque enfrías la cabeza y vuelves a ser consciente de que anda es eterno, y que se trata exactamente de eso, del segundo en el que pensaste “me acordaré de este segundo”.
Y cada vez más tiempo juntos, y mejor, y si, desde luego, pasas buenos y malos momentos, discusiones, largas y pesadas como las sesiones parlamentarias de una democracia representativa con lideres vacíos de discurso, noches en las que no puedes dormir porque escuchas un montón de mierdas que ya te has escuchado, pero que sigues escuchándolas porque sabes que es importante que lo estés escuchando. Y ¿por qué? Pues porque la has cagado, has metido la pata hasta el fondo, te has dejado llevar por el sentimentalismo, y las mariposillas del estomago, y los rayos de sol. Te has enamorado.
Quieres creer que de algún modo es para siempre por supuesto, y entonces le guiñas un ojo a David y dices, si joder esta vez es diferente, se trata de esa canción, de ese grupo, del grupo, de la forma, del gesto, del sabor… pero que va. Vas por mitad de la circunferencia.
Y una vez te das cuenta de que este enamorado se te pone cara de novio, te pones serio, empiezas a pensar en el futuro, a racionalizar los sentimientos, a trabajar por una relación, mucho o poco, francamente, trabajas todo aquello que estas dispuesto a trabajar. Te peinas bien para conocer a sus padres, te levantas pronto, te haces el simpático con sus colegas… te esfuerzas y dedicas tiempo, y eres consciente de que podrías estar en tu casa viendo una buena peli. Mentira, serás consciente más tarde, aún no.
Finalmente, un fin semana arrancáis el coche y os largáis en un fin de semana romántico, y todo sale perfecto, desde principio hasta el final, sin olvidar ningún detalle. Y colocarías ese fin de semana en esa teórica lista de los 10 mejores discos de la historia de la música Underground. La foto de los dos inundando las calles sale en las portadas de todos los periódicos del mundo. En tu foro interno, ahora si, algo te dice, que ahora es cuando la pelota baja, ese punto que en el instituto llamabas a las parábolas el punto de inflexión. Los sabes y no lo reconoces y entonces te dices que esto solo es el principio de algo muchísimo mejor que esta todavía por venir.
Termina el fin de semana, te deja en casa con el coche y te planta un beso de esos que saben medio tristes y se va, y estas tan cansado que esa noche no estas para nadie, y no coges llamadas de nadie, duermes de un tirón 12 horas. Cae el telón para el descanso como en una obra de teatro.
Se alza el telón y el decorado ha cambiado, y de momento no pinta extraño, diferente sin duda pero no extraño. Porque aquí es cuando se convence que los grupos son buenos, y que las relaciones funcionan, cuando llegan los problemas. Problemas por aquí, y problemas por allá, de cualquier tipo, ya sabes, de celos, “a donde va todo esto”, de confianza, de rumores, de inexperiencia también… de proyectos en común que descubres que al final solo son propios. Pero lo duro de verdad llegan los problemas externos, esos que no están en tu mano, esos que lo único que puedes hacer es abrir el paraguas y esperar. Y la lluvia no para ni un maldito segundo, y no hay suficiente espacio para los dos en el paraguas. Te constipas por tercera vez en este año, y aguantas el tipo porque no eres esa clase de gilipollas que se larga en cuanto empiezan los problemas, claro que no.
Pero no somos mas que rocas kársticas en un mundo de lluvias y viento, y si a la fuerza no entra, entonces se nos cuela entre los poros, porque así es el agua, parece que actúe a su antojo, y se queda ahí, y parece que no molesta, que no era para tanto, pero en cuanto llega lo mas crudo del invierno se congela y ¡zas! Resquebraja. Fracturas, toses, mocos, desilusión, pero fidelidad. Confianza y fidelidad. Y si embargo sensación, de ausencia, de frío, de que parece que hay mucha menos gente por las calles, de que el mundo importa ahora mucho menos, y cada vez menos.
La lluvia acaba, y llega ese momento del invierno en el que hace sol pero hace frío. Es eso exactamente frío. Ya empiezas a notar como has ido quemando el CD tema tras tema, canción tras canción, de que te lo sabes de memoria, y al final… joder al final no es más que un CD. Tú lo sabes, y ya lo habían insinuado antes por ahí, hace ya tiempo y no querías oírlo, porque seguías estando muy enamorado. Y ya no por cierto, ahora de lo que se trata es de cariño. Cariño, y costumbre… No hace falta que os dragáis nada la ultima vez que os veis, está todo claro. Se va y tú no te quedas mucho rato, y el hall de la faculta parece ahora mucho más grande que nunca, y mucho más vacío.
Caminando para casa estas de mala ostia. O sí, siempre me pasa lo mismo, pero bueno, que me quiten lo bailao, y te lames las heridas con la lengua más rasposa de tu vida que recuerdes. Que me quiten lo bailao…. Será posible. Pues ya ves. Pues vaya baile. Nunca fuiste un buen bailarín. Eso lo dirás porque nunca me has visto salir de la ducha en verano.
Pasarás varias fases, justificación, odio, perdón, y completo escepticismo. Nunca me volveré a enamorar. La música esta perdida, en manos de revistas como la Mondo Sonoro y de grupillos de mierda a los que la gente se adhiere quien sabe por que. El último disco de los Artic Monkeys fue una basura, ¿nadie se ha dado cuenta?, es más, todo esta basura Indie-rock hace ya mucho tiempo que se fue al garete, ¿por qué quieren seguir con lo mismo cuando ya no funciona? Ya no creo en el arte.
Y entonces una belleza pasa, con las piernas exactamente como a ti te gustan. Y entonces piensas “Me la suda que estés tan buena. Me da igual”. Pero no, no te da igual, sino todo lo contrario.
Dedicado a todos aquellos que lucharon por la educación publica en el curso 2008-2009. Salud compañeros.
jueves, 12 de febrero de 2009
Trabajo
Lili Tiantian se limpia con esmero y apatía una serie de manchas que parecen incrustadas en el cristal izquierdo de las gafas. Su visión se concentra en un plano desenfocado de sus piernas, su bata blanca, sus gafas, sus manos y su clínex manchado de saliva. Sus manos son finas aunque tiene los dedos cortos. Un vecino de hace años, que siempre que podía le tiraba los trastos, una vez le dijo que tenía las manos de pianista, lo que destapó sus intenciones, aunque siempre podía no tener muy claro lo que eran exactamente esa clase de manos.
