viernes, 25 de septiembre de 2009

V

-Dicen que ahí fuera hay alguien; es más, dicen que hay alguien peligroso, que no debemos salir; Lo dijeron en la tele hace un rato, aunque hace ya un par de horas que se ha ido la luz.
-¿Ni si quiera salir al pasillo? Estamos apunto de quedarnos sin cerillas y vamos a necesitar fuego, no me gusta estar a oscuras todo el rato.
-Si enciendes una vela podrá vernos.
- No si la ponemos ahí. Y además, creo que salir al pasillo seria una buena idea, podemos hablar con los vecinos, preguntarles si tienen algún canal de información, si tienen cerillas, no se, preguntar cosas, y así de paso no me aburro de ti, que en el fondo ya nos conocemos mucho.
- No entiendo como puedes hacer chistes en este preciso momento, cuando nos están rondando por ahí fuera.
Si quieres nos ponemos todos a llorar, si es que crees que los llantos no le atraerán.
Además, tampoco creas que el contacto con los demás vecinos nos ayudará tanto, perderemos lo poco que tenemos, y por suerte aun quedan en la despensa como 7 latas de atún.
- Podemos compartirlas. Tenemos comida de sobra hasta mañana
Tu da tu parte si a ti te da la gana. Yo no lo haré, no sé cuanto durará la noche.
-¿Y cual es tu solución entonces?
-Mi solución. Pues hacer exactamente lo que han dicho. Permanezcan en sus casa hasta la mañana siguiente y no se alarmen.
-¿Y hasta entonces?
-Pues podemos permanecer despiertos o seguir dormidos. Pero aquí

Los nervios hacen que sus palabras suenen más a ordenes que a recomendaciones u opciones. Tal vez lo son, pero como no dijo ordeno, no pasa absolutamente nada.


Finalmente, y cuando mirando al infinito se queda dormido, Otro sale finalmente al pasillo. Solo hay dos viviendas en cada planta., y una gran cristalera que asoma a la ciudad y en consecuencia al mundo. Se acerca a la ventana para hacerse una idea de que es lo que esta pasando por ahí fuera pero nada, la misma nada que dentro de la casa, a excepción de la luna que aquella noche resplandece pálidamente. Llama a cada puerta de todo el edificio, pero nada también. O todo el mundo se marcho al saber la noticia, o es que nadie quiere abrir la puerta, en cualquier caso el resultado es el mismo. Harto de contemplar la oscuridad decide moverse hasta la calle. Estadisticamente tiene que haber alguien que halla llegado a su misma conclusión, se dice con esperanza. Y sale a la calle en busca de un encuentro en la oscuridad.

Pero en la calle no hay nadie. Esta solo ahí fuera. Comienza a correr, buscando una luz, o algún punto brillante y el escándalo de sus pisadas retumba tan fuerte que se oye hasta desde el décimo piso. Y mientras lo pasos retumban secos, las madres susurran a sus hijos que miren por la ventana, que la tele no miente, que sí que es verdad que alguien les esta rondando a todos, y que no deben salir. Pero se confunden de persona. Aunque tal vez no. ¿O si?

domingo, 20 de septiembre de 2009

Instintivamente se levanto del sofá intentando respetar el silencio sepulcral que el Domingo por la noche y sus circunstancias habían impuesto en el vecindario. Meó con tranquilidad. Bajo las escaleras y se metió en la cocina (tampoco era muy grande). Saco la ropa de la lavadora, la extendió sobre la mesa y la doblo clasificándola en la clasificación estándar para un posterior almacenaje en sus armarios: calzoncillos, calcetines, camisetas, jerséis, pantalones toallas y una esponja, en la que metió las narices para saber si ya se le había quitado el olor a ajo. Solo la pequeña luz de la cocina estaba encendida, ya que no quería despertar a las visitas (un viejo amigo dormía en su cama durante una semana, y todo el mundo tenía derecho a descansar). Comenzó entonces a fregar los platos, en silencio y con poca agua, dosificando el jabón, mientras realizaba una lista mental de aquello que faltaba en la casa: tomates, leche, jabón, una esponja para la ducha... detergente, tal vez zanahorias. Compraría también al día siguiente, porque no, dulce de leche, y aquellos postres árabes de color naranja. El ultimo plato quedo secado y colocado en su sitio. La ropa preparada para mañana. No podía hacer más de lo que había hecho.

Se tumbó en el sofá y miro a la pantalla del portátil, aun intranquilo. Si todo su universo se hubiese quedado dentro de aquellas 4 paredes, bastaría solo con frotar, secar, y comprar. Pero no. Había un universo ingobernable, inexplicable, y caótico, ininteligible, violento, carente de sentido y sentimientos, que se extendía durante la eternidad y hacia el infinito desde aquel lugar tan insignificante.

Pensó mandar noticias a la Isla, Estoy bien, pero luego cambio de idea y cerró los ojos.

martes, 7 de julio de 2009

IV

Todas las salas de espera le llevaban mentalmente a la sala de espera de su dermatólogo, aquella sala de espera de paredes al gotele en consonancia al horrible acne de algunos de los presentes, donde tantas horas había y se había aburrido, malgastado cada maldito segundo en mirar los dibujos que adornaban las paredes, ilustraciones sobre los métodos de cura medievales. Allí es donde por primera vez vio y comprendió el concepto de trepanación, pero eso amigos, es otra historia…

Bien, esta sala de espera, era particularmente anodina, casi de género podríamos decir. Un sofá, unos colores tranquilos, paredes lisas, un reloj, y una serie de revistas apiladas sobre un revistero, organizadas por orden de antigüedad, mezclando los mas variados temas, desde prensa rosa, a revistas de videojuegos, el ultimo escándalo socio-político, un reportaje en profundidad sobre el turismo en el Adriático, y sobretodo entrevistas ligeras a variopintos personajes, que tan rápido se leían y tan rápido se olvidaban…

Y si bien era una sala de consulta normal y corriente, en un piso la mar de corriente, abierto a horas corrientes, la especialidad no era para nada corriente. De hecho, no se trataba propiamente dicha de una consulta médica. Los médicos, todos ellos, habían resultado completamente ineficientes ante lo que le adolecía. Todos ellos, públicos, privados, amigos, recomendados, lejanos, siempre coincidían en el mismo diagnostico: no concluyente, pero nada por lo que merezca la pena preocuparse. Había llegado la hora en ponerse en manos de los paramédicos, y sus paradiagnósticos. Por supuesto, estas no eran las formas que habría escogido, pero su prima, y compañera de piso, estaba ya harta de verle deambular por las noches en peregrinación a la nevera, harta de sus ojeras y su mala cara, su poco humor, y sus continuas quejas, así que lo arrastró hasta una consulta que una compañera de trabajo que le solía lanzar miraditas le recomendó con un tono de voz a mi parecer bastante sensual, aunque ella decidió restarle importancia.

Sí, podríamos decir que no era una consulta totalmente al uso, ya que el diagnostico lo realizaba un gato domestico dotado de gran sabiduría. El anuncio, y todas las personas que habían acudido al lugar lo decían, “un gato muy sabio, y muy suave”. ¿Pero como iba a resolver un gato un problema que ni un neurocirujano había podido llegar a comprender? Eres un antiguo, le dijo su prima, la medicina alternativa puede llegar a ser muy efectiva. Una vez, en la zona oeste, una adivina me tiro las cartas y adivinó que iba a dejarme la carrera. Entonces mi madre es una bruja, pensó…

¿Qué clase de persona busca un gato para que le solucione un problema? Miró a su alrededor, y vió el resto de gente que había en la sala. Tan solo 3 personas, un señor calvo y de larga barba negra, que llevaba un libro bastante gordo bajo el brazo, un ridículo sombrero sobre las piernas, y no dejaba de ajustarse el sonotone y observar el movimiento de su reloj de bolsillo, un niño con cara de trasto acompañado de un tigre de peluche, y una señora que tapaba su cara con un periódico y tenía algún defecto en el habla, acompañada de su hija, que tenía un increíble parecido con Mafalda.

“Esto es un chiste”, pensó en voz alta, agarró los trastos e hizo un amago de salir por el pasillo hacia la puerta. Pero justo en ese momento la enfermera dijo su nombre. Su prima y la enfermera (que no dejaba de mirar de reojo a la prima) lo acompañaron hacia la sala de diagnostico, y lo empujaron hacia dentro, quedándose solas en un pasillo saturado de pacientes.

Y ahí estaba, a solas con el doctor. La habitación parecía la de un doctor normal y corriente. De hecho tenía incluso material de oficina y una pequeña biblioteca medica con obras que podrían encontrarse en cualquier librería universitaria, salvo algún tratado de anatomía especializado, y una curiosa maqueta a tamaño de real de un cerebro humano, en la que cada parte estaba coloreada de un color. Lo único que lo diferenciaba era que bajo el escritorio se encontraba un cuenco con pienso, otro con agua, un pequeño cesto donde con el nombre “Doctor Gato” donde normalmente hay un sillón de cuero en todas las consultas privadas, y por supuesto, el animal en cuestión.

Tomaba el sol sobre un libro bastante grande titulado la dieta de la alcachofa, sobre el sillón del escritorio. Era un gato peludo, gordo y de color rojizo, con pinta de bonachón, y unos ojos enternecedores. Su pelaje se veía suave, y sus bigotes largos y duros. El animal era totalmente impasible, y respondió con total ignorancia a la intromisión del extraño protagonista del cuento.

Al principio, el paciente, se quedó un poco descolocado. Le pareció un gato, y así lo era, totalmente normal. Después de no poder más, y estallar en carcajadas, una vez se hubo reído bastante intento salir de la consulta, pero observó que la puerta no tenía pomo por dentro, sino una simple gatera, de salida. Lógico, si se trataba de una puerta diseñada para un animal que no puede dominar los pulgares. Asomó la mano por la gatera, pero no pareció obtener ningún efecto. Luego empezó ha hablar a través de la gatera, para que le abriesen, y viendo que esto tampoco obtuvo respuesta, asomo el ojo y vió que derepente no había nadie en la consulta. ¿Se habría olvidado su prima de él? Para colmo tenía su móvil. Se había quedado encerrado, hasta mañana, al menos, en la consulta del Doctor Gato, acompañado de Doctor Gato, por supuesto.

Gritó, desde luego que si, abrió la ventana y chilló un poco, pero tampoco nadie parecía escucharle. De todas formas aquella silla de paciente no parecía tan incómoda. Así que tras los primeros momentos de pánico, se recostó en la camilla, y se encendió un cigarrillo. Tarde o temprano la enfermera entraría por la puerta. Y mientras tanto, si corriese el riesgo de inanición, siempre podría comerse al doctor.

Las horas y los cigarros parecían ir pasando, y el doctor estaba ahí, encima del libro, recibiendo un maravilloso baño de sol. El tiempo se había detenido en aquel lugar, sin ninguna duda. Y más o menos a la altura del quinto filtro, el animal por fin, movió ficha. Maulló, y se le quedó mirando fijamente. Por un momento creyó que intentaba establecer algún tipo de comunicación, pero pronto volvió a apoyar la cabeza contra la portada del libro y siguió recibiendo los rayos de sol.

