lunes, 23 de noviembre de 2009

Octava y última llamada



Llevo dos horas sentado en la misma comisaría de policía, desde las seis de la mañana, hora en la que los periódicos salen de la imprenta para ser distribuidos en cada esquina de la ciudad. Nueva York es un tapete donde lo importante es repartir las mejores cartas a los jugadores, y los chicos del New York Herald saben que para repartir las mejores cartas hay que tener una buena fuente: la policía, ese peculiar terrario al que van a parar todo los gusanos.

-Jerry, maldito bastardo, dile a Bob qué hiciste ayer en el local de Madame Dirken, que se lo cuente a su hermanito y que lo publiquen en su panfleto de mierda.

Aquí todo el mundo me llama Bob. Darnton Junior, si acaso, pero solo algunos peces gordos que conocieron a mi padre, Vincent Darnton, famoso periodista que recibió de golpe toda el reconocimiento que había deseado a lo largo de su carrera al mismo tiempo que recibió una bala en el culo al otro lado del charco. Peces gordos que le conocieron en los años posteriores a su accidente, en aquellos cinco años en los que continuó ejerciendo el noble pero amargo oficio del periodismo local antes de morir por las heridas obtenidas. Pero estos peces gordos son una excepción, desde luego. La policía sigue siendo igual de corrupta pero ha perdido la vista global, decía mi padre, se han vuelto ciegos. Al menos en comisarías como la de Brownsville, en la que como ya he dicho llevo dos horas sentado, los idiotas como los agentes Jerry y Mike están por todos lados.

-Jeje... diablos, Bob... ¿Te... te acuerdas de Claudia?. No me mires así, Bobby, yo te respeto, respétame tú a mí. Oh, vamos... aquellas, sí, bueno, aquellas furcias que encontramos en el gabinete del señor Sullivan, el tipo australiano que... ¿Me estas escuchando?
-¿Qué te parece eso, Jerry? No te está escuchando, sigue leyendo esa bazofia que le dieron en Cambridge. Enséñanos qué llevas ahí, muchacho.

Si sigo aquí es en parte por honrar su memoria pero sobretodo por la presión de mi hermano Chris, columnista del Herald como todos y cada uno de los miembros de la familia Dartnon. Prometí pasar aquí cada mañana de los lunes, miércoles y viernes para tomar apuntes sobre casos policiales. Desprecio a los policías dentro de lo que mi situación me permite. Por lo general no molesto, me llevo algunos libros para distraerme y procuro no estar en medio. Tampoco a ellos les hace demasiada gracia tener a alguien como yo fisgoneando en sus archivos, para la policía no soy más que la variación de un picapleitos. Sin embargo, poca o ninguna diferencia hay entre un periodista, un policía y un historiador.

-¡No te jode, Jerry! ¡El muchacho guarda una novela dentro del Penthause!

Me gradué en Historia hace ocho años. Entré en la universidad de Columbia gracias a los contactos de mi padre, que hurgó en su orgullo lo suficiente como para encontrar alguien a quien pedirle un favor tan humillante. Que me decantase por la Historia no sentó bien a nadie, pero que además recibiese una beca para marcharme a Inglaterra fue la gota que colmó el vaso del pragmatismo de los Darnton.
A tu padre no le mató aquel metal coreano que los coreanos le pusieron en el culo, me recuerda mamá a veces, fue tu decisión de irte a Cambridge a por ese condenado doctorado. Y razón no le faltaba, corroboraba mi hermano.

-¿Qué demonios os pasa, chicos?- contesté al mismo tiempo que arrebataba el libro de Huizinga de las manos de Mike, compañero de patrulla de Bob y, lo peor de todo, el portavoz del sargento Woody. Eso lo convertía en mi conexión con la comisaría - Llegáis tarde.
-¿Qué estabas leyendo?
-No es de tu incumbencia, Mike.
-¿Pero por qué lo escondes?
-Escucha pedazo de animal, la secretaria de mi hermano me llamará enseguida y querrá información sobre el caso del cadillac del alcalde que hallaron en la bahía. Dicen que dentro había una chica. Bien ¿Qué tienes?
-Verás, Bob, el sargento no me dijo qué se puede y qué no puede decir -dice Mike- así que me temo que no hay nada que decir.