La habitación estaba entera para ella sola. Tres días antes en el hospital se había realizado el sorteo para turnos de guardia entre los forenses y le había tocado, precisamente, el día 1 de Enero. Los conceptos “racismo” e “hijo de puta” se le pasaron por la cabeza cuando se enteró a posteriori de que el sorteo se había realizado sin ella presente y además, sospechosamente, le habían tocado los peores días. Pero estaba acostumbrada a tragar y a guardársela, esperando algún día devolvérselas juntas a todos.
Hasta entonces permanecería sentada en el taburete viejo del deposito de cadáveres del hospital general Juan-Paul Marat como forense residente, sala que ya comenzaba a serle totalmente familiar y personal, en la que pasaba las horas leyendo, trabajando y bebiendo café. Se había permitido el lujo de hacer una discreta peronsalización poniendo una pequeña cinta azul brillante en un aparato de aire acondicionado en la ranura por donde el aire sale despedido para tener el referente visual de que efectivamente funciona, y además, para romper la monotonía del color blanco-hospital, siempre limpio hasta lo insultante, que se extendía hasta donde alcanza la vista.
Los días de verano, donde por no pasar nada ni siquiera muere mucha gente en la ciudad, aburrida de la lectura es capaz de pasar horas viendo cómo se mueve la tira. Pero hoy ni la tira se mueve ni tiene tiempo para ver cómo no lo hace. Hoy tiene trabajo, mucho. Está algo dormida y se ha olvidado de que el café de la máquina no es café sino una broma de mal gusto. Pero llegados a este punto, sorbe y traga sin paladear. Solo necesita cafeína y acabar cuanto antes. La gente tiene la extraña sensación de que cuando toma café el tiempo pasa más rápido, pero no hay nada peor que estar hasta las cejas y ver cómo, efectivamente, el tiempo no pasa. No quería volver a repetir aquella experiencia. Trabajo bueno, rápido, eficaz, y a casa. Tal vez sexo, tal vez helado. A lo mejor ni lo uno ni lo otro sino una buena rápida y eficaz tissana antes de arrastrarse a dormir.
El primer caso de hoy es un hombre de una edad avanzada. Sus ojos azul-cansado, casi fuera de las cuencas, su gesto totalmente ridículo, así como de sorpresa, su papada pronunciada y rasposa por los pelos de la barba, y su estado flácido y desagradable además del pelo blanco con un corte de pelo estilo militar no le hacen demasiada justicia. Su nombre tampoco: Javier Gutiérrez. Operario autónomo de la construcción, tenía una empresa familiar de reparaciones y otras chapucillas que le procuraban muchos beneficios en negro. Buen padre, mal marido, buen hijo, mal amigo, parecía muy abierto en un primer vistazo, pero luego te chocabas contra un muro que nadie pudo rebasar. Nada más allá, tal vez. Su comida favorita era el pollo, en especial la piel. Le solía hacer gracia que la gente le advirtiese de los riesgos del cáncer y solía soltar comentarios escasamente ingeniosos para evitar el tema mientras se metía la piel del pollo y las manos en la boca. Si hubiese podido acordarse de algo en el último momento, sería de sus años en el servicio militar obligatorio, viéndose a si mismo con el uniforme, un CEFME a la espalda, y una motocicleta a lo largo de la playa. Pero seguramente no se acordó de nada. Nos cuentan muchas tonterías sobre la muerte
Lili examina el cuerpo con una grabadora en la mano, se quita las últimas legañas antes de entrar en faena. -Nombre del sujeto: Javier Gutiérrez Salgado. 60 años. Peso: 96 Kg. Altura: 166 cm. El cuerpo presenta la habitual rigidez post-mortem-. Se detiene dos segundos en el resto del muerto. -Su gesto resulta agónico ¿Intoxicación mortal?-. Descubre la sábana y el cuerpo inerte queda desnudo ante la doctora. Acerca la mano al instrumental clínico y toma en la mano un bisturí: -Me dispongo a realizar una sección abdominal para realizar un examen del contenido estomacal-. Pero antes de cortar se asoma una cabeza por la puerta de la habitación. -¡Hey, feliz año! Voy a oncología pero luego te vienes y nos tomamos un café de verdad. Por cierto, te sienta bien trabajar en fiestas, te favorece-. Antes de que pudiese contestar, la cabeza había vuelto a desaparecer de nuevo por la puerta.
Trabajar en fiestas. No lo entendía. No entendía como su padre había podido trabajar en la pescadería casi sin cerrar un día entero durante todos estos años, antes de volver a China. No entiende esa devoción por el trabajo. Claro que si había llegado hasta donde estaba era por las horas de trabajo y trabajo empleado en cosas que no le motivaban. Lo que de verdad le gustaba a ella eran los domingos donde no se hacía nada, tirada en el sofá haciendo zapping, mal comiendo y dándose algún revolcón que otro con el vecino. Eso sí, nada imaginativo, siempre respondiendo al concepto clave: modorra dominical. Y sin embargo 6 días a la semana no es domingo y trabaja y estudiaba cosas que ni le iban ni le venían, pero que le darían dinero. Y aquí está hoy, en el depósito de cadáveres, el techo profesional que una minoría racial podrá alcanzar en la ciudad.
Cogió el móvil y llamo a sus padres. La llamada será cara porque al ver a su niña colocada y sintiéndose lejos de casa, un buen día hace 6 años decidieron volver a Xijuan. Pronto allí será Yuanxiaojie*. No es que a ella le importe, la verdad es que ha nacido muy lejos de casa y no pudo disfrutar de las tradiciones en todo su esplendor. Ocurre con los hijos de los emigrantes que, o se clavan a la tierra o van flotando sin ser finalmente de ningún lado. Y cada generación es susceptible de ser A o B. Sin embargo, desde que sus padres se fueron, ella se sentía algo perdida.
Cuando colgó se recostó sobre su sujeto. Se sintió algo sola, seca. Muerta un poco dentro, aunque quizás esto sea exagerar. La conversación había sido, como siempre, que estaban bien, que la echaban de menos, que no se olvidase de -por lo menos- vestirse de rojo para repeler al Niam* (esto lo dicen de broma, a estas alturas nadie cree ya en el Niam) y que le enviarían una cajita de Yuanxiao*.
Se incorporó, cogió el bisturí y diseccionó el estómago del sujeto. No le llevó mucho tiempo llegar a la conclusión de que se trataba de una intoxicación por salmonelosis. Seguramente el resto del trabajo de hoy sería comprobar cómo, efectivamente, todos habían muerto por la misma causa, anotarlo todo a una estadística y después llamar a los chicos de inspección de sanidad para que se ocupasen del caso. Eso le llevaría tiempo, mucho tiempo, y quería irse a casa.