Debe de ser un problema muy gordo si creo que un gato a intentado hablar conmigo, pensó. Debe de ser un problema terrible…

Y su problema…. La verdad es que no era un problema tan especial. Simple angustia mal digerida y prolongada. Él tenía ahora 24 años, y había terminado su carrera, y esta era la excusa del momento, aunque lo cierto es que nunca supo bien porque hacía lo que hacía. Su obsesión por lo cierto y lo incierto, le había llegado hasta la más absurda de las posiciones filosóficas ante la vida, una especie de post-modernismo barato, o quizás era un empirismo radical con un regustillo a reflexiones de autores de nombres resonantes que escribieron allá por los 50. Ni idea. Cierto es que muchas de esas reflexiones habían partido desde un punto de vista totalmente modesto, pero su personalidad tan pretenciosa le llevaba a afirmar con rotundidad la imposibilidad de la afirmación. Precisamente había estudiado historia, y fueron esas actitudes la que le llevo a pensar para si mismo que la historia era imposible conocerla, de ningún modo. Se trataba de una de esas reflexiones fortuitas a las que llegas a una reflexiona sin haber leído antes a ningún autor que hablase del tema, pero resulta que luego hay una escuela historiográfica que ha vendido muchos libros a costa de esta misma idea. Así que había e iba a dedicar su vida a algo inexistente, algo que desde su comenzó se gesto como pura mentira para comunicar el linaje de los reyes con los dioses de la antigüedad, los Zeus y los Ra. Todas las ciencias sociales son meras conjeturas… Y para colmo dar clase de enseñanza secundaria es como mentir sobre una mentira en sí misma. Pero es que no hay nada real, pensaba mientras fumaba, no hay nada que sea real…

Y cuando la palabra real retumbó fuerte en su cráneo, el gato se levantó de su asiento, y comenzó a caminar hacia él, con cara de que le compadecía, y con toda la tranquilidad del mundo. Pero cuando se aproximó lo suficiente sacó las uñas y le dio un fuerte zarpazo en el brazo. Cubriéndose el corte, y retorciéndose del escozor, tras empujar al gato hacia el otro lado del escritorio, no comprendía porque el animal le había hecho eso. Y entonces, el gato le dijo con una profunda voz: “Porque el dolor que sientes en este momento, y la cicatriz que se te quedará en el brazo, son y serán algo indudablemente real. Pero tu verás que haces con el resto”. “¿Acabas de hablar?” Dijo el paciente, y el gato volvió a recostarse sobre el libro, y a continuar con su baño de sol.

Justo en ese momento la enfermera paso a la consulta. “Muy bien, pase por aquí, y le cobraremos le tomaremos nota, de la factura y todo lo demás”. Sin entender aún nada, se dejo arrastrar por la prima hacia el pasillo, observado de reojo al felino, que continuó sentado como si nada hubiese pasado. Ni siquiera tuvo, el doctor claro está, la cortesía de guiñarle un ojo en actitud de complicidad.

jueves, 25 de junio de 2009

III (o también, Buscadores de Oro)

"-…El Oro es algo diabólico. Uno empieza por decirse que se conformaría con una cantidad que representase 25.000 dólares ¡que Dios no me ayude si miento! Y va decidido. Después de pasar meses sudando, mareándose, andando escaso de todo baja a los 15.000 y luego a los 10.000. Al final dice, permíteme que encuentre algo por valor de 5000 y no pediré nada más a cambio."

El Tesoro de Sierra Madre.


He aquí la habitual rutina del bar de extrarradio que presento en esta mi ficción. Primero, permanece cerrado, mientras las últimas cucarachas desaparecen en la tranquilidad de la noche ante la inminente llegada de los primeros rayos solares.
Y segundos más tarde, el camarero apaga la primera colilla del día en la misma esquina, y manosea el manojo de llaves antes de abrir el establecimiento. No se trata del típico bar grasiento, de esos ya van quedando pocos. Este se trata de un nuevo tipo de bar. Pertenece a una franquicia que simula aquellos bares añejos, solo que cumpliendo todas las normativas de sanidad (la industria de lo revival vive sin duda una de sus épocas doradas. Parece que nadie quiera vivir hoy). Es nuevo y a la vez es viejo. De hecho, los ejecutivos tomaron a bien la sugerencia que el antiguo dueño y actual encargado les hizo acerca de mantener el nombre viejo nombre para no provocar rechazo en la clientela habitual.

El camarero limpia las mesas, pone los servilleteros en su sitio mientras la máquina de café se calienta, y repone los periódicos, mientras enchufa el televisor, sirviendose su café, antes de que los dos primeros clientes caigan por el local. Antes, cuando venía aún mas gente solía poner unas revistas, pero lleva por lo menos 5 años el mismo muy interesante (aquel con la foto en portada de un antiguo galeón hundido, con un titular de llamativa tipologia en el que se lee “oro en las profundidades”).

Suele ser que los primeros clientes son totales desconocidos. Llegan pronto y esperan a que la oficina del INEM abra. Luego, con más confianza, van entrando los clientes ocasionales mientras los anonimos bebedores de café vacian la taza,pagan y se van (alguno dice buenos días). Un nuevo, y sobretodo, un nuevo que va a la oficina (como se le llama con cariño o tal vez resignación a la oficina del paro) tarda una media de entre 3 y 5 días en entender que pasará varias mañanas por allí, y por tanto no suelen hablar mucho de nada. Poco a poco, y la media de paro es de 6 meses a un año y medio (en tiempos de crecimiento económico), van entendiendo el funcionamiento, el orden único e inevitable de aquel microcosmos, sus personajes, sus tramas, aquellos temas que son omitidos, y quien opina qué en las grandes y estériles conversaciones que desencadenan los muy imparciales medios de comunicación. Conforme sigue pasando el tiempo, los tabúes se van derribando, y las preguntas surgen, para ir siendo contestadas.

-¿Quién es el extraño hombre que de vez en cuando sale a gritar por la ventana?-preguntan los que no saben durante su segundo café a eso de las 10, antes de ir ha hacer aquello que tengan previsto

-Normalmente, a eso de las 12- dice el siempre el camarero, cada día más canoso, secando los vasos de cerveza recién sacados del lavavajillas- el señor Zarzamora, asoma su cabeza todas las mañanas por el balcón para gritar que por fin a convertido el plomo en oro- Superada la pequeña introducción, que suele provocar la risa de los nuevos, el camarero impasible ante nada, continua relatando la historia- Así es, pasa todas las noches en vela, realizando experimentos…Zarzamora, o Don Norberto, como le llamaban cuando era otro de los habituales de esta barra, es un antiguo peletero, que un día, viéndose bien cubierto para la jubilación decidió vender su comercio a unas muchachas que lo transformaron en una herboristería- negocio que procierto no llegó a buen puerto. Después de muchos traspasos y reenfoques del negocio, parece ser que como locutorio funciona muy bien (lo cual rayaba la evidencia en vistas de lo que parece haber cambiado el barrio últimamente.)- En fin, Zarzamora, fue durante un tiempo un jubilado ejemplar: petanca, prensa deportiva, y toda clase de pasatiempos baratos, además de cómo no, la barra de este bar, justo en la silla donde ahora dejo las revistas. Y un día sin saber porque, se subió a su casa sin despedirse. Él estaba tranquilo, viendo la televisión, tomando su café, y se largó- y aquí tiene que hacer una pausa, siempre. Por muchas veces que llegue a esta parte de la historia, le cuesta hablar de ello, porque realmente siente cada cliente como un familiar, y aquello fue para él como perder a un sobrino 10 años mayor. Pero antes de que nada asome más de lo debido, vuelve a reenfocar su tono, tan siempre impasible a todo.- Y desde entonces todo lo que sabemos de él es que puntualmente a las 12 como un cuco se asoma por la ventana y grita que lo ha conseguido. Algunos han subido… yo tengo mucho trabajo y no puedo, pero cuentan como ha convertido su sala de estar en un laboratorio… lleno de chismes, de frascos de colores, de tablas de formulas, todo lleno de tiza. Ha vendido su televisión, y ahora se dedica a buscar oro. Pero lo más extraño es que médicamente no está loco. Su hijo ha intentado internarlo varias veces en una residencia, temiendo por la vida de su padre y por el valor del inmueble, ¡y los vecinos! Pero siempre supera los test psicológicos-
Y como si una cosa fuera ligada a la otra, cuando el camarero dice la ultima palabra termina de secar la última copa, dejando otro café sobre la barra y desapareciendo en el interior de la cocina, a seguir trabajando.

-Pues yo no se si Zarzamora está loco o no, lo que sé es que es un hijo de puta y un mal nacido- llegado a este, y salvo rara excepción o ausencia, prosigue punto la historia el hombre que bebe un tercio directamente del botellín, sin dejar de prestar atención a la máquina tragaperras- Un hijo de la gran puta, se lo digo yo. ¿Sabes de donde saco ese tipo el dinero para montarse su negocio? De todo el vecindario. Ha sido un trepa toda su vida, y seguirá siendo- Maldice un buen rato, no se sabe bien a qué, mientras vuelve a poner otra moneda en la máquina.- Hará ya treantaypico o tal vez tretaymuchos años, ese hombre estaba conmigo y con la mayor parte de los vecinos de antes trabajando en la antigua fábrica de metal, que había donde ahora van a construir el nuevo estadio. Estábamos todos metidos en la U.S.O (Unión Sindical Obrera), y llegamos a un pacto con los de comisiones para que en las elecciones para en sindicato vertical, para nuestra fábrica se presentase sobretodo la gente de nuestro partido. Espera un segundito. -Aprieta un botón luminoso que no deja de parpadear y ahora lo que se mueve es la pantalla de arriba, primero sale un limón, luego unas uvas y por último un cofre del tesoro con la palabra “price” escrito encima. No se lleva el primero pero la voz femenina que sale de la maquina le aconseja que siga miento monedas, que esta muy cerca. Mete la mano en el bolsillo, y continúa el relato mientras el juego sigue-. Bien, una noche, en este mismo bar, justo después que Zarzamora se fuese, una abogada del partido nos dijo que era un soplón de la brigada política. Automáticamente lo borramos de las listas y a la semana, en plena asamblea, en la sacristía de la parroquia de San Roque, hicieron un redada y nos llevaron a todos a la cárcel. Por suerte no estuve mucho tiempo allí, pero cuando salí Zarzamora había pasado llamarse Norberto a que le llamasen Don Norberto el peletero. Si es que este mundo... -y sigue maldiciendo quien sabe a quien, mientras el botón luminoso vuelve a brillar

Lo cierto es que el señor Zarzamora es una figura discutida del barrio. Nunca se ha llegado a demostrar nada de él, y poca gente ha llegado a conocerlo en persona desde el aquel extraño día. Todo el mundo habla de Norberto menos María, una de las mujeres más discretas del barrio. Limpia en casa de Don Norberto todos los Martes y Viernes, y pasa a recoger el sueldo el primer domingo de cada mes. Lo cierto es que a parte del improvisado laboratorio, que en realidad no es más que un alambique y la antiguo mueble de televisión, lleno de elementos inorgánicos y aparatos de medición, la casa estaba totalmente limpia. Zarzamora no come demasiado, y aunque se ducha con regularidad, deja el cuarto de baño como si nadie hubiese estado allí. Ella solo limpia el polvo y friega bien los suelos. Cada 15 días realiza todas estas tareas desnuda de cintura para abajo bajo la atenta mirada del viejo, que le dejaba una propia sustanciosa bajo una falsa figurita de porcelana que representa una carreta vacía llevada por un minero, en la entrada del piso. Sabe que es un abuelo inofensivo, pero se siente sumamente sucia al hacerlo, y a veces infiel. Luego piensa que el dinero bien lo vale. No tiene vacaciones, no tiene contrato, y le pagan miserias en todas las escaleras donde va a fregar. Ella ha venido aquí a ganar dinero. Para cobrar poco y vivir mal se habría quedado en su país.

La historia hace ya un buen rato que se ha acabado, y los consumidores consumen, como indica su sustantivo, ahora en silencio, tal vez pensado o tal vez no. El marroquí de siempre, entra como todos los días, más menos a esta ahora, para vender CDS, mecheros, y figuritas caricaturescas de algo que se le parece a Bob Marley. El hombre de la máquina juega su última moneda, y de nuevo la luz del premio gordo. La aprieta: oro, oro, y unas uvas. No hay premio gordo. El marroquí se le acerca y trata de venderle los últimos estrenos, por 3 euros cada uno, 9 euros si le compra 4, pero le hecha a patadas del bar diciéndole que se vuelva a su país, que aquí también falta trabajo. Ni María, ni el camarero se escandalizan, por todo esto, y quizás los muy nuevos sí, pero cada día menos. Están mirando para otro lado, haciendo cuentas, piensan en las facturas, y en los plazos, rebuscando con la cuchara bajo la capa azúcar alguna dorada respuesta en el poso del café aguado de maquina.