Nada nuevo bajo el sol. En Cambridge no se me previno para esto. Aún así, parece ser una buena vacuna contra el empirismo ingenuo que tanto adoran los beefeaters amantes del Cricket. En Nueva York la policía tiene una versión sobre los hechos; versión que es, en primer lugar, la versión oficial. Aquí no se hace trabajo de campo. A partir de sus declaraciones la prensa negra escribe sus crónicas. Se presupone que la falta de objetividad se compensa con estilo. Desde la portada hasta las necrológicas: sencillamente, ni método ni moral. Por no hablar de la censura.

-Pero te contaré algo mejor. En realidad lo hará Jerry, ¿Verdad Jerry?
-Bueno, no creo que sea necesario, Mike.
-¡Oh, venga! Está bien. Verás, hijo, el agente Jerry Graham, encontró una cosa muy especial en el coche patrulla esta mañana -los dos se ríen a carcajadas- ¿Y sabes qué era, hijo? Una preciosidad, sí señor ¿Sabes el qué?
-Sorpréndeme -le digo.
-El maldito hijo de puta estuvo anoche con su pequeña furcia jugando en el asiento de atrás después de hacer la inspección por, bueno, ya sabes, aquella chica del alcalde trabajaba allí y todo eso -Jerry mira al suelo con algo de vergüenza e introspección-. Resulta que la pequeña fierecilla estaba practicándole una buena...
-Ahórrate los detalles -le interrumpo.
-¡Vamos Bob! !Pareces uno de esos remilgados con tu condenados aires a lo Irving Berlín!
-Dime lo que tengas que contarme y déjame en paz.
-Bien, pues resulta que la muchacha era tuerta y Jerry no lo sabía. Estaba tan borracha que ¡Se le cayó el ojo de cristal entre las piernas de Jerry! ¡Un magnífico ojo azul!

Aquello tenía gracia, la verdad. Aunque no quisiera estar en el pellejo de la pobre muchacha ahora mismo. Me gustaría poder mandar a mi hermano una historia parecida, o, incluso, ¿Por qué no? Debería escribir algún libro sobre la historia de la prensa negra, sobre las relaciones entre los policías, los asesinos y los periodistas. Quizás algún día lo haga. Antes de que todo se vaya al carajo. Al menos esta gente leería algo de historia y, de paso, hacer algo útil a ojos de mi hermano. Aunque, en realidad ¿Qué importa? El hermano del rector de Cambridge era un granjero mucho más rico que él. En un mundo que es cada vez mas un mundo los diarios sólo se preocupan por el patio trasero. Los crímenes tienen más importancia que los artículos sobre asuntos internacionales, lo privado predomina sobre lo público. Nueva York no es ni ha sido el paraíso, sencillamente los neoyorkinos se sienten más cerca del cielo como si... como si ciudad fuese en realidad un faro deslumbrante.

-Te crees muy gracioso, Mike, pero por qué no le cuentas a Bobby lo de aquella chica de Kansas, ¿Eh?
-Cierra el pico, Jerry.
-Oh, vamos, eso me interesa. Seguro que te puedo conseguir una buena portada.
-¿Ves como tienes la prensa en la sangre, Bobby? -se burla Mike- En realidad no es mi cuñada, bueno... -se ríe- todavía no.
-¡No se si lo será después de todo!
-Que te calles, he dicho. Espero que no tengas una condenada grabadora por ahí, Bob. Verás, llevé a Mery al teatro hace dos noches. Tendrías que haberla visto, toooda una monada. Bueno, este uniforme que ves es toda un amuleto para las mujeres aunque pocas veces conseguimos atraer a chicas tan dulces como Mery, palabra. ¿Sabes, Bob? Te pegaría, es muy de tu estilo.
-¡Pero cuéntale lo de la bolsa!
-Maldito estúpido, estoy haciéndolo. Bueno, todo fue perfecto. Después del teatro fuimos a zampar en un italiano del Soho donde nos tomamos una botella de vino entera. Y, bueno, el resto puedes imaginártelo. Todo de maravillas.
-Peero... -le hice entrever que no tenía tiempo, lo cual, aunque era cierto, no estaba reñido con cierta curiosidad por saber qué clase de historia sería esta.
-Sí, sí... verás Bob, cuando ayer me desperté en el departamento de aquella preciosidad, a su lado, me sentí el tipo más feliz del mundo. Sin embargo, aquellos jodidos italianos... en fin, tuve que ir al servicio.