Mientras sigue concentrada en sus cálculos mentales, la cabeza vuelve a aparecer y esta vez le ofrece un primer buen café de año nuevo. Desde la mesa metálica, mira los 38 cadáveres restantes, con apatía, sabiendo que será realizar lo mismo 38 veces más, obteniendo las mismas conclusiones. Saca un cigarrillo, rompe su primera promesa de año nuevo, lanza el humo al aire y sin girarse dice: -No puedo, tengo mucho trabajo que hacer-.
Niam: Monstruo del imaginario Chino que devora animales y personas en fin de año. Suele temer al color rojo, al ruido, a la luz, y a los melocotoneros.
Yuanxiaojie: La fiesta de los faroles
Yuanxiao: Dulces hechos con arroz glutinoso, sésamo negro, mantequilla y azúcar.
domingo, 1 de febrero de 2009
Todos se aposentaron en su sitio personal e intransferible, respetando siempre la cadena de mando. Disciplina y fe en el mando, palabras que habían resonado más de alguna vez aquellas paredes, como punto de apoyo a ese principio de autoridad incuestionable, paralelográmica, que dotaba a los padres de un poder totalmente autocrático, eso si, con algún margen para la libertad de expresión de los vástagos, evidenciando dos verdades incuestionables en este mundo, que la libertad de expresión solo se permite cuando ésta no constituye ningún peligro (en esta casi infranqueable argamasa de amor que se habían convertido en más de 30 años de feliz matrimonio), y que una familia no es una democracia.
El destino quiso que aquella noche la televisión no funcionase. En el zapping decisorio la televisión dejó de funcionar. Un electrodoméstico que había acompañado a la familia durante más de 10 años, tal vez 15, sencillamente así, y sin ningún chispazo, se murió. Sin aspavientos, con una lacónica solemnidad. Y fue así como aquella noche la familia no vio la tele y la conversación surgió.
-No toquéis a la gata que tiene tiña- dijo la madre sin levantar la cabeza del plato
-Está infestada- secundó el padre- La he estado mirando y la tiene por todo el cuerpo. Seguramente la llevemos al veterinario.
-Si se deja- apostilló la madre.
-Si no de deja, la meto en el trasportín y se acabó- dijo el padre con sequedad. Masticó un par de veces y continuó con su razonamiento- lo que tiene por dentro lo tiene por fuera.
-¿No se le pueden dar vitaminas o algo?- La hija trataba de evitar la situación del veterinario. La primera y única vez que la gata asistió a la consulta, se refugió en el despacho de la doctora y le obsequió con un par de zarpazos.
-Pero si no se deja hacer nada… cada vez que tu padre quiere darle una pastilla, o le muerde, o la escupe, o se la traga y a continuación la vomita. Seguramente por eso lo halla cogido.
-¿Y cómo ha podido cogerla?
-¿Cómo coges tú una gripe? Además ya está muy mayor para la vida de un gato, es normal que le pase.
-Pues si hay que sacrificarla-dijo el hijo con la yema del huevo duro en la boca- ….
-Pues se sacrifica- dijo la hermana con toda la tranquilidad del mundo.
-Aún no sabemos si la vamos a sacrificar.
-Tiene… estamos en el… veamos: 1, 2, 3, 4…
Finalmente la edad del animal quedó en un punto indeterminado entre 7 y 9 años. La conversación continuó con temas cotidianos y particulares, durante más o menos 7 minutos. Posteriormente la madre decidió telefonear a su tía, para recordarle que mañana pasaría a recogerla temprano para ir al hospital. La voz se escuchaba chillona desde el interfono. Advirtió antes de colgar que ella le recibiría en camisón.
La tía abuela es todo un personaje. Como los grandes locos de las obras de teatro, ella está cuerda, pero asegura no enterarse absolutamente de nada, consciente de todo el margen de libertad que esto supone en su vida diaria. Tiene más de ochenta años y si pudiera haría y desharía como las hilanderas en el Hades. Sin embargo no es tan ambiciosa y se conforma con su pequeño feudo. Nunca tuvo hijas, y la madre se encargaba de cuidarla, con todos los quebraderos de cabeza que ello suponía (por ejemplo, interrumpir tu fin de semana de vacaciones a solas con tu marido para ir a recogerla a un balneario en Cofrentes, debido a una indisposición imaginaria que le sirvió, a la tía-abuela claro, una excelente forma de evitar su confinamiento estival).
A la mañana siguiente debería de levantarse a las 6 y media de la mañana para estar en la puerta de su casa a las ocho menos cuarto, teniendo en cuenta que tendrán que estar a las nueve en el centro de salud. De todas formas sus planes fracasarán, la tía-abuela se encargará de ello. Vive en un constante estado de resistencia e insumisión senil. No obedece, no toma la medicación correcta, se esconde en su piso cuando quiere, y cuando quiere desaparece, y reaparece. Sin embargo se le permite, pues no constituye ningún peligro mayor.
Quien sabe qué motivos la movían a la madre a comportarse de aquella manera. Desde luego la devoción no, era más bien como una tarea que le había sido encomendada y que no podía rechazar, algo así como quien hereda un título nobiliario y millones en deudas, un desagradable privilegio.
Terminada la llamada telefónica, la mesa fue retirada, cumpliendo órdenes, funcionalidad y costumbre. “Tienes que sacar la basura” dijo el padre al hijo. Y el hijo obedeció.
Era el enero más frío que recordaba. Se calzó las botas y un forro tipo leñador de mercadillo. Caminó despacio y silencioso a lo largo de la calle, en una paz tétrica digna de Poe. La luna llena, oculta tras una densa capa de nubes, hacía parecer al cielo con su luz blanca un falso techo de escayola de una sala de urgencias. Cargando el peso de la basura de la casa siempre se preguntaba de dónde saldrían tantos desechos, y no podía creer que 4 personas en 3 días fuesen capaces de fabricar tantos desperdicios. Pero lo cierto es que fabricar basura es realmente fácil, ya que todo, cualquier cosa, es susceptible de ser un desperdicio.
Dejó el cubo donde siempre y como siempre, cerró la puerta y apagó la luz. El patio quedo sin embargo iluminado por la luz de la luna, dejando en la sombra el enorme cubo color negro, listo de nuevo para ser rellenado. Pero algo se mueve entre las plantas, y dos ojos reflectan la luz con ese estilo tan siniestramente felino que sólo puede proyectar un gato doméstico peludo y gordo de un barrio acomodado del área metropolitana de una capital de provincias.
Desde el fondo de un helecho, el animal, observa el cubo con miedo. Seguramente sospecha algo.
lunes, 26 de enero de 2009
Souvenirs y postales en agosto, en París
Solo si eres listo y tienes suerte, te topas con algo que sí pertenece al París autentico, y cuando eso pasa la reacción normal es que sonrías, te calles, asientas a gusto por dentro, y te lo guardes sigiloso en el bolsillo mientras rezas para que no salten las alarmas.