Finalmente todos se van a trabajar o a buscar trabajo. Se van simplemente. Los últimos en levantarse, escuchan una voz que grita desde un balcón que por fin a encontrado oro, puntualmente y como siempre a las doce. Y en unos minutos, 10 a lo sumo, llegarán los funcionarios a comer durante horas.

lunes, 15 de junio de 2009

El otro K. Primera parte.



"Todo delito que no se convierte en escándolo no existe para la sociedad" (H. Heine)

El desconocido camina rápido en zigzag a lo largo de la calle esquivando la luz eléctrica de las pocas farolas que funcionan. En lo apresurado de su paso sujeta apenas una grabadora, una libreta en la que se apelotonan indicaciones, direcciones postales y algun número de teléfono, y un esquálido paquete de tabaco. No huye, o al menos no huye de nada. En realidad, se dirige a una cita. Y llega tarde.

Antes de llegar a donde se dirige, ha de preguntar por el nombre del restaurante hasta tres veces. Las dos primeras veces obtiene indicaciones que se contradicen entre sí y a la tercera ocasión obtiene un encogimiento de hombros por respuesta. Finalmente llega con cuarenta minutos de retraso, justo antes de que las nubes de color borgoña abracen en forma de lluvia toda la noche de Berlín. A su llegada la cena todavía no ha comenzado pues la gran estrella -Charlotte Floyd, autora de la nueva trilogía juvenil que está arrasando en toda Europa- no ha aparecido todavía.
Dado que se trata de un acto privado el desconocido ha de presentar su acreditación, y a pesar de su condición de desconocido es poseedor de una, una que además le identifica como enviado del suplemento cultural del periódico de mayor tirada en Irlanda.

Hemos de aclarar algo. El desconocido no se dedica a la crítica literaria, si no a la cinematográfica. El motivo de su traslado es el estreno de la versión cinematográfica del primer volúmen, dirigida por un también jóven Andrzej Zanussi -al igual que la escritora, ronda los veinticinco- director recién salido de la academia de Łódź. De esta industrial ciudad polaca por otra parte desconocida, al joven director le encanta repetirlo en todas las entrevistas que el desconocido se ha leído para hacer un estudio de campo, también provienen sus admirados Polanski y Kieślowski. Aunque debido a los retrasos con el equipaje en el aeropuerto de Tegel el desconocido no ha podido asistir a la premier, no puede permitirse saltarse la especie de rueda de prensa-after party que la productora se ha encargado de organizar.

Para hacer honor a la verdad hay que mencionar que hizo su intento en las columnas literarias, pero la presión que le suponía el enfrentamiento cuerpo a cuerpo entre el escritor y el crítico -ambos dentro de la tipología de insectos enamorados de su propia sombra proyectada por la lámpara de su estudio- le supuso no pocas noches de insomnio y alguna enemestidad inesperada. Sin el coraje necesario -quizás sin las amistades adecuadas- el desconocido optó por el cine, esfera en la que se mueve más dinero, pero al mismo tiempo lugar en el que las críticas son menos feroces, más indirectas y repartidas. Más cobardes.

Nuestro desconocido pudo haber elegido otra profesión, claro, o incluso hacerse periodista deportivo -profesión ingrata donde las haya, pero donde la opinión de uno no importa una mierda y prima el reporterismo primitivo, la capacidad de pronunciar apellidos extranjeros con correción y la sonrisa de boxeador- especialmente teniendo en cuenta que él es de la opinión de que es mucho mejor leer que escribir, pequeño defecto derivado de la misantropía crónica que brota en la noble profesión del periodismo. Al respecto, y citando al pobre amargado de Kierkegard -lo cual no era precisamente una casualidad- solía decir “¡Qué irónico es que precisamente por medio del lenguaje un hombre pueda degradarse por debajo de lo que no tiene lenguaje!" aunque la mayor parte de las veces obtenía como respuesta a sus pocos destellos de casi-erudicción enciclopédica un lacónico encogimiento de hombros. A pesar de los pesares, acabó con el puesto de encargado de sección cuando poco después de comenzar a trabajar en el periódico, cuando la treintena empezaba a asomar las orejas y todavía recordaba el nombre de al menos cinco compañeros de facultad.

Antes pasarse al suplemento cultural comenzó en la línea dura de la edición diaria, cubriendo parte de la sección de cultura. En la irlanda de su periódico la cultura tenía algo de arqueología dirigida a rendir culto a los grandes de principios de siglo pasado. En los siete años de su carrera periodística su sección fue perdiéndo páginas hasta quedar igualado a las dedicadas a la liga inglesa, que ocupaba un par más que la FAI Primer Division, es decir la irlandesa. A pesar del sueldo decente que le suponía este trabajo, antes de dirigir su sección en el suplemento hizo un par de trabajos para los deportes, aunque siempre con algun trasfondo políticosocial como cuando cubrió la actividad de algunos constructores privados alrededor del permiso de planificación urbanística para actualizar el existente Phibsboro Shopping Centre y su relación con el nuevo estadio de los Bohemians – apodados Bohs entre los que tienen algo de añoro por el gaélico y The Gypsies por el resto-, el equipo local de Dublín. Todos aquellos artículos fueron firmadados con varios pseudónimos para proteger una supuesta fama de crítico de cine que no existía.

Nuestro desconocido, llamémosle K, no se tomó el adelgazamiento de estas páginas culturales como algo de su responsabilidad, no se concebía a sí mismo como el eco de las aspiraciones cinemátograficas de todo un pueblo -que fue exáctamente el término que empleó su superior por teléfono cuando le propuso el puesto- si no más bien kafkiano en el sentido celular de la palabra, al modo de un escritor de hoy día, aislado, en medio de un mundo en el cual hace mucho que la literatura no tiene una función definida, y por consiguiente sin responsabilidad ni misión, libre por su misma inutilidad.

Pero volvamos al restaurante, llamado curiosamente chez Franz, en el corazón de lo que alguna vez fue el boulevard de los posteriormente denominados intelectuales, Schöneberg, a día de hoy conocido por sus locales de ambiente. K es dirigido por el personal del establecimiento a través de un larguísimo pasillo hasta lo que le parece el salón principal de un local al más puro estilo de los años veinte de la capital. Pequeñas mesas redondas para pequeños grupos de cuatro o cinco personas se amontonan alrededor de una muchísimo mayor y algo elevada en la cual se muestran los símbolos del grupo editorial, la productora de cine, el título de la película y los nombres tanto de de la autora como del director en una tipografía estirada y atrevida que nunca había visto.

En aquella enorme mesa, con sonrisa de presidente de una república nueva jugando al poker con sus allegados, el director reaccionaba riendo de forma escandalosa a cada una de las historias que sus compañeros de mesa le contaban.
K. pasó de largo hasta llegar, todavía guiado por el camarero que había pedido la acreditación, al lugar que le habían asignado, prácticamente al final de la sala, lo más lejos posible de la enorme mesa con publicidad. K dejó entrever un mínimo de decepción que provocó una mueca a medio camino entre lo burlón y lo triste del camarero. La mesa la compartía junto con tres tipos de marcado acento inglés -conocidos de la escritora, dijeron- que no llegarían a los 30 -tampoco K lo hacía- que hablaban apresuradamente entre ellos, como interponiéndose en una conversación que versaba sobre el supuesto affair del director con la escritora; y un periodista alemán, que no participaba en la conversación y que parecía doblar la edad a todos. Vestido de forma impecable y de gestos mecánicos aunque en cierto modo también nerviosos por lo incómodo de situación, el alemán -que se llamaba, según dijo, Leibniz, aunque K pensó que era una broma- no ocultaba su desprecio por toda aquella exhibición de juventud.

Aunque la invitación al evento parecía incluir una cena, en las mesas -todavía medio vacías- solo hay copas, que son rellenadas de vino con una más que incómoda regularidad por el ejército de camareros, regularidad que parecía haber sido muy bien aprovechada por los ingleses.

-¿Oye, te han dicho el camarero cuándo cojones va a comenzar esto? -dijo uno de los tres ingleses, Andrew, una vez finalizadas las presentaciones formales.
-No, acabo de llegar a Berlín hace tres horas y estoy un poco perdido. Mierda, ¿Alguno de vosotros ha visto la película?- contestó K procurando emplear un tono amistoso.
-Debería de haber comenzado hace una hora- dijo el alemán ignorando la pregunta, también en inglés y sin ocultar enfado. Apenas hubo acabado la frase, uno de los otros tres, Arthur o quizás Aaron -poco importan los nombres- se levantó y dijo mirad imbéciles, os lo dije, ahí está Lotte.

La sala empezó a hervir en murmullos que se entremezclaban en el aire y llegaban convertidos en una maraña de ruido envalentada en la lámpara de araña que colgaba del techo. Tan delgada como si aquello fuese la rueda de prensa de una rehén recién liberada y no un acontecimiento de tal envergadura, la escritora no parecía tener espacio en su pequeño rostro para albergar una sonrisa. Se trataba de una chica de andar sólido y convincente, alta incluso para ser de familia inglesa y con un cabello lacio a medio camino entre el rubio mohíno y el rojizo aflijido; de piel pálida como si le fuese la vida en ello.
Un par de flashes fueron contenidos de inmediato por los eficientes empleados del chez Kafka, que no pudieron hacer lo mismo con la fortísima ovación que llenó la sala. En cuanto la popular Charlotte Floyd subió el par de escalones que conducían a la plataforma donde se encontraba la gran mesa del director de su editorial, los productores, y el joven director entre otros, su expresión cambió radicalmente. Dibujando una mueca que pocas gente quisiera volver a ver en su vida -desde luego, K no- Charlotte Floyd aceleró el paso y una vez estuvo junto a un todavía sonriente Andrzej Zanussi que se había levantado para aplaudir, y ante el asombro de toda la sala, propinó al director un guantazo en la mejilla que sonó a limpia y medida, pero también a blasfemia en medio del silencio pulcro de un templo vacío.

Tras los obligados dos segundos de estupor aún indoloro, Zanussi se zafó de la muchacha, quien dió media vuelta y entre un celaje de flashes ahora sí imparable, se disolvió como un mensaje secreto escrito sobre la superficie del agua.

domingo, 31 de mayo de 2009

II (o la fabula del cementerio de animales)

“La grulla es gracia. El tigre hermoso. El dragón fuerte. Todo enseña: lo alto y lo bajo. Ser uno con la naturaleza, aprender de su magnificencia. Si aprendemos de la naturaleza podremos superar todas las dificultades. De esta forma nos enseñaba el maestro…

De la grulla podemos aprender como desplazarnos en la dificultad, y de ese modo alejarnos de nuestro enemigo. Del tigre, aprender a necesitar ayuda de otros, y del dragón, aprender a enorgullecernos de la debilidad. Hemos de conocer de cada uno de los animales lo que puede enseñarnos, y de este modo aprenderemos a vivir.”


Maestro Shao-Lin

Si a cualquiera preguntaseis os diría que aquella noche era una noche profundamente oscura, pero yo os diré que era tan oscura como todas las demás, porque la noche es básicamente eso, oscuridad. Cierto es que la quietud y la calma eran como una vieja cuchilla apurando los últimos restos de barba en la nuez, pero si 7 noches son una semana, yo diría que 4 de estas 7 son así. Así que era una noche como cualquier otra, en la ciudad.

Por aquel entonces yo trabajaba de repartidor para los hermanos Garmendia, unos mafiosos de poca monta que habían empezado ha hacer negocios con el extranjero, con oriente, importando cantidades de objetos inútiles e invendibles, como falsos jarrones milenarios, feas estampas de segunda mano obtenidas en el puerto de Shandong, y otros objetos como trajes tarados y mascaras defectuosas, que a los ojos del profano policía de aduanas del puerto significaban trastos que solo compraría un rico excéntrico, y a los ojos del sabio coleccionista timos tan evidentes en los que solo un idiota caería. Daba igual que la decoración oriental no triunfase en aquellos tiempos, porque lo realmente beneficioso eran los dobles fondos que pasaban inadvertidos para los ojos de los funcionarios cegados por una paga no justificada.
De remesa en remesa habían conseguido ya cierto renombre, y de la venta directa al consumidor habían decidido pasar a convertirse mayoristas en vistas del florecimiento de los clubs nocturnos por toda la zona del puerto.