Tengo que detenerle para comprobar que no he recibido ninguna llamada de la oficina del Herald. Van a llamarme en cualquier momento y no sé qué narices decirle sobre la chica del cadillac.

-¡Que se joda tu hermano, Bob!- sugiere Jerry- ¡El final es lo mejor!
-Sois un publico estupendo, vosotros dos -dice Mike, bastante lacónico.
-Y vosotros largáis demasiado y además nunca sobre lo que me interesa.
-Bueno, que tuve que ir al servicio -prosigue Mike sin hacer caso a mi comentario- y, vaya..., todo lo del italiano tenía mejor pinta que cuando nos lo sirvieron, palabra. Pero no fue hasta que fui a estirar de la cadena cuando me di cuenta de la gravedad del asunto -Jerry estalla en carcajadas-. Imagínatelo, después de siete citas intentándolo no podía dejar un regalo similar en aquel retrete. Probé con todo, Bobby, con todo. En aquel maldito cuarto no había manera de hacer tragar aquello. Probé con el agua de la fregona, el único que había en todo el departamento pues al parecer Mery no paga sus facturas a tiempo -la risa de Jerry es tan exagerada que atrae las miradas de otros agentes- ¡Maldito Jerry, vas a meternos en problemas!
-Mike, escúchame bien: no tengo todo el día -le digo sin poder esconder media sonrisa.
-Te lo estas pasando tan bien como este gusano ¿Verdad? Bueno, pues, decidí "cazar" esa ballena con mi calcetín y sacarlo bien por la ventana o por la puerta. No hará falta que te cuente lo que me costó aquello, supongo -niego con la cabeza, a punto de reír yo también- bien, chico listo. Decidido a salir de allí lo antes posible para deshacerme del cuerpo del delito, me propuse dar un pequeño beso de despedida a Mery, que seguía, o eso pensaba yo, dormida en la cama. Pero, bueno, no me malinterpretes, Bob, pero al verla allí semidesnuda pensé qué demonios, quizás pueda darme otra fiestecilla si Mery está por la labor ¡Y vaya si lo estaba!, ante tamaño espectáculo se me olvidó todo el asunto del calcetín, así que cuando tuve que marcharme, lo dejé sobre la mesa de la cocina sin más.
-¡Santa Claus se ha adelantado este año! ¡Apuesto a que no volverá a colgar otro par de medias en diciembre nunca más! - culmina Jerry. Los tres estallamos en sonoras carcajadas hasta que desde dentro del despacho del sargento un par de dedos entreabren la cortina.

-Sois unos idiotas, los dos, ¿Me oís?
-Verás Bob, no todos tenemos un bonito doctorado. Dime: ¿Qué le dirás a los del Herald cuando te llamen?





Imagen: Brassai

8 comentarios:

Cucaracha homicida dijo...

Que me perdone el viejo Bobby Darnton.

Lautréamont dijo...

Habíais logrado confundirme: esta se la había atribuido a la Cucaracha Amarilla.

Muy peliculero (en el buen sentido). Incluso podríamos adaptarlo a la radio para algún programa...

Cucaracha homicida dijo...

Sí, bueno, es muy de género pero tampoco quería caer en la parodia pura. Está basada más o menos en hechos reales. Las historias que cuentan los policías las escuché en un programa de Eurpa