No debían de ser más allá de las 4, y como me costumbre me había perdido la hora del desayuno. Era uno de esos veranos locos. También era sábado, pese a lo irrelevante de este dato, pues sabed que el tiempo en agosto en París, no existe. De acuerdo, sí que existe, pero pasa de puntillas. El sol brillaba con fuerza en la calle, y hacia bastante que mi estomago no tenía nada sólido que asimilar; aunque daba igual, estaba loco. Tenía 18 años y creía (y aún hoy creo) ser una especie de beatniks (si es que esa palabra esta dotada de algún contenido). Que divertido resulta, que intenso era todo. Hacía dos semanas que me había dado por vencido y la ciudad, fuera quien fuese, me había absorbido, convirtiéndome en una especie de anti-zombi , y habiendo mi alma, ahora la ciudad entera me recorría por dentro. Todo mi yo era parte de París, y París es tan grande…
¿Ella tenía 21 años? Desde luego era mucho mayor que yo. Se llamaba Marva, originaria de un país de cuyo nombre no quiero acordarme. Digamos que era del Toboso. Estudiaba relaciones internacionales en la Capital del extraeuropeo estado del que provenia. Era morena, muy morena, y bajita, muy bajita. Tenía el pelo liso y unos ojos preciosos, y unas manos pequeñas y con algún que otro anillo. No vale la pena comentar nada sobre su nariz. Oh sí, es de manual,es la típica chica que me gusta. Había acudido a París para perfeccionar su francés antes de su beca erasmus en Bélgica, o tal vez en Luxemburgo. Realmente huía. Estaba allí huyendo. Huíamos los dos. Supongo que era en buena parte un motivo para gustarse.
Caminamos desde la parada de Luxembourg, cuesta abajo por todo el barrio latino buscando alguna licorería abierta. El barrio latino por la mañana es la evidencia de que el capitalismo es lo más parecido que hay a la invasión de los ultracuerpos, aspirando siempre la esencia de todo lo que le resulte productivo, sin importar absolutamente nada más. Y cuando se cansa escupe los huesos contra el suelo, o contra los extrarradios. Todo acaba convirtiéndose en eso… los platos rotos de los griegos en el suelo, las tiendas de dulces árabes, los metres en la puerta llamándote para que entres a comer, invitándote a veces demasiado insistentemente… todo no es más que un laberinto de cartón piedra para turistas… es otra manera más de venderte una llaverito de plástico de la torre Eiffel “made in taiwán” . Incluso la propia palabra, París, podría llegar a afearse.
No muy sorprendentemente encontramos una tiende de ultramarinos abierto. Los pakistaníes, en realidad todos los inmigrantes que regentan un establecimiento trabajan hasta caer al suelo sin fuerzas y generalmente con una amplia sonrisa. Conocen perfectamente el papel que la sociedad francesa, la europea realmente, tiene reservado para ellos. Compramos algunos de botellines de cerveza y una gran bolsa de pistachos. Yo no estaba aún demasiado acostumbrado a beber durante las horas de luz, me resultaba moralmente incompatible. De todas formas rechazar aquella invitación habría sido descortés, y en el fondo nos divertíamos mucho.
Nos sentíamos peligrosos callejeando sin dirección, bebiendo a plena luz del día, con toda la ciudad en nuestras manos. Éramos como dos gatos sucios rebuscando en la basura, en cualquier callejón de la propia ciudad, pisando fuerte, saltándonos las clases. Creíamos ser malos e irremediablemente culpables, como un par de atracadores de bancos peligrosos y armados.
Si cruzas el puente que va desde la plaza de Sant Michel a la Ille de la Cite, en dirección al Hotel de la Ville, verás un pequeño embarcadero de madera en el que se para un fleuve-bus, cada mucho rato, debajo de unos árboles a los que nunca se les caen las hojas. La luz cae ahí tranquila a esas horas, y dos metros más atrás se forma un curioso remolino contra el puente. Nos sentamos allí, sobre las piedras calentadas por el sol y estuvimos hablando durante toda la tarde, tirando cáscaras de pistachos al sena, que aparentaba más sucio que nunca, bebiendo y besándonos.
Yo le soltaba profecías sobre la música, sobre el arte, sobre el estado de las cosas, sobre política, pensando en voz alta cantidades ingentes de estupideces. Cuanto más grande era la fanfarronada, más grandes eran sus ojos (sin duda había mucho de ego también en todo aquello). Oh sí, palabrería, rosarios que yo mismo me creo y que predico, a veces con fe a veces sin. Pero seamos realistas, ella estaba buscando a un charlatán como yo, un muchacho rubiete de piel porcina que se encandila pensando en las musarañas y dice ser artista y revolucionario. Nada más europeo que eso. Todo un souvenir.
Cuando yo me callaba, a veces pasaba, ella me hablaba de su casa, de su tierra y de su vida. Supongo que yo también pondría los ojos bien grandes cuando me hablase del tema. Y entonces dijo la frase inevitable que debía haberse evitado “tienes que venir a verlo, es precioso” ”no creo que pueda ser” dije acariciándole la cara. Ella ya lo sabía, claro que lo sabía, pero no quería saberlo. “Si me acuesto con mi novio y le pongo tu cara… ¿crees que estaría mal? Moralmente hablando, claro”. Me sentí culpable, deseado y extrañamente alagado. Yo veía como el botellín de cerveza se hundía en el fondo del río, junto a las últimas corfas de pistacho “vamos a ir al infierno, ¿sabes?”.
Volvió a besarme. Anochecía.
En el momento en el que todo esto sucedía, su novio, un ultra-nacionalista cuasi-fascista semi-hooligan similar en tamaño y forma a un menhir, desconocía aún mi existencia, al igual que su padre, un señor de piel tostada y gran bigote. Estábamos a salvo convertidos en uno de esos rincones, quiero creer que autentico, que el verdadero París no había podido llevarse de vacaciones, aunque solo fuera por aquella tarde.
Pero ahora que lo pienso no, nada más típico que un chico y una chica que se creen enamorados en verano, en París.
domingo, 18 de enero de 2009
Predeterminadamente.
Al descubrir que era
Netamente cultural
Decidí deshacerme de ella
Y ahora los cigarros
Solo son papel y tabaco
Y los paseos solo un medio de transporte
Y el cemento
Cemento.
-Humberto Arenal-
Bajo la extraña sensación en la que la realidad parece sacada directamente del cine dogma, has decidido volver a tu casa andando. Crees que el ejercicio te va a sentar bien, y siempre has dicho que te gusta pasear. Cubres tu cabeza con una capucha y emprendes el camino hacia eso a lo que te sueles referir como casa. Casa… no puedes evitar sonreír cada vez que esa palabra se moldea en tus labios, aunque sea mentalmente.