Lo cierto es que Manuel y Adolfo (aunque este no era su verdadero nombre) eran dos empresarios que explotaban un mercado con sus correspondientes demandantes, tan culpables como el oferente de la existencia del mismo. Pero aún quitando lo sordido del negocio, se podría decir que eran unos empresarios sin escrúpulos. Unos supervivientes natos, capaces de comerse el esqueleto de una sardina si hacia falta, aunque nunca negándose a un mullido cojín frente a una chimenea y unos cuantos ovillos de lana. Eran dos gatos tuertos y viejos, aunque el único que realmente llevaba parche era Manuel.

Aquella misma mañana me habían ascendido de correo a paquete encomendándome la primera misión aquella misma noche. Debía de llevar un extraño bulto hasta un local que quedaba cerca del puerto, el cual ya no recuerdo bien su nombre, porque cambio tantas y tantas veces y fui otras tantas yo…

La ciudad de noche es peligrosa, me habría dicho mi madre, que nunca había estado en una localidad de más de 250 fuegos. Le habían llegado historias, como a todos. Y muchas veces se desconfía de las historias, de los cuentos y de las fábulas, pero debéis de creer en ellas porque de una u otra manera son verdad.

Por aquella zona una bicicleta es todo un lujo, y más me valía ir con el bulto a la espalda, caminar a lo mío y no fijarme en nada más, ni en los marineros derribados por el alcohol que se disponían en forma de reguero desde el agua hasta bien entrado el asfalto, ni las putas viejas y enfermas que me cogían de la mano si pasaba demasiado cerca, mirandome con ojos enfermos y huecos, ni tampoco en todas aquellas personas que se refugiaban de su bochornosa podredumbre en las oxigenadas avenidas, familias enteras (madre y 5 hijos), famélicos. Dicen que en Europa nadie pasa hambre, pero eso ya es otro cantar.

Me dijeron que cuando llegase al local preguntase por Hop-Frog, el dueño. Había oído cosas horribles de ese tipo. Las peores lenguas decían que era el responsable del asesinato de unos altos cargos de su país, y que había huido hasta aquí, pero yo no podía creer que un tipo de nombre tan simpático no tuviese acorde una simpática personalidad. El plan era entrar y salir y reunirse con los muchachos al otro extremo de la playa para pasar la noche del jueves. Tras las llamadas a la puerta cerrada y la palabra secreta, la primera puerta fue abierta. Un enorme simio sobrio y una sardina china con gafas esperaban en una sala previa al lugar, comprobando las reservas de los clientes y vigilando que nada extraño entrase al ambiente de paz y calma que se ofrecía al consumidor.

- Y ¿ese paquete?- dijo la sardina
- Solo puede abrirlo Hop- Frog- dije con la voz mas púber que he puesto en mi vida.
- Eso ya lo veremos- dijo la voz tras las gafas, mientras los brazos de simio se acercaban con cara de haber hecho esto mismo antes hacia un rato
- ¿Sabe usted para quien trabajo? ¿Le suenan los hermanos Garmendia? No creo que les guste mucho que se discutan sus ordenes. ¿Quiere que mis jefes se enfaden?

Hubo un forcejeo, y me puse a gritar mientras agarraba aquel bulto con mi vida. El escándalo fue suficiente como para que un engominado cuervo, vestido a medida y que fumaba en boquilla cruzase la segunda puerta.

- ¿Qué cojones está pasando aquí?- grazno
- Aquí el muchachito no quiere enseñarme lo que hay en el bulto
- ¿Ocultas algo mequetrefe?- inquirió el cuervo
- No. Pero los hermanos Garmendia me han dicho que esto solo puede abrirlo…
- ¡Ah! Tu eres el chico de Adolfo. Vaya vaya vaya, pensé que llegarías mañana. Da igual, ya se dice normalmente, “cuanto antes mejor”- apuro otra calada mas- ¿En que estabas pensando Nuts? Si te dice que viene de los Garmendia me tendrías que avisar enseguida.
- Lo siento jefe- dijo el simio con cara de mono de circo enjaulado y muy cansado, mientras la sardina se escurría tras la segunda puerta- no sucederá más.
- ¿Vas a venir tú normalmente?- volvió ha hablarme el cuervo
- No lo sé señor
- Cuervo, llámame cuervo
- No lo sé cuervo
- Da igual, voy a enseñarte todo esto antes de llevarte al despacho de todas formas. Un chiquillo tan valiente… podrías incluso trabajar para nosotros- dijo ingenuamente

Cuervo abrió la puerta número dos, y se puso a buscar en los cajones mientras yo regentaba el paquete. Muerto de curiosidad dispuse mi nariz sobre la puerta número tres, una cortina de cuentas, pero lo único que vi fue un largo pasillo, un jarrón de los Garmendia, grande y falso, y muchísimo humo. “No te quedes ahí” me dijo el cuervo “pasa”. Y pasé, y a lo largo del pasillo habían camas y cuerpos sobre ellas, cuerpos ausentes, soñando, y entiéndase sueño como actividad cerebral inconsciente no necesariamente agradable, soñando despiertos. En cada una de las camas animales moribundos, tigres de circo, dragones de cera que se consumían lentamente, rendidos ante la pesadilla, la pequeña lámpara de gas, y las largas pipas de madera. Una extraña música incomprensible y extranjera salía del alguna parte para poner la guinda a aquella visión de estar en un cementerio de animales.

Atravesamos la estancia y subimos por unas escalerillas de metal hasta un altillo, un cuchitril gris, con manchas de moho en las paredes, un calendario de mujeres desnudas y un cenicero humeante. Hop-Frog estaba de espaldas en una silla giratoria de cuero de imitación, fumando cara a la pared, pero al oír pasos se dio rápidamente la vuelta.

- ¿Y tu quien eres chico?- dijo nerviosamente asomando los dientes. La imagen que te formas de alguien dista siempre mucho de la realidad. Hop-Frog era una rata, una sucia rata. Una rata vieja, con la cola roída, los dientes amarillos, los ojos enanos y la rábida en cada uno de sus sucios pelos. Tenía una voz rasposa, y una extraña manera de gesticular. Sus ojos eran dos bolas brillantes negras, casi tan negras como las de cuervo, pero con más años encima, con mucho más mundo visto, muchísimo mas gastados. Hop-Frog se sorprendió con aquel gesto por parte de los Garmendia ya que últimamente, nuevos proveedores habían ofrecido sus servicios, y los negocios eran los negocios. Hop-Frog hizo una oferta a los gatos Garmendia, prometiéndole fidelidad a su producto siempre y cuando este fuera mucho mas barato. Parecía que no iban a ceder pero una rata siempre consigue lo que quiere. Ahora reía entre sus muchos dientes- bien chico- siguió hablando- veamos lo que me has traído- al abrir el paquete la sorpresa fue mayúscula cuando lo que encontró fue el cadáver de una rana. Debía de ser reciente pues no me había percatado del olor. La rata, perdida de rabia desenfundo su revolver Colt, dio un salto por encima del escritorio, y me sujeto de la camisa mientras hundía el cañón en mi frente.- ¿qué significa esto? ¿Es una broma? , ¿Eres un bromista? ¿Te has creído muy gracioso? ¿O los bromistas son tus jefes? Pues no aguanto a los bromistas, hay gente que ha muerto por mucho menos de esto, gente mucho más importante. Vuelve a tu casita hijo de puta y diles a tus jefes que les voy a meter esta puta rana por el culo. O mejor creo que les daré un mensaje que entenderán más claramente- Hop-Frog quitó el seguro de la pistola y el disparo fue inmediato.

Cuando las autoridades llegaron aquello se lleno de ratas, monos, cucarachas y urracas, por no hablar de periodistas, policías y otros carroñeros, que buscaban sacar provecho de todo aquello. El cadáver de Hop-Frog estaba tendido en el suelo, con una nota de suicidio post-mortem sobre su mesa. Yo me quedé toda la escena sentado en una silla del despacho, asegurando ser un primo lejano de cuervo, que estaba de visita en la ciudad, observando la sangre de rata sobre el despacho. Es negra ¿sabéis? No el mismo negro que sus ojos, sino más bien un negro podrido.

Los policías antes de levantar el cadáver bromeaban. Para ellos recoger gente con los sesos abiertos es algo muy normal. Resultaba que Hop-Frog no tenía documentos oficiales de identidad, ni pasaporte, ni visados ni nada, y tan solo respondía el nombre de Hop-Frog. “Tendremos que enterrarlo en el cementerio de animales”, dijeron mientras lo bajaban por las escaleras.

Cuando todo el mundo se fue, cuervo se ofreció a llevarme a cualquier parte, por las molestias. Entramos en el auto, y recorrimos toda la ciudad hasta mi casa. Yo no dejaba de mirarle, porque nunca había visto a un asesino. Y al principio era solo por eso, pero es que durante el trayecto el cuervo empezó a perder todas las plumas. Estaba dejando el coche perdido, pero no decía nada. A lo mejor era lo normal en aquella época del año. Pero en el momento en el que se le cayó el pico, y dejo entrever el hocico y los dientes amarillos en forma de sierra, supe que el cuervo era ahora una rata. Tal vez siempre lo fue, y esperó el momento para salir, o tal vez cuando matas a una rata por la espalda te conviertes en una rata, y son tus actos lo que te definen. Todo esto está más allá de este relato.

“Diles a tus jefes que todo sigue como siempre”, y desapareció en aquella noche tan cualquiera.

martes, 19 de mayo de 2009

I

Los periódicos nos recibieron aquella mañana con la noticia de que un peligroso criminal andaba en busca y captura. Al parecer alguien había atracado un banco y disparado contra un guarda, no me enteré muy bien. A veces resulta imposible entender que diablos es lo que realmente ocurre en el caso de que la fuente que nos sostiene es la prensa (ese atajo de porteras y cuenta cuentos a sueldo). La foto del malhechor era la primera plana, y su descripción psicológica podía encontrarse en la noticia más destacada de la sección de sucesos, "peligroso y está armado". Aunque lo bueno que tienen ahora las autopistas es que esta clase de noticias sensacionalistas pasan por completo desapercibidas.

Cierto es que años atrás, donde los bares de carretera eran eso y no self-services, siempre había algún que otro habitual de la barra que escudriñaba los anónimos rostros que se deslizaban por el lugar, imaginando de que huían. Pero ahora la realidad es bien distinta, y detrás de los souvenirs y las chocolatinas bajas en azúcar, los tickets de compra y los uniformes reglamentarios de las dependientas con esa estúpida gorra, quien entran ya no es una sombra. Ahora son posibles clientes preguntando donde están los aseos esperando que el dispensador de jabón funcione correctamente, y ocasionalmente algún mochilero que se desvió de su ruta atraído por la leyenda de el dorado.

Si el limbo existe tiene que ser pareció a un área de descanso en una carretera a media tarde en agosto, con su bollería prefabricada y bebidas abusivamente caras y un quiosco donde la prensa llega puntualmente dos días tarde.

Los zapatos de un cliente brillan con la luz de los primeros destellos de los tubos fluorescentes, antes de que en la cafetería dispongan todo para que comience la cena. Como todos, el también ojea sin detenerse demasiado la prensa, en especial la sección de anuncios. Piensa en un viaje largo, y da vueltas a un globo terráqueo imaginario esperando a que se paré para elegir el punto de destino, aunque de momento se conforma con haber repostado la gasolina y con que Marta, su hija pequeña, salga del baño y no tenga que entrar a buscarla. No le gustaba tener que responder a preguntas impertinentes formuladas por marujas impertinentes de impertinente domingueo. Hoy ha decidido volver a fumar, es como un premio, algo así como el humo de la victoria. Una chica con las cejas tintadas se le acerca mascando chicle y preguntándole educadamente que quiere. Cerveza sin alcohol y un batido de fresa con trocitos de fresa dentro. No falta mucho para la cena.