Estas arrepentido de haber bebido la última ronda de chupitos de cazaya con lima y azul, pero es que el nombre de gremlin parecía irresistible en la carta de bebidas. En una extraña proporción el alcohol aumentaba y la conversación se desvanecía, aunque reconozcámoslo, ha sido muy escasa toda la noche. Además plagada de conversaciones tópicas y completamente estériles;” ¿que es el arte?” Y entonces empiezan gritar como hienas sobre una cría de antílope, defendiendo hasta el último cartucho su punto de vista. Tú también, y actuabas como todos ellos mientras por dentro sabias exactamente que se iba ha decir en cada momento de la conversación. Oh sí, las caras cambian, pero la conversación siempre es la misma. Es como una roca que te toca subir todas las noches, y borracho es igual de grande, y da igual que bar porque la colina siempre es igual de alta, y nunca hay conclusión, al final siempre se te cae encima.
Nada te sorprende últimamente, ni el travesti que ahora te persigue algunos metros para convencerte de sus planes, ni los filósofos-políticos que te seducen con sus retóricas para jóvenes con barba. Ni la música… y que triste que ya no haya un disco que te convenza de cabo a rabo. Todo tiene pegas, Dios no existe. Lo único que tienes es frío, y mucho camino por delante.
Chafas y pisas por las mismas calles y recuerdas aquel cuento que te contó hace poco una de esas luces de Neón que ves a lo lejos mientras conduces en la autovía por la noche. “Érase una vez que se era un ruso ateo que murió y fue al cielo. Incrédulo y empecinado siguió negando la existencia del paraíso pese ha habitar en él. El cielo no existe decía. Su actitud hizo que este fuese condenado a correr 4000 años en la oscuridad hacia la luz si quería alcanzar el cielo. Pero el ruso cuando se vio envuelto en tinieblas, en vez de correr como alma que lleva el diablo, se sentó, y repitió de nuevo No existe el cielo.”
Tienes la intención de hacer lo mismo, de sentarte en el suelo y declararte en huelga legitima, exigiéndole algo más al mundo, de llegar a tu casa y quemar todo aquello que no valga realmente la pena, y a cada paso estas apunto de hacerlo, pero al final te faltan cojones. Tranquilo, al propio Dovstoyeski también le faltaban. Y al igual que a ti, también la faltaban para ir corriendo hacia la luz.
Paso tras paso la avenida se vuelve cada vez más grande, cada vez mas vacía, y cada vez con figuras que pasan mucho mas deprisa, mientras tú, cada vez te sientes mucho más pequeño, hasta que finalmente desapareces.
sábado, 3 de enero de 2009
Vigilar y Castigar
7:40. Funcionarios clase B y clase C están despiertos, su jornada comienza en una hora y 20 minutos.
Pantallas monitorizan todo. Resultan hoy particularmente tétricas las imágenes de la gente entrando en la plaza del ayuntamiento, tan callados, tan sumamente individuales, y uniformados (todos sin excepción) en su individualidad, en su particulares particularidades, tan uniformemente libres, tan igualmente diferentes… Y tan dormidos… es como si una cinta transportadora les arrastrase a su puesto, como las maletas en las zonas prohibidas de los grandes aeropuertos, observados por los grandes leones de hierro que vigilan desde lo alto de bancos y la oficina de correos.
Hoy hay riesgo de atentado, y los cuerpos de seguridad van especialmente armados, apostados en puertas y puntos estratégicos de cada edificio realmente importante. Al entrar en el ayuntamiento para reclamar no sequé multa, 22594027-B no deja de observar el subfusil de carabinero que en su posición reglamentaria protege, como miembro del orden, a la fila que se ha formado en “reclamaciones”, la fila en las que se ordenan los ciudadanos para protestar utilizando los procedimientos estandarizados.
Esta oscuro, y hay sobretodo silencio (no el silencio de la falta total de sonido, sino esa amalgama de ruidos de fondo que a la practica no eliminan el vacío, sino que lo potencian) y tiene mucho miedo. Tiembla cada vez que el arma se balancea sobre la correa, cada vez que da un paso. 48590815-A, disimuladamente se acerca, y mirando hacia otro lado le susurra, “tranquila, nos necesitan vivos”.
viernes, 19 de diciembre de 2008
Cuentos morales: confesiones
Imagínate: el soldado en la ciénaga de Masada
aprende patria,
de la manera más imborrable,
contra cada púa en el alambre. (P.Celan)
Hay ciertos días en los que la ciudad no está en ninguna parte. La geografía y la historia se dan la espalda mutuamente en casi todas las calles y avenidad de Berlin. El este se aleja, renqueando, poco a poco de vuelta a su guarida. Parece no importarle a nadie al tiempo que la nostalgia se ha mercantilizado. Ya no es real.
Aquel editor de Bayern parecía haber nacido para estar donde estaba, allí sentado, en el conocido Madame Claude, con la camisa empapada de sudor y los ojos primitivos escrutando entre las lumbres y sombras los movimiento de mercancía. Al otro lado del ring, un servidor, calculando cuántos más de aquellos Kaipiroska podría soportar antes de perder la compostura necesaria para continuar con el negocio. Diría que para unos cinco, tres si no me doy prisa y tengo que pagar un taxi de vuelta, no sea que pierda el último U-bahn.
Jomski llegaba pálido de la barra, visiblemente bebido y resuelto a parpadear unas ciento quince veces por minuto. Cocaína. Justo antes de sentarse, haciendo alarde del mejor equilibrio ucraniano, se gira para acompañar con la mirada a una de las parroquianas vertiendo así la mitad de su copa sobre mi chaqueta. Adoro a mi agente.
“Mirad quien viene por ahí. Se mueve como una sombra”.
Bajo las escaleras que conducen al baño. Otra ceremonia; agua fría en la nuca y jabón en las manos. A través de una rendija de la cortina veo un cacho de cielo rojo. Decido salir de aquí, a la mierda mi libro.
Subo las escaleras y pago mis copas, las de Jomski también, por la putada.
“La naturaleza no tiene estilo. No tiene vergüenza de mostrarse tal y como es. Niña repolluda demasiado maquillada”
Resaca. Suspiro y me incorporo. Busco por el suelo esa zapatilla aventurera que siempre falta. La encuentro en un sitio absurdo, me calzo y me levanto. A ver qué me tiene qué decir esta. Abro el balcón de par a par y os juro que huele a hierba fresca. La calle se extiende con sus tejados hasta perderse en el horizonte. En el horizonte unas inmensas nubes rojas y blancas aplastan los tejados que tienes bajo ellas. Me imagino que no estoy en Berlin, que esas nubes a lo lejos no son nubes sino una gran montaña, probablemente un volcán extinguido que lleva siglos observando esta ciudad donde en otro tiempo nací y viví toda mi vida. Una ciudad de un país olvidado, sudamericano probablemente, donde el tiempo se ha detenido y a nadie le importa que muera más gente de la que tendría que morir. Cierro los ojos y pienso en la madre que tuve, en los amigos que me sonrieron, en los recuerdos que no sabía que tuviera. Como aquella vez, siendo un niño, que hice con mi familia una excursión a la ladera del volcán y desde allí arriba, viendo mi vieja ciudad tan pequeña, puse un dedo delante de la cara y me imaginé que era un titán que la aplastaba. O cuando siendo adolescente fui con unos amigos a buscar drogas a las barriadas pobres de las afueras, y en la casa a la que entramos había una mujer desnuda tirada en un colchón sucio amamantando a cuatro niños (recuerdo incluso que uno me ladró, pero cuando vi esto, ya había conseguido la droga). O hace un mes, cuando fusilamos, obedeciendo órdenes y para que no nos fusilaran a nosotros, a quince campesinos que me parecieron hechos de sal, por muy lejos que esté el mar de esta ciudad, y que no sangraron sino que se derrumbaron y se vaciaron como globos pinchados. Fusilamientos literales, claro, literarios. Así funcion la crítica literaria. Ahora mismo que pienso que soy otro que vive en Madrid y quiere ser escritor, y miro al cielo y lo veo mirando también el cielo, y haciéndose las mismas preguntas que yo.
“Un día te despertarás y comprenderás que todo ha pasado, que el que eras ya se ha ido”
Debajo de mi ventana una pareja de gays discuten a gritos y parece que sufren. Pienso que si les tirara unas monedas quizás les parecería mal y me contengo. Cae la noche como cae una buena frase.
Vuelvo a entrar en casa cuando se encienden las farolas y no la reconozco y me doy cuenta de que nunca he estado solo.
“Mirad quien viene por ahí. Se mueve como una sombra”.
Repite el que habla cuando yo no quiero hablar. Y me apetece hacerle caso. Me tiro al suelo, extendido y me arrastro por mi casa, sigiloso, para no despertar a los que duermen (e niño aprendí que los objetos son como las hienas, si no eres mas alto que ellos te ignoran o te muerden).El suelo de la cocina es fresco, y tomo, por primera vez en mi vida, plena conciencia de que los azulejos son igual que mis poemas. Me quedo dormido debajo de la mesa.
“Un día te despertarás y comprenderás que todo ha pasado, que el que eras ya se ha ido”
domingo, 30 de noviembre de 2008
Verde
Texto: Pepe Ruiz
Cancion: "High and Dry"
Hacia como 20 minutos que Robert Capland llevaba esperando en la estación de metro. Mascaba chicle, y no había comido nada durante horas sin duda para evitar el aliento. El sabor elegido esta vez fue menta fresca, lo cual le daba un sabor de boca mejor de lo que solía tener, aunque siempre le resultaba tremendamente desagradable aquel extraño frío en sus generalmente fosas nasales saturadas de mucosidades. Pero que otra opción quedaba ¿la fresa? El sabor le acababa dando acidez de saliva. No podía arriesgarse hoy.
Un maravilloso sol de primavera se estrellaba contra las escaleras mecánicas. Por la impaciencia, en vez de esperar a que su estampa subiese, se asomó para ver cuando aparecía por el fondo del pasillo. Siempre tenía que llegar tarde. Pero al final aparecía, y se olvidaba de todo. Llevaba una camiseta de tirantes del mercadillo de la plaza de
Ascendía lentamente, y Capland permaneció quieto e impasible como si no hubiese dado 40.000 vueltas al ver que no llegaba. Ambos sonreían, estúpidamente. Aunque tenía un año menos que él le, sacaba medio palmo y cuando se besaban tenía que auparse un poco, lo suficiente como para durante aquel tiempo, el tiempo en el que quedaban un par de veces por semana, se le endureciesen los gemelos. Tenéis razón, no es muy alto.
De todas formas y pese a lo incomodo de la postura, aquellos besos lentos e intensos, con la boca pequeña (esto hacia que se sintiese a veces coartado, o por lo menos, le hacia sentir contención, concepto opuesto a sus principios erótico-festivos) valían la pena. Tanto, que le gustaba recordarlos cuando se volvía a su casa. La sensación. La intensidad.
Todas las tardes en las que quedaban solían transcurrir de manera similar. Él esperaba, ella llegaba, y se dirigían al cauce seco del río, o a cualquier plazuela del barrio del carmen. Hablaban poco, se observaban mucho, y se cogían de la mano en días calurosos, cosa que a Julia le sacaba particularmente de quicio, pero para no crear una situación incómoda, se callaba.
El río es particularmente cómodo para las parejas adolescentes en los días de primavera. Ya sabéis el sol cae, y el césped aún esta verde, a veces mojado, la gente pasa y sonríe, o se santigua, o silba o mira o grita, o se calla, o no se da cuenta.
Después de inocentes magreos (accidentales moratones, mordiscos precisos, manos, tetas, culos, torpezas, acelerones, disculpas, y aquellos besos…) se quedaban tumbados. Generalmente, él, apoyaba la cabeza en su tripa, y empezaba a decir un montón de tonterías pseudos-maduras que a ella le daban bastante igual. Porque Robert Capland era la clase de adolescente que decía ser adulto, pero que escasamente sobrepasaba la talla física y mental de niñato. Es curioso, ella parecía una cría en varios aspectos y nunca intentó demostrar lo contrario, lo que la convierte en un ser tremendamente maduro.
La primavera terminaba, y aquella tarde caminaron los dos hacia otra parada de metro, para que ella se fuese a casa. En el anden, esperando, ella le abrazo mientras el se hacia el interesante, repitiendo el contacto carnal favorito; era como meter los dedos en un enchufe…
- Te quiero
- Yo también te quiero
Por supuesto los dos mintieron. Iban liándose con otras personas por ahí, y no tardarían en dejar de verse, con el fin de la primavera. Pero no nos concierne hablar de ese asunto. Por favor no hablemos hoy de lo efímero.