Un hombre grasiento y sudoroso se le acerca por detrás y le pregunta por su nombre, mientras le sujeta un hombro con fuerza. Reaccionando rápidamente le estampa en la cara el servilletero de metal, y lo empuja contra el suelo y hecha a correr por el pasillo, buscando a su hija antes de huir. Con suerte solo serían dos o tres. Pero mientras razona el plan de escape tres dos se alojan en su espalda, y uno en su cráneo. Cae al suelo, definitivamente.

El policía sonríe y enfunda el arma. Un culpable acaba de morir. De la niña se encargaría un equipo de psicólogos de asuntos sociales destinado para esta clase de eventualidades. No le dejaron ver el cuerpo de su padre porque era demasiado pequeña, lo que era totalmente comprensible. Del dinero que había robado 3 días antes a mano armada en una importante sede bancaria y que ocultaba en un doble fondo del maletero también se encargaría la policía, tomándolo seguramente como prueba, para despues resiturilo a su legitimo propietario, el Goliath National Bank.

La quietud, después de los sucesos, se volvió a instalar en el área de servicio. El tipo grasiento, que resulto ser un sargento de la policía federal, antes de subir al coche de vuelta a casa, acaricio a un chucho cruzado y algo tuerto que vagabundeaba por la zona. Le encantaban los perros. Cuando su coche desapareció a lo largo de la infinitamente recta autopista, el can se quedo allí sentado, con la lengua fuera bajo una luz amarilla y con un extraño y estúpidamente expresión de feliz ignorancia.

miércoles, 1 de abril de 2009

Tierra quemada

Diario de Jean-Paul Manzzini

25 de septiembre de 1812, Rusia

Hoy el cielo vuelve a estar nublado. Supuestamente nos levantamos pronto, sin embargo las horas pasan y yo no soy consciente de ello. No puedo entender el paso del tiempo si no veo al sol moverse, tengo la sensación de que es la misma hora todo el rato, y de que los segundos pasan muy lentamente. O tal vez caminamos demasiado lento. Tampoco acabo de comprender hacia donde avanzamos. Necesito sol para orientarme, sol para caminar, sol para vivir.
Cuando todo esto termine, migraré a algún lugar donde las nubes no existan. Dicen que en el Caribe.

La noche pasó sin más, iba escribir que tranquila, pero no es así, vamos a decir que fue tensa pero sin incidentes. Realmente no ocurre nada desde Somlesk. Los hombres pasaron la noche en vela, algunos de manera abierta, jugando a las cartas, alrededor de la hoguera, consumiendo las provisiones que algún día nos harán falta. Pero eran una minoría, el resto permaneció despierto, pero con los ojos cerrados, inmóvil sobre sus catres, fingiendo descanso. Cada día estoy más convencido de que no puede obtenerse el descanso aquí; no en esta estepa tan hostil y eterna. Su tranquilidad hipócrita, hace que camines por donde camines, siempre sientas unos ojos clavados en la espalda, y empiezo a pensar que es la propia Rusia quien esperando su momento, el momentno exacto.

Avanzamos sobre la nada. Aquí en retaguardia lo único que vemos es una fila larga de hombres en una marcha muy torpe y muy lenta. Siempre dicen que estamos a dos días de darles alcance, que están huyendo, pero yo no me lo creo. Cada vez que llegamos donde estaban solo encontramos las cenizas de un granero vacío y tierra quemada.

Pronto llegaremos a Moscú, o a lo que quede de él.

sábado, 21 de marzo de 2009

La partida más larga del mundo

Cuando Jürgen Hoffman y Allan Berstein entraron por la puerta del local no se imaginaban que iban a disputar la partida más larga del mundo. Era viernes por la noche, y como todos los viernes por la noche, después de la academia de chino, los dos se homenajeaban introduciendo en sus gaznates una cerveza especial de color verde. Jürgen ni entendía ni le preocupaba como una cerveza podía cambiar de color, Allan sin embargo lo sabía perfectamente, y daba por supuesto que Jürgen lo sabía.

El espacio del local se distribuye en 9 pequeños sectores, cada uno amueblado con su respectiva columna, su sofá de cuero y su mesa de billar, y todos y cada uno de estos espacios se hallan cercados por un gran rectángulo delimitado por las paredes del local y adornado por los típicos pósters poco arriesgado que podrían encontrarse en cualquier bar con una mesa y unos tacos: Elvis Presley, Frank Sinatra, Marilyn Monroe, Audrey… todos en sus estampas inmortales, tan estáticos, inalcanzables, perfectos e inexistentes como ese mundo de las ideas de Platón.

Sentado en el sofá ya estaba yo (el observador, el narrador, el personaje, el mentiroso), desde hacia mucho tiempo, sobre un sofá de cuero, viendo todo lo que podría ver un Dios. Jürgen y Allan, se acercaron a la barra y le pidieron a la camarera una mesa de billar, como todos lo viernes, y ella puso las bolas y el triangulo sobre la mesa, les advirtió, como siempre, que era por minutos, y volvió a sonreírme.

Bajo sus rizos rojos, y su camiseta fosforescente, ella baila con una música que solo ella puede escuchar. Y me encantaría escucharla. Casi como en un juego cruel ella se dedica a atender a los clientes, limpiar las copas, ha hacer su trabajo, vaya, bailando, y además, encima, a sonreírme, y a mirarme. También está leyendo a Hemingway por debajo del mostrador. Es la única incógnita que aún no he podido resolver de esta ecuación en forma de sala de billar.

Allan coloca las bolas cada una en su sitio, Jürgen escoge el taco más grande, mientras ella les lleva una bandeja con dos cervezas verdes, y esta vez no me mira, sigue caminando como si no estuviese y vuelve detrás de su barra. La bola blanca rompe contra el triangulo equilátero formando una via-lactea de bolas lisas y rayadas. Jürgen va a lisas, pero le encantaría ir a rayadas, a Allan de la igual, bebe su copa mientras Jürgen mete tres en un mismo turno, le pica un poco pero entiende la competición de un modo sano, o eso deja entrever. Ahora me ha mirado, he tenido que girar la cabeza muy rápidamente pero la he pillado mirándome. Me muestra sus encías desde 10 metros mientras la bola amarilla y lisa entra en el agujero lateral de la izquierda, en una carambola fortuita con pinta de haber estado muy estudiada. Pero lo mejor de todo es que ella no deja de mirarme, no se hace la despistada, sigue ahí, mirándome, abrillantando una copa.

La partida parece estar sentenciada, Jürgen apunta con precisión a la bola número ocho y entre la elegancia y la decisión empuja la bola, pero esta choca contra los cantos y no entra sino que acude de nuevo al centro de la mesa. Pero ella seguía mirándome. Yo me levanto, me pido una taza de café, y le pregunto si tiene un Boli de sobra, ya que la tinta del mío se me había acabado. Me dice que si, o por lo menos eso creo ya que no entiendo muy bien el alemán. Allan puede meter la bola, y esta vez opta por el tiro lento para dejar que la gravedad siga su curso, pero falla, y la camarera deja el café sobre mi mesa bajo mi mirada atenta, mientras sigo garabateando, y se da un paseo lento volviendo detrás de su barra, ha hacer como que abrillanta copas, ha hacer como lee el viejo y el mar.

Y la partida comenzó a eternizarse, de un lado a otro, de una esquina a otra, y la negra nunca entraba en ninguna parte, y ninguno de los dos estaba dispuesto a perder. Primero pasaron las horas, luego los días, las semanas, los meses y por último los años, y sus barbas fueron creciendo. Gobiernos enteros cayeron en bloque, basureros fueron colmatados, las aguas se salieron de sus cauces, y luego estos cauces se secaron para volver a la mayor normalidad que se había podido observar desde la última normalidad más normal. Y todo este tiempo siguieron bebiendo cerveza y tratando de ganar, o de perder, pero al fin y al cabo de llegar a alguna parte, mientras una pila de periódicos se amontonó en la puerta.

No fue hasta que la barba de Allan le provocó un fuerte tropiezo al enrollarse con sus ahora viejos zapatos, cuando de golpe y porrazo fueron conscientes de que habían estado ni más ni menos que 20 años jugando una partida de billar y alimentándose a base de cerveza de colores. Pero ninguno se dio por sobresaltado, simplemente metieron con la mano la negra en un sitio y se fueron a desayunar.

Y cuando la partida más larga del mundo terminó yo seguía mirándola. No había envejecido ni un segundo, y no había avanzado ninguna página. Deje 800 servilleteros en la mesa rallajeados con ecuaciones imposibles y me levante caminado directamente hacia ella. De hecho ahora estoy a solo un paso de abrir la boca y pienso decírselo todo.
Al fin y al cabo ya estamos solos.

lunes, 23 de febrero de 2009

¿Qué estrella cae sin que nadie la mire?

Faulkner





Urko (nuestro Goethe contemporáneo)


Durante el instituto odiaba a Faulkner. Por aquel entonces existir era fácil, una música alegre. Fue difícil, eso sí, encontrar entre los demás estudiantes algo que no fueran pequeño profetas, princesas y putas resabidas. Me pregunto qué era o seré yo. El caso es que en los últimos cuatro años desarrollé una misantropía agradable, popular, en otras palabras, publicable.

Escogí una carrera que no se impartiese en las universidades de mi ciudad natal y fingí un entusiasmo desmedido -navideño incluso- por mi ficticia vocación. Mi padre, lejos de hacer preguntas, se alegró de verme al fin interesado por algo. Siempre ha creído que funciono a base de obsesiones periódicas, como cuando proclamaba que el mejor escritor del universo era precisamente aquel autor cuyo libro acabase de leer, no importaba quien. Esto incluía, lamentablemente a pelagatos como Christian Jacq -del cual me tragué cualquier telenovela egipcia imaginable-, Robert Shea, Salinger, pasando por Auster, el gilipollas de Vargas Llosa e incluso Beckett.
Mi padre siempre pensó que volvería, así como mis tres hermanos mayores. Es una creencia bastante extendida entre mi familia, contagiosa al parecer.

Lo niego siempre, pero disfruto una barbaridad dramatizándolo todo. Soy un pusilánime inconfesable, no me soporto, sobretodo en los comienzos. Tendrías que haberme visto en la última fila, rodeado de un par de aquellos aprendices de pelagato vestidos como si fuera el día más importante de su vida, escribiendo sus biografías imaginarias.
Había grandes idiotas entre mis compañeros. El más grande de todos ellos siempre levantaba la mano y hacía un comentario sobre cualesquiera que fuese el tema sobre el cual estuviese hablando el profesor, pero siempre con la misma y apresurada conclusión: que hasta los más listos del universo decían tonterías, como cuando Kant dijo que la lógica no había evolucionado en dos mil años por que con Aristóteles había alcanzado su máximo. Me sacaba de quicio. En fín, yo escribía, por ejemplo, cómo algunos de ellos se habían fracturado algún hueso queriendo imitar a un superhéroe, chorradas así. Intentaba dar explicación a sus comportamientos estúpidos con traumas y situaciones ridículas en la infancia. Era bastante sádico, la verdad. En ocasiones me ponía más serio y hasta llegaba a las treinta páginas. En realidad me obsesiono muy fácilmente.

Cuando empecé a conocer a algunos de ellos casi ninguna de mis biografías se adecuaba a lo que ellos contaban sobre sí mismo. Tuve tentanciones de llamarles mentirosos, pero hubiese sido demasiado tedioso explicar porqué. Lo más sencillo fue no interesarse por la vida de los demás. Francamente, puede ser decepcionante.
Sucede que la decepción era todavía mayor con todas aquellas chicas. Es increíble la cantidad de virtudes absurdas puede uno adjudicarle a una mujer en silencio, desde lo lejos. ¿Creeís que Werther se hubiese pegado aquel tiro de haber pasado más tiempo con Charlotte? Pienso a menudo en ello. En mi caso, mi particular Albert fue la estupidez. No puedo explicártelo de otra forma. Las distancias cortas han estropeado la mayoría de mis relacionas con las personas.
Así que pasé a la poesía. Supongo que era un paso más en la caída. Que me jodan si aquello no fue tomar distancia. Por el amor de Dios, eso sí fue ridículo. Yo jamás he entendido a ninguno de los poetas que he leído. Nunca tuve ni puta idea de lo que quiso decir Eliot ni Gingsberg, tampoco no he sido capaz de arrojar ni un centímetro de luz a esos textos tan escuetos de los poetas alemanes. Quizás por eso escribía poesía, al fin y al cabo siempre ha sido más fácil que leerla.