Cuando salió de ahí, tal vez por la luz, el cauce del río le resulto (y el mundo) le resultó de un color verde intenso de tacto suave, como su ropa interior.
miércoles, 26 de noviembre de 2008
Gris
Ya no existe el Jazz, tan solo en los discos viejos y en los caros recopilatorios bien señalados y re-etiquetados que podemos encontrar en la Fnac. Yo nunca conocí el Jazz, (ni tampoco un verdadero hippy), no conocí su ambiente, su real impacto. Nada, no queda nada de eso. Imagino lo que fue, me lo imagino. Lo adapto desde y hacia mi punto de vista subjetivo. Lo convierto en un totem irreal, mítico, falso, y lo asocio con lo que me da la gana para terminar de corromperlo: con el cine negro, el tabaco rubio, las medias de seda, el cara o cruz, los gatos, y la planta intermedia de un parking. Y oh si, todo confluye, y hoy es un día tremendamente Jazz.
Para empezar es invierno (las estaciones del año, señor Millagui, son vitales, y al igual que los chinos vinculaban una parte del cuerpo a una estación y a un punto cardinal, yo digo que el jazz es para el otoño-invierno, y a electrónica para el verano), y esta nublado, amenaza con llover, pero todo se queda en mera palabreria. Se dice que no lejos si sucede, y la nieve cae a 1000 metros sobre el mar. Hace frío, lo va a seguir haciendo. Entre la planta de caja del parking y el 3er sótano, una tubería deja escapar agua, que a la chita callando forma un charco bastante considerable que es chafado por un felino que corre de debajo de un Volvo hacia unos cubos de basura. Puro jazz, puro jazz. No se oyen saxofones y no hacen falta.
Mi padre paga el parking. Quiero y no quiero imaginarmela en mi cuarto. Finalmente salimos de ahí en el coche, hacia lo gris (el color de la luz los días nublados), y sale de nuevo cara.
El parking (por el mero hecho d que el escritor así lo dice) permanece ahí, con sus ojos de gato y sus charcos. El señor de la garita, Vicente, permanece en su puesto. Así lo hará hasta que acabe su turno. Le gusta su garita, esta cómodo. No se pone la radio, ni la tele, no lee los periódicos. Es tan singular llamativo y entrañable como los símbolos de falange en las viejas placas de las viviendas de protección oficial. Se le nota consumido, plagado de arrugas, con el gesto muy serio, y un bigote adoc. Tiene tabaco, y un mechero gris de propaganda, pero no sé si fuma. Es feliz. En realidad creo que todo se la trae bastante floja. No creo que piense en su jubilación, y mucho menos en como nadie le retrate a sus espaldas. Él sencillamente está ahí, manteniendo una relación atemporal e indiferente con el mundo.
El reloj marca as cuatro, y un rayo bien definido de luz entra por la rampa. Lo mira con displicencia. No lo necesita.
domingo, 23 de noviembre de 2008
El vacio y el sentido
La escalera descendía cientos y cientos de escalones hacia un pasillo que se vuelve infinito a los ojos del perdido.
Nunca llego a imaginar que hubiera podido existir nada parecido debajo de una biblioteca pública (sirvieron como almacenes y refugio anti-aéreo en guerra, posteriormente como salas de interrogatorios. Actualmente sirven de almacenes de nuevo, encerrando libros que hoy no deberían de ser encontrados en una biblioteca, reflejos que negamos de nosotros mismos…).
Y al final, una enorme sala, tras una enorme puerta, tras estanterías plagadas de DVDS, cintas de Video, y rollos cinematográficos, en un pequeños rincón, unos pequeños ojos y una enorme barba están viendo una película sobe un colchón viejo. Cáscaras de frutas diversas se amontonan en montañas no muy alejadas del colchón, al igual que paquete de tabaco, colillas, mecheros y cerillas usadas. El extraño eremita no pareció advertir la llegada extraña, y continuó absorto observando las imágenes. Observa los diálogos sin parpadear, sin girar la cabeza. Parece que esté intentando ver cosas que hay detrás de la pantalla.
- Siéntate, hay sitio para dos- y se desplaza a un lado
- No quisiera molestar- el Robinson no contesta, sigue absorto en las imágenes. Sin mirar alcanza un paquete de tabaco y se enciende un cigarrillo. Sigue manteniendo su oferta de compartir el colchón, que al final acepta. Permanecen en silencio los dos la televisión. La película es “arsénico por compasión”, pero la están viendo sin subtitular en un idioma que no acaba de comprender.
- Es increíble- dice el ermitaño- la veas en el idioma que la veas esta película sigue sin tener gracia. Cada día el cine me da más asco- Continúan viendo la película, y fumando juntos tabaco rancio y comiendo fruta de temporada.
- ¿Quién eres?
- Mi nombre es Vladimir Poliakov
- Imposible, hace dos noches yo…
- Somos muchos
- ¿Y que se supone que haces aquí?
- Estoy viendo una película
Y si bien el tiempo desapareció la existencia de pronto cobró sentido.
domingo, 9 de noviembre de 2008
Relato de Género
O si, "lupas" estaba preciosa aquella noche, sin embargo la prefería con la ropa de oficina y con sus maravillosas gafas de culo de vaso, que le resultaban tan inocentes... sin embargo, hasta que ella no se fue al baño, y la trompeta no rompió el zumbido del contrabajo, a todo le faltaba algo. Pero ahora todo era perfecto. Una mujer preciosa estaba sentada en un retrete pensando en él, una muralla de humo le impedía ver la puerta del local, en la ciudad se perpetraba un caos que será eterno, y que inexplicablemente ahora sabe dulce. Pero sobretodo Miles... Miles es el hilo conductor de todo esto. Y cuando acabe la canción ya no será lo mismo. Será peor.
"Ascensor para el cadalso" pensó, y puso la misma sonrisa que pone un condenado a muerte "es precisamente lo que es esta canción, una trampa. Te eleva mientras te anuda una soga al cuello y luego cuando acaba, te deja caer".
Dos segundos después, la canción había acabado, y el silencio consiguió llegar a través de los ruidos de las copas, y "Lupas" encontró sobre su silla su ropa, sus zapatos con sus calcetines dentro y su sombrero sobre la mesa. En un mal castellano intento denunciar a la Policía su desaparición, pero fue inútil. Nunca nadie más supo de él.
jueves, 6 de noviembre de 2008
Microrelato
Lo miserable desde la teoría de la relatividad. Tú, antes en una plaza, con algunas botellas avalando tus decisiones. Caminas hacia un punto objetivo, hacia unos ojos verdes en concreto. Te miras bien. Admites que hay algo de mediocridad, algo de sulfato básico detectable. Pero has elegido precisamente ese objetivo por la falta de criterio, te las sabes todas. Contienes una carcajada, en una capital europea, quizás Madrid, la mujer de tu vida comparte cama con cuatro compañeros del trabajo. Qué más da, esta noche -solo por esta noche- Juan Pablo Castel y César Vallejo se dan la mano, como si llegara el momento de hacerse viejo. Ha habido suerte.
Tus amigos piensan que nada de lo que dices es cierto hasta que lo escribes. Entre el ruido y la furia de los ferrocarriles el camino a casa con la persona equivocada puede ser desastroso. Eso no lo sabías.
Recuerdas las palabras del aburrido Faulkner. The world is still. How still it is. El metro tarda demasiado en llegar a tu parada. La chica que te acompaña se ha quedado dormida. Es el problema de las segundas opiniones: demasiado tiempo para pensar. Sales sin despertarla. La próxima vez asegúrate de que no haya demasiada luz, la gente es propensa al arrepentimiento.
sábado, 1 de noviembre de 2008
Sobre dioses y estatuas
Ni un rayo de luz pudo penetrar en aquella habitación cerrada. Los inscripciones de las paredes solo fueron legibles durante 6 horas más, tiempo en el que las antorchas tardaron en consumirse. Después, todo quedo en silencio, a oscuras. Sí, la oscuridad, el silencio perpetuo, no tiene porque ser algo negativo o desagradable... son relaciones conceptuales del mundo de hoy, que se centra más en lo inmediato y lo dinámico, que se empeña en excluir a la muerte de la vida, como un niño que se repite a sí mismo que el hombre del saco no está debajo de su cama. Y huye... La muerte llega cuando llega, y a veces significa paz.
Protegido por las arenas del tiempo, por las dunas cambiantes, las inclemencias del desierto, los mitos, las historias, y los cuentos de niños, las lunas fueron pasando y la cámara permaneció inmóvil, permanente, incorrupta, sagrada.
Y así fue hasta que un día el sonido volvió a suceder. Fuertes y rítmicos mazazos, y tan incansables como un cobrador de deudas, derribaron la losa de piedra, que cayó al suelo, dejando entrar la luz (artificial) que durante tantos siglos había estado desterrada. Cuerpos extraños sujetaban linternas y lámparas, sudados, sin aliento, respirando, consumiendo la atmósfera que no debía ser de nuevo experimentada por un organismo vivo. Se sustrajeron los tesoros del faraón, se clasificaron y se etiquetaron, exibiendolos en museos, a la vista de cualquiera, como monstruos de circo, como simples pescados en una tienda. Y en la pista central, el sarcófago, abierto, y el cuerpo faraón, que mantenía una ya inútil expresión de solemnidad.
Observándolo, casi como si se hubiese hecho con toda la crueldad del mundo, en el lado apuesto de la sala nº 15 del museo de historia natural, (y como parte de una exposición itinerante) estaba el Dios Seth, con su expresión terrorífica y hierática. Ahora ya solo era una estatua.
sábado, 18 de octubre de 2008
Aparentemente Límpio
Hola Sara:
Hoy he ido al cine y he visto una película aburridísima que apenas ha llamado mi atención. Creo que incluso ha llegado un momento que me he dormido… cuando estaba despierto me llamaba tan poco la atención que ni lo sé. La sala estaba por completo vacía así que si hubiese roncado no habría importado absolutamente nada; es el drama de los multicines: ni acomodador, ni vendedor de palomitas, ni taquillera, nada….
Cuando salí del cine estaba lloviendo en la calle y no me importó mojarme; en cierto modo me sentía mucho más cómodo notando encima el peso de la lluvia. Dejé el coche en el aparcamiento porque por alguna razón decidí caminar, preferí caminar… a veces me pasa, ya lo sabes, y entonces camino. La calle parecía eterna y la lluvia infinita, el agua arrastraba toda la mierda que se había quedado pegada al asfalto y no soplaba el viento, y los perros no ladraban… era todo muy diferente a mis pesadillas. Porque no pasó nada fuera de lo normal, porque no estaba pensando en nada… simplemente sucedió, vi las luces de casa encendidas y decidí seguir caminando. Se de sobra que no hay nadie en casa.
No sé donde te has ido. No quiero saberlo. Yo me voy a ir muy lejos. No voy a poder evitar odiarte Sara, creo que ya te odio. Y creo que no podré perdonarte nunca, y que te olvidaré odiándote y deseando no volver a verte, hasta de que finalmente me convenza de que no exististe jamás.
No firmó la carta. El cerco de una mancha de café americano dejó ilegibles algunas partes. Pagó la cuenta deprisa y salió por la puerta. La curiosa camarera intentó leer aquella grafía ilegible, pero abandonó tras un esfuerzo superficial. Pasó un paño sucio, recolocó el servilletero, y todo quedo aparentemente limpio.
Texto: Vladimir Poliakov
viernes, 10 de octubre de 2008
La Tormenta
¿Por qué? Pues tal vez porque en el fondo no deja de ser una prolongación de si mismo, sus paredes, sus libros, la disposición de los muebles, todo un efecto de su voluntad y un espejo bondadoso de su persona, un autorretrato más que idealizado, simpático. Y no tiene porque ser algo raro, los antiguos ya decoraban su entorno llenándolos de jeroglíficos, murales y frescos, que además de mostrar cosas al gran público, contaban a sus arquitectos, decoradores y obreros algo que al resto de la humanidad se nos escapa.
La puerta se cierra, firme aunque silenciosa, y contra la madera rebotan muchas frases (algunas penetran) que ya se han escuchado antes, largos discursos sobre el futuro, la seguridad, sobre lo insoportable de la convivencia con su persona, la hipocresía, el pragmatismo, la necedad, la inexperiencia… largos discursos sobre el desengaño. Discursos que a lo largo de generaciones han sido repetidos, siempre por supuesto con la pequeña variación del autor o más bien emisor, y que a lo largo de la historia ha sido repetido de padres ha hijos a lo largo y ancho de la geografía planetaria. Y quien sabe…
Pero la puerta se ha cerrado, y aunque físicamente sea casi inapreciable la diferencia entre que esté entornada y cerrada, hace que se cierre un mundo y que se habrá otro, que se expande a través de la ventana, que asoma a todo un mundo enorme ¿Real? No, por supuesto que no, pero tampoco fantástico, tan solo subjetivo, tan subjetivo como el mundo de mosca de todos los habitantes del planeta.
Comienza a sonar la música, y mientras se pierde mirando al infinito desde su cama sonríe. Tiene 17 años y el caos le hace gracia. Imagina como llueve tanto que todo va quedando sumergido bajo las aguas de una apocalíptica tormenta, una tormenta que primero la gente menosprecie, pero que finalmente ahogue, todo en general.
Y en vaqueros y calcetines se duerme involuntariamente sobre el edredón, mientras en sueños contempla las ruinas sumergidas bajo el peso del agua. Pero mientras, fuera, la tormenta.