No sé, hay historias que no os puedo contar. Yo no soy Borges, no sé escribir sin asignar realidad a los sustantivos. Recuerdo aquel relato de la biblioteca de Babel en el que cada libro era un resúmen de los otros libros, cada novela eran todas las novelas, cada obra de teatro era todas las piezas, cada ensayo era la repetición clónica de clichés infundados. Eso me pasa a mí con las personas.

Esto, definitivamente, no es un relato; pero no me importa. Tal vez sea la sombra de algo que no pretende llegar a ser un relato. No lo sé, hablo demasiado. A fin de cuentas ¿Qué es un relato? Poco importa, en realidad. Estoy un poco cansado de los conceptos aunque a veces me gusta aceptar ciertos axiomas sin demasiadas preguntas. No hablo de rebeldía política o social, sino de rebeldía metafísica, absurda y maravillosa. Así me va, tan a menudo preocupado por mantener un mínimo de sensibilidad y al mismo tiempo obsesionado por negarla.. En realidad, qué coño, adoro los axiomas tanto como la contradicción. Por lo demás, qué se yo, empecé a fumar, nunca te lo dije.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Relato Cifrado

Y en el más absoluto silencio
todo se acaba
sin risas, ni abucheos, ni cadalsos,
sin discurso final. Sin quererlo,
como quien despierta de un sueño,
se desvanece, se disipa sin pena ni gloria,
se acaba. Todo. Simplemente.
Así, sin valoracioens personales própias, en una esquina,
viendo pasar a conocidos silenciopsos que dijeron que conocerte
y que ya no dicen nada, porque claro, estás muerto.

Y, ¿qué permanece?
Nada. Nunca. El recuerpo es siempre una construcción del recordante.
Esto ha sido una manera más de tirar el tiempo,
como hacer puenting,
sacarse una carrera,
leerse un buen libro,
o enamorarse,
o correrse,
o frotarse las plantas de los pies en invierno...

Observa el cuerpo caído, muerto de viejo, en mitad de la pradera.
Así es como mueren los Leones.
Deborados por la hierba.

-Humberto Arenal-


Porque será que siempre me pasa lo mismo…

Empezar, siempre difícil siempre, extraño, y rara vez excitante del todo sino más bien insatisfactorio. Te preguntas porque haces lo que haces y sin embargo lo haces, te agobias y piensas que estas tirando el tiempo, porque seguramente ves el futuro y te imaginas como puede acabar todo, pero te consuela ese empirismo total que te dice que no te fíes de la experiencia, y que saltes desde un quinto piso porque al fin y al cabo nadie entiende exactamente la gravedad. Así que avanzas la cornisa, pasito a pasito, y cada vez se va estrechando más todo, eres consciente, tal sobre consciente de la altura y sabes que el batacazo esta ahí, pero tu confías en el bueno de David.

Entonces el sabor deja de ser ajeno, la notas disonantes, y su tic extraño deja de ser extraño. La rareza toma sentido y entonces la llamas particularidad, originalidad, novedad al fin y al cabo. Rebobinas la cinta y vuelves a escuchar la misma canción una y otra y otra vez, aprendiéndote la letra, descubriendo un extraño coro que la primera vez que escuchaste la canción no podías ni sospechar, descubriendo que no solo lleva almendras sino también avellanas ¡avellanas, joder! ¿A quien se le habrá ocurrido ponerle avellanas? ¿Estaba rezando? ¿A quien? Esto es lo mejor que podría haber pasado en este mes. Es más, esto es lo mejor que ha pasado desde el descubrimiento del fuego.

Es como si el sol brillase muchísimo mas fuerte, como si nunca hubiese brillado tanto, como si todo el mundo se saludase por los pasillos, cantase la misma canción, y os saludaseis con saludos secretos como si fuerais amigos de toda la vida. Y la vida es preciosa, y tiene sentido, y no te importa verla dos o 3 veces al día porque te encanta aunque luego le pongas mala cara.

Pronto, como todo lo bueno bello e importante de la vida se va desplazando de una dorada periferia a un muy relevante centro, y gana peso, y a ti te parece bien. Bueno miento, hay un momentos en los que te parece que va demasiado rápido, que todo se esta precipitando, y momentos en los que echarías a correr estirando del brazo hacia delante porque sabes bien lo que hay que hacer, y momentos en los que el tiempo no pasa y te alegras, porque enfrías la cabeza y vuelves a ser consciente de que anda es eterno, y que se trata exactamente de eso, del segundo en el que pensaste “me acordaré de este segundo”.

Y cada vez más tiempo juntos, y mejor, y si, desde luego, pasas buenos y malos momentos, discusiones, largas y pesadas como las sesiones parlamentarias de una democracia representativa con lideres vacíos de discurso, noches en las que no puedes dormir porque escuchas un montón de mierdas que ya te has escuchado, pero que sigues escuchándolas porque sabes que es importante que lo estés escuchando. Y ¿por qué? Pues porque la has cagado, has metido la pata hasta el fondo, te has dejado llevar por el sentimentalismo, y las mariposillas del estomago, y los rayos de sol. Te has enamorado.

Quieres creer que de algún modo es para siempre por supuesto, y entonces le guiñas un ojo a David y dices, si joder esta vez es diferente, se trata de esa canción, de ese grupo, del grupo, de la forma, del gesto, del sabor… pero que va. Vas por mitad de la circunferencia.

Y una vez te das cuenta de que este enamorado se te pone cara de novio, te pones serio, empiezas a pensar en el futuro, a racionalizar los sentimientos, a trabajar por una relación, mucho o poco, francamente, trabajas todo aquello que estas dispuesto a trabajar. Te peinas bien para conocer a sus padres, te levantas pronto, te haces el simpático con sus colegas… te esfuerzas y dedicas tiempo, y eres consciente de que podrías estar en tu casa viendo una buena peli. Mentira, serás consciente más tarde, aún no.

Finalmente, un fin semana arrancáis el coche y os largáis en un fin de semana romántico, y todo sale perfecto, desde principio hasta el final, sin olvidar ningún detalle. Y colocarías ese fin de semana en esa teórica lista de los 10 mejores discos de la historia de la música Underground. La foto de los dos inundando las calles sale en las portadas de todos los periódicos del mundo. En tu foro interno, ahora si, algo te dice, que ahora es cuando la pelota baja, ese punto que en el instituto llamabas a las parábolas el punto de inflexión. Los sabes y no lo reconoces y entonces te dices que esto solo es el principio de algo muchísimo mejor que esta todavía por venir.

Termina el fin de semana, te deja en casa con el coche y te planta un beso de esos que saben medio tristes y se va, y estas tan cansado que esa noche no estas para nadie, y no coges llamadas de nadie, duermes de un tirón 12 horas. Cae el telón para el descanso como en una obra de teatro.

Se alza el telón y el decorado ha cambiado, y de momento no pinta extraño, diferente sin duda pero no extraño. Porque aquí es cuando se convence que los grupos son buenos, y que las relaciones funcionan, cuando llegan los problemas. Problemas por aquí, y problemas por allá, de cualquier tipo, ya sabes, de celos, “a donde va todo esto”, de confianza, de rumores, de inexperiencia también… de proyectos en común que descubres que al final solo son propios. Pero lo duro de verdad llegan los problemas externos, esos que no están en tu mano, esos que lo único que puedes hacer es abrir el paraguas y esperar. Y la lluvia no para ni un maldito segundo, y no hay suficiente espacio para los dos en el paraguas. Te constipas por tercera vez en este año, y aguantas el tipo porque no eres esa clase de gilipollas que se larga en cuanto empiezan los problemas, claro que no.

Pero no somos mas que rocas kársticas en un mundo de lluvias y viento, y si a la fuerza no entra, entonces se nos cuela entre los poros, porque así es el agua, parece que actúe a su antojo, y se queda ahí, y parece que no molesta, que no era para tanto, pero en cuanto llega lo mas crudo del invierno se congela y ¡zas! Resquebraja. Fracturas, toses, mocos, desilusión, pero fidelidad. Confianza y fidelidad. Y si embargo sensación, de ausencia, de frío, de que parece que hay mucha menos gente por las calles, de que el mundo importa ahora mucho menos, y cada vez menos.

La lluvia acaba, y llega ese momento del invierno en el que hace sol pero hace frío. Es eso exactamente frío. Ya empiezas a notar como has ido quemando el CD tema tras tema, canción tras canción, de que te lo sabes de memoria, y al final… joder al final no es más que un CD. Tú lo sabes, y ya lo habían insinuado antes por ahí, hace ya tiempo y no querías oírlo, porque seguías estando muy enamorado. Y ya no por cierto, ahora de lo que se trata es de cariño. Cariño, y costumbre… No hace falta que os dragáis nada la ultima vez que os veis, está todo claro. Se va y tú no te quedas mucho rato, y el hall de la faculta parece ahora mucho más grande que nunca, y mucho más vacío.
Caminando para casa estas de mala ostia. O sí, siempre me pasa lo mismo, pero bueno, que me quiten lo bailao, y te lames las heridas con la lengua más rasposa de tu vida que recuerdes. Que me quiten lo bailao…. Será posible. Pues ya ves. Pues vaya baile. Nunca fuiste un buen bailarín. Eso lo dirás porque nunca me has visto salir de la ducha en verano.

Pasarás varias fases, justificación, odio, perdón, y completo escepticismo. Nunca me volveré a enamorar. La música esta perdida, en manos de revistas como la Mondo Sonoro y de grupillos de mierda a los que la gente se adhiere quien sabe por que. El último disco de los Artic Monkeys fue una basura, ¿nadie se ha dado cuenta?, es más, todo esta basura Indie-rock hace ya mucho tiempo que se fue al garete, ¿por qué quieren seguir con lo mismo cuando ya no funciona? Ya no creo en el arte.

Y entonces una belleza pasa, con las piernas exactamente como a ti te gustan. Y entonces piensas “Me la suda que estés tan buena. Me da igual”. Pero no, no te da igual, sino todo lo contrario.


Dedicado a todos aquellos que lucharon por la educación publica en el curso 2008-2009. Salud compañeros.

jueves, 12 de febrero de 2009

Trabajo

“Y en plena rebeldía estudiantil, un personaje con una barba tan ridículamente marxista como un personaje godariano, se preguntaba sobre qué es el trabajo…”



Lili Tiantian se limpia con esmero y apatía una serie de manchas que parecen incrustadas en el cristal izquierdo de las gafas. Su visión se concentra en un plano desenfocado de sus piernas, su bata blanca, sus gafas, sus manos y su clínex manchado de saliva. Sus manos son finas aunque tiene los dedos cortos. Un vecino de hace años, que siempre que podía le tiraba los trastos, una vez le dijo que tenía las manos de pianista, lo que destapó sus intenciones, aunque siempre podía no tener muy claro lo que eran exactamente esa clase de manos.

La habitación estaba entera para ella sola. Tres días antes en el hospital se había realizado el sorteo para turnos de guardia entre los forenses y le había tocado, precisamente, el día 1 de Enero. Los conceptos “racismo” e “hijo de puta” se le pasaron por la cabeza cuando se enteró a posteriori de que el sorteo se había realizado sin ella presente y además, sospechosamente, le habían tocado los peores días. Pero estaba acostumbrada a tragar y a guardársela, esperando algún día devolvérselas juntas a todos.

Hasta entonces permanecería sentada en el taburete viejo del deposito de cadáveres del hospital general Juan-Paul Marat como forense residente, sala que ya comenzaba a serle totalmente familiar y personal, en la que pasaba las horas leyendo, trabajando y bebiendo café. Se había permitido el lujo de hacer una discreta peronsalización poniendo una pequeña cinta azul brillante en un aparato de aire acondicionado en la ranura por donde el aire sale despedido para tener el referente visual de que efectivamente funciona, y además, para romper la monotonía del color blanco-hospital, siempre limpio hasta lo insultante, que se extendía hasta donde alcanza la vista.

Los días de verano, donde por no pasar nada ni siquiera muere mucha gente en la ciudad, aburrida de la lectura es capaz de pasar horas viendo cómo se mueve la tira. Pero hoy ni la tira se mueve ni tiene tiempo para ver cómo no lo hace. Hoy tiene trabajo, mucho. Está algo dormida y se ha olvidado de que el café de la máquina no es café sino una broma de mal gusto. Pero llegados a este punto, sorbe y traga sin paladear. Solo necesita cafeína y acabar cuanto antes. La gente tiene la extraña sensación de que cuando toma café el tiempo pasa más rápido, pero no hay nada peor que estar hasta las cejas y ver cómo, efectivamente, el tiempo no pasa. No quería volver a repetir aquella experiencia. Trabajo bueno, rápido, eficaz, y a casa. Tal vez sexo, tal vez helado. A lo mejor ni lo uno ni lo otro sino una buena rápida y eficaz tissana antes de arrastrarse a dormir.

El primer caso de hoy es un hombre de una edad avanzada. Sus ojos azul-cansado, casi fuera de las cuencas, su gesto totalmente ridículo, así como de sorpresa, su papada pronunciada y rasposa por los pelos de la barba, y su estado flácido y desagradable además del pelo blanco con un corte de pelo estilo militar no le hacen demasiada justicia. Su nombre tampoco: Javier Gutiérrez. Operario autónomo de la construcción, tenía una empresa familiar de reparaciones y otras chapucillas que le procuraban muchos beneficios en negro. Buen padre, mal marido, buen hijo, mal amigo, parecía muy abierto en un primer vistazo, pero luego te chocabas contra un muro que nadie pudo rebasar. Nada más allá, tal vez. Su comida favorita era el pollo, en especial la piel. Le solía hacer gracia que la gente le advirtiese de los riesgos del cáncer y solía soltar comentarios escasamente ingeniosos para evitar el tema mientras se metía la piel del pollo y las manos en la boca. Si hubiese podido acordarse de algo en el último momento, sería de sus años en el servicio militar obligatorio, viéndose a si mismo con el uniforme, un CEFME a la espalda, y una motocicleta a lo largo de la playa. Pero seguramente no se acordó de nada. Nos cuentan muchas tonterías sobre la muerte

Lili examina el cuerpo con una grabadora en la mano, se quita las últimas legañas antes de entrar en faena. -Nombre del sujeto: Javier Gutiérrez Salgado. 60 años. Peso: 96 Kg. Altura: 166 cm. El cuerpo presenta la habitual rigidez post-mortem-. Se detiene dos segundos en el resto del muerto. -Su gesto resulta agónico ¿Intoxicación mortal?-. Descubre la sábana y el cuerpo inerte queda desnudo ante la doctora. Acerca la mano al instrumental clínico y toma en la mano un bisturí: -Me dispongo a realizar una sección abdominal para realizar un examen del contenido estomacal-. Pero antes de cortar se asoma una cabeza por la puerta de la habitación. -¡Hey, feliz año! Voy a oncología pero luego te vienes y nos tomamos un café de verdad. Por cierto, te sienta bien trabajar en fiestas, te favorece-. Antes de que pudiese contestar, la cabeza había vuelto a desaparecer de nuevo por la puerta.

Trabajar en fiestas. No lo entendía. No entendía como su padre había podido trabajar en la pescadería casi sin cerrar un día entero durante todos estos años, antes de volver a China. No entiende esa devoción por el trabajo. Claro que si había llegado hasta donde estaba era por las horas de trabajo y trabajo empleado en cosas que no le motivaban. Lo que de verdad le gustaba a ella eran los domingos donde no se hacía nada, tirada en el sofá haciendo zapping, mal comiendo y dándose algún revolcón que otro con el vecino. Eso sí, nada imaginativo, siempre respondiendo al concepto clave: modorra dominical. Y sin embargo 6 días a la semana no es domingo y trabaja y estudiaba cosas que ni le iban ni le venían, pero que le darían dinero. Y aquí está hoy, en el depósito de cadáveres, el techo profesional que una minoría racial podrá alcanzar en la ciudad.

Cogió el móvil y llamo a sus padres. La llamada será cara porque al ver a su niña colocada y sintiéndose lejos de casa, un buen día hace 6 años decidieron volver a Xijuan. Pronto allí será Yuanxiaojie*. No es que a ella le importe, la verdad es que ha nacido muy lejos de casa y no pudo disfrutar de las tradiciones en todo su esplendor. Ocurre con los hijos de los emigrantes que, o se clavan a la tierra o van flotando sin ser finalmente de ningún lado. Y cada generación es susceptible de ser A o B. Sin embargo, desde que sus padres se fueron, ella se sentía algo perdida.

Cuando colgó se recostó sobre su sujeto. Se sintió algo sola, seca. Muerta un poco dentro, aunque quizás esto sea exagerar. La conversación había sido, como siempre, que estaban bien, que la echaban de menos, que no se olvidase de -por lo menos- vestirse de rojo para repeler al Niam* (esto lo dicen de broma, a estas alturas nadie cree ya en el Niam) y que le enviarían una cajita de Yuanxiao*.

Se incorporó, cogió el bisturí y diseccionó el estómago del sujeto. No le llevó mucho tiempo llegar a la conclusión de que se trataba de una intoxicación por salmonelosis. Seguramente el resto del trabajo de hoy sería comprobar cómo, efectivamente, todos habían muerto por la misma causa, anotarlo todo a una estadística y después llamar a los chicos de inspección de sanidad para que se ocupasen del caso. Eso le llevaría tiempo, mucho tiempo, y quería irse a casa.

Mientras sigue concentrada en sus cálculos mentales, la cabeza vuelve a aparecer y esta vez le ofrece un primer buen café de año nuevo. Desde la mesa metálica, mira los 38 cadáveres restantes, con apatía, sabiendo que será realizar lo mismo 38 veces más, obteniendo las mismas conclusiones. Saca un cigarrillo, rompe su primera promesa de año nuevo, lanza el humo al aire y sin girarse dice: -No puedo, tengo mucho trabajo que hacer-.


Niam:
Monstruo del imaginario Chino que devora animales y personas en fin de año. Suele temer al color rojo, al ruido, a la luz, y a los melocotoneros.
Yuanxiaojie: La fiesta de los faroles
Yuanxiao:
Dulces hechos con arroz glutinoso, sésamo negro, mantequilla y azúcar.

domingo, 1 de febrero de 2009

Hacía un buen rato que la madre había gritado que la cena ya estaba sobre la mesa, y con 5 o 10 minutos de retraso llegaron el resto de los familiares, disponiendo la mesa de lo necesario para la cena y encendiendo la tele.

Todos se aposentaron en su sitio personal e intransferible, respetando siempre la cadena de mando. Disciplina y fe en el mando, palabras que habían resonado más de alguna vez aquellas paredes, como punto de apoyo a ese principio de autoridad incuestionable, paralelográmica, que dotaba a los padres de un poder totalmente autocrático, eso si, con algún margen para la libertad de expresión de los vástagos, evidenciando dos verdades incuestionables en este mundo, que la libertad de expresión solo se permite cuando ésta no constituye ningún peligro (en esta casi infranqueable argamasa de amor que se habían convertido en más de 30 años de feliz matrimonio), y que una familia no es una democracia.

El destino quiso que aquella noche la televisión no funcionase. En el zapping decisorio la televisión dejó de funcionar. Un electrodoméstico que había acompañado a la familia durante más de 10 años, tal vez 15, sencillamente así, y sin ningún chispazo, se murió. Sin aspavientos, con una lacónica solemnidad. Y fue así como aquella noche la familia no vio la tele y la conversación surgió.

-No toquéis a la gata que tiene tiña- dijo la madre sin levantar la cabeza del plato
-Está infestada- secundó el padre- La he estado mirando y la tiene por todo el cuerpo. Seguramente la llevemos al veterinario.
-Si se deja- apostilló la madre.
-Si no de deja, la meto en el trasportín y se acabó- dijo el padre con sequedad. Masticó un par de veces y continuó con su razonamiento- lo que tiene por dentro lo tiene por fuera.
-¿No se le pueden dar vitaminas o algo?- La hija trataba de evitar la situación del veterinario. La primera y única vez que la gata asistió a la consulta, se refugió en el despacho de la doctora y le obsequió con un par de zarpazos.
-Pero si no se deja hacer nada… cada vez que tu padre quiere darle una pastilla, o le muerde, o la escupe, o se la traga y a continuación la vomita. Seguramente por eso lo halla cogido.
-¿Y cómo ha podido cogerla?
-¿Cómo coges tú una gripe? Además ya está muy mayor para la vida de un gato, es normal que le pase.
-Pues si hay que sacrificarla-dijo el hijo con la yema del huevo duro en la boca- ….
-Pues se sacrifica- dijo la hermana con toda la tranquilidad del mundo.
-Aún no sabemos si la vamos a sacrificar.
-Tiene… estamos en el… veamos: 1, 2, 3, 4…

Finalmente la edad del animal quedó en un punto indeterminado entre 7 y 9 años. La conversación continuó con temas cotidianos y particulares, durante más o menos 7 minutos. Posteriormente la madre decidió telefonear a su tía, para recordarle que mañana pasaría a recogerla temprano para ir al hospital. La voz se escuchaba chillona desde el interfono. Advirtió antes de colgar que ella le recibiría en camisón.

La tía abuela es todo un personaje. Como los grandes locos de las obras de teatro, ella está cuerda, pero asegura no enterarse absolutamente de nada, consciente de todo el margen de libertad que esto supone en su vida diaria. Tiene más de ochenta años y si pudiera haría y desharía como las hilanderas en el Hades. Sin embargo no es tan ambiciosa y se conforma con su pequeño feudo. Nunca tuvo hijas, y la madre se encargaba de cuidarla, con todos los quebraderos de cabeza que ello suponía (por ejemplo, interrumpir tu fin de semana de vacaciones a solas con tu marido para ir a recogerla a un balneario en Cofrentes, debido a una indisposición imaginaria que le sirvió, a la tía-abuela claro, una excelente forma de evitar su confinamiento estival).

A la mañana siguiente debería de levantarse a las 6 y media de la mañana para estar en la puerta de su casa a las ocho menos cuarto, teniendo en cuenta que tendrán que estar a las nueve en el centro de salud. De todas formas sus planes fracasarán, la tía-abuela se encargará de ello. Vive en un constante estado de resistencia e insumisión senil. No obedece, no toma la medicación correcta, se esconde en su piso cuando quiere, y cuando quiere desaparece, y reaparece. Sin embargo se le permite, pues no constituye ningún peligro mayor.

Quien sabe qué motivos la movían a la madre a comportarse de aquella manera. Desde luego la devoción no, era más bien como una tarea que le había sido encomendada y que no podía rechazar, algo así como quien hereda un título nobiliario y millones en deudas, un desagradable privilegio.

Terminada la llamada telefónica, la mesa fue retirada, cumpliendo órdenes, funcionalidad y costumbre. “Tienes que sacar la basura” dijo el padre al hijo. Y el hijo obedeció.

Era el enero más frío que recordaba. Se calzó las botas y un forro tipo leñador de mercadillo. Caminó despacio y silencioso a lo largo de la calle, en una paz tétrica digna de Poe. La luna llena, oculta tras una densa capa de nubes, hacía parecer al cielo con su luz blanca un falso techo de escayola de una sala de urgencias. Cargando el peso de la basura de la casa siempre se preguntaba de dónde saldrían tantos desechos, y no podía creer que 4 personas en 3 días fuesen capaces de fabricar tantos desperdicios. Pero lo cierto es que fabricar basura es realmente fácil, ya que todo, cualquier cosa, es susceptible de ser un desperdicio.

Dejó el cubo donde siempre y como siempre, cerró la puerta y apagó la luz. El patio quedo sin embargo iluminado por la luz de la luna, dejando en la sombra el enorme cubo color negro, listo de nuevo para ser rellenado. Pero algo se mueve entre las plantas, y dos ojos reflectan la luz con ese estilo tan siniestramente felino que sólo puede proyectar un gato doméstico peludo y gordo de un barrio acomodado del área metropolitana de una capital de provincias.

Desde el fondo de un helecho, el animal, observa el cubo con miedo. Seguramente sospecha algo.

lunes, 26 de enero de 2009

Souvenirs y postales en agosto, en París

París, en agosto, se va de vacaciones como si fuera un proletario de cubículo, y se deja las luces encendidas, y la nevera y la casa hecha unos zorros, y las facturas sin pagar. Y mientras salta al otro lado del espejo, desde reflejo entra otro París, el París de agosto, que no es exactamente París, sino una ciudad que se hace llamar como tal; una especie de farsante que ni siquiera trata de parecerse a ella, que solo quiere llevar su nombre y vivir en su casa. Se desvanece la esencia del París real, quedándose asolas con sus millones de legiones de turistas pertrechados de maquinas flasheantes, asolas con sus restaurantes excesivamente caros, con sus circuitos arriba y abajo del sena, con sus bateauxumuches, con los suplentes de los mendigos, y con las colas de Louvre.

Solo si eres listo y tienes suerte, te topas con algo que sí pertenece al París autentico, y cuando eso pasa la reacción normal es que sonrías, te calles, asientas a gusto por dentro, y te lo guardes sigiloso en el bolsillo mientras rezas para que no salten las alarmas.

No debían de ser más allá de las 4, y como me costumbre me había perdido la hora del desayuno. Era uno de esos veranos locos. También era sábado, pese a lo irrelevante de este dato, pues sabed que el tiempo en agosto en París, no existe. De acuerdo, sí que existe, pero pasa de puntillas. El sol brillaba con fuerza en la calle, y hacia bastante que mi estomago no tenía nada sólido que asimilar; aunque daba igual, estaba loco. Tenía 18 años y creía (y aún hoy creo) ser una especie de beatniks (si es que esa palabra esta dotada de algún contenido). Que divertido resulta, que intenso era todo. Hacía dos semanas que me había dado por vencido y la ciudad, fuera quien fuese, me había absorbido, convirtiéndome en una especie de anti-zombi , y habiendo mi alma, ahora la ciudad entera me recorría por dentro. Todo mi yo era parte de París, y París es tan grande…

¿Ella tenía 21 años? Desde luego era mucho mayor que yo. Se llamaba Marva, originaria de un país de cuyo nombre no quiero acordarme. Digamos que era del Toboso. Estudiaba relaciones internacionales en la Capital del extraeuropeo estado del que provenia. Era morena, muy morena, y bajita, muy bajita. Tenía el pelo liso y unos ojos preciosos, y unas manos pequeñas y con algún que otro anillo. No vale la pena comentar nada sobre su nariz. Oh sí, es de manual,es la típica chica que me gusta. Había acudido a París para perfeccionar su francés antes de su beca erasmus en Bélgica, o tal vez en Luxemburgo. Realmente huía. Estaba allí huyendo. Huíamos los dos. Supongo que era en buena parte un motivo para gustarse.

Caminamos desde la parada de Luxembourg, cuesta abajo por todo el barrio latino buscando alguna licorería abierta. El barrio latino por la mañana es la evidencia de que el capitalismo es lo más parecido que hay a la invasión de los ultracuerpos, aspirando siempre la esencia de todo lo que le resulte productivo, sin importar absolutamente nada más. Y cuando se cansa escupe los huesos contra el suelo, o contra los extrarradios. Todo acaba convirtiéndose en eso… los platos rotos de los griegos en el suelo, las tiendas de dulces árabes, los metres en la puerta llamándote para que entres a comer, invitándote a veces demasiado insistentemente… todo no es más que un laberinto de cartón piedra para turistas… es otra manera más de venderte una llaverito de plástico de la torre Eiffel “made in taiwán” . Incluso la propia palabra, París, podría llegar a afearse.

No muy sorprendentemente encontramos una tiende de ultramarinos abierto. Los pakistaníes, en realidad todos los inmigrantes que regentan un establecimiento trabajan hasta caer al suelo sin fuerzas y generalmente con una amplia sonrisa. Conocen perfectamente el papel que la sociedad francesa, la europea realmente, tiene reservado para ellos. Compramos algunos de botellines de cerveza y una gran bolsa de pistachos. Yo no estaba aún demasiado acostumbrado a beber durante las horas de luz, me resultaba moralmente incompatible. De todas formas rechazar aquella invitación habría sido descortés, y en el fondo nos divertíamos mucho.

Nos sentíamos peligrosos callejeando sin dirección, bebiendo a plena luz del día, con toda la ciudad en nuestras manos. Éramos como dos gatos sucios rebuscando en la basura, en cualquier callejón de la propia ciudad, pisando fuerte, saltándonos las clases. Creíamos ser malos e irremediablemente culpables, como un par de atracadores de bancos peligrosos y armados.

Si cruzas el puente que va desde la plaza de Sant Michel a la Ille de la Cite, en dirección al Hotel de la Ville, verás un pequeño embarcadero de madera en el que se para un fleuve-bus, cada mucho rato, debajo de unos árboles a los que nunca se les caen las hojas. La luz cae ahí tranquila a esas horas, y dos metros más atrás se forma un curioso remolino contra el puente. Nos sentamos allí, sobre las piedras calentadas por el sol y estuvimos hablando durante toda la tarde, tirando cáscaras de pistachos al sena, que aparentaba más sucio que nunca, bebiendo y besándonos.

Yo le soltaba profecías sobre la música, sobre el arte, sobre el estado de las cosas, sobre política, pensando en voz alta cantidades ingentes de estupideces. Cuanto más grande era la fanfarronada, más grandes eran sus ojos (sin duda había mucho de ego también en todo aquello). Oh sí, palabrería, rosarios que yo mismo me creo y que predico, a veces con fe a veces sin. Pero seamos realistas, ella estaba buscando a un charlatán como yo, un muchacho rubiete de piel porcina que se encandila pensando en las musarañas y dice ser artista y revolucionario. Nada más europeo que eso. Todo un souvenir.

Cuando yo me callaba, a veces pasaba, ella me hablaba de su casa, de su tierra y de su vida. Supongo que yo también pondría los ojos bien grandes cuando me hablase del tema. Y entonces dijo la frase inevitable que debía haberse evitado “tienes que venir a verlo, es precioso” ”no creo que pueda ser” dije acariciándole la cara. Ella ya lo sabía, claro que lo sabía, pero no quería saberlo. “Si me acuesto con mi novio y le pongo tu cara… ¿crees que estaría mal? Moralmente hablando, claro”. Me sentí culpable, deseado y extrañamente alagado. Yo veía como el botellín de cerveza se hundía en el fondo del río, junto a las últimas corfas de pistacho “vamos a ir al infierno, ¿sabes?”.

Volvió a besarme. Anochecía.

En el momento en el que todo esto sucedía, su novio, un ultra-nacionalista cuasi-fascista semi-hooligan similar en tamaño y forma a un menhir, desconocía aún mi existencia, al igual que su padre, un señor de piel tostada y gran bigote. Estábamos a salvo convertidos en uno de esos rincones, quiero creer que autentico, que el verdadero París no había podido llevarse de vacaciones, aunque solo fuera por aquella tarde.

Pero ahora que lo pienso no, nada más típico que un chico y una chica que se creen enamorados en verano, en París.

domingo, 18 de enero de 2009

He perdido mi alma
Predeterminadamente.
Al descubrir que era
Netamente cultural
Decidí deshacerme de ella
Y ahora los cigarros
Solo son papel y tabaco
Y los paseos solo un medio de transporte
Y el cemento
Cemento.

-Humberto Arenal-

Bajo la extraña sensación en la que la realidad parece sacada directamente del cine dogma, has decidido volver a tu casa andando. Crees que el ejercicio te va a sentar bien, y siempre has dicho que te gusta pasear. Cubres tu cabeza con una capucha y emprendes el camino hacia eso a lo que te sueles referir como casa. Casa… no puedes evitar sonreír cada vez que esa palabra se moldea en tus labios, aunque sea mentalmente.

Estas arrepentido de haber bebido la última ronda de chupitos de cazaya con lima y azul, pero es que el nombre de gremlin parecía irresistible en la carta de bebidas. En una extraña proporción el alcohol aumentaba y la conversación se desvanecía, aunque reconozcámoslo, ha sido muy escasa toda la noche. Además plagada de conversaciones tópicas y completamente estériles;” ¿que es el arte?” Y entonces empiezan gritar como hienas sobre una cría de antílope, defendiendo hasta el último cartucho su punto de vista. Tú también, y actuabas como todos ellos mientras por dentro sabias exactamente que se iba ha decir en cada momento de la conversación. Oh sí, las caras cambian, pero la conversación siempre es la misma. Es como una roca que te toca subir todas las noches, y borracho es igual de grande, y da igual que bar porque la colina siempre es igual de alta, y nunca hay conclusión, al final siempre se te cae encima.

Nada te sorprende últimamente, ni el travesti que ahora te persigue algunos metros para convencerte de sus planes, ni los filósofos-políticos que te seducen con sus retóricas para jóvenes con barba. Ni la música… y que triste que ya no haya un disco que te convenza de cabo a rabo. Todo tiene pegas, Dios no existe. Lo único que tienes es frío, y mucho camino por delante.

Chafas y pisas por las mismas calles y recuerdas aquel cuento que te contó hace poco una de esas luces de Neón que ves a lo lejos mientras conduces en la autovía por la noche. “Érase una vez que se era un ruso ateo que murió y fue al cielo. Incrédulo y empecinado siguió negando la existencia del paraíso pese ha habitar en él. El cielo no existe decía. Su actitud hizo que este fuese condenado a correr 4000 años en la oscuridad hacia la luz si quería alcanzar el cielo. Pero el ruso cuando se vio envuelto en tinieblas, en vez de correr como alma que lleva el diablo, se sentó, y repitió de nuevo No existe el cielo.”

Tienes la intención de hacer lo mismo, de sentarte en el suelo y declararte en huelga legitima, exigiéndole algo más al mundo, de llegar a tu casa y quemar todo aquello que no valga realmente la pena, y a cada paso estas apunto de hacerlo, pero al final te faltan cojones. Tranquilo, al propio Dovstoyeski también le faltaban. Y al igual que a ti, también la faltaban para ir corriendo hacia la luz.

Paso tras paso la avenida se vuelve cada vez más grande, cada vez mas vacía, y cada vez con figuras que pasan mucho mas deprisa, mientras tú, cada vez te sientes mucho más pequeño, hasta que finalmente desapareces.

sábado, 3 de enero de 2009

Vigilar y Castigar


7:40. Funcionarios clase B y clase C están despiertos, su jornada comienza en una hora y 20 minutos.

Pantallas monitorizan todo. Resultan hoy particularmente tétricas las imágenes de la gente entrando en la plaza del ayuntamiento, tan callados, tan sumamente individuales, y uniformados (todos sin excepción) en su individualidad, en su particulares particularidades, tan uniformemente libres, tan igualmente diferentes… Y tan dormidos… es como si una cinta transportadora les arrastrase a su puesto, como las maletas en las zonas prohibidas de los grandes aeropuertos, observados por los grandes leones de hierro que vigilan desde lo alto de bancos y la oficina de correos.


Hoy hay riesgo de atentado, y los cuerpos de seguridad van especialmente armados, apostados en puertas y puntos estratégicos de cada edificio realmente importante. Al entrar en el ayuntamiento para reclamar no sequé multa, 22594027-B no deja de observar el subfusil de carabinero que en su posición reglamentaria protege, como miembro del orden, a la fila que se ha formado en “reclamaciones”, la fila en las que se ordenan los ciudadanos para protestar utilizando los procedimientos estandarizados.


Esta oscuro, y hay sobretodo silencio (no el silencio de la falta total de sonido, sino esa amalgama de ruidos de fondo que a la practica no eliminan el vacío, sino que lo potencian) y tiene mucho miedo. Tiembla cada vez que el arma se balancea sobre la correa, cada vez que da un paso. 48590815-A, disimuladamente se acerca, y mirando hacia otro lado le susurra, “tranquila, nos necesitan vivos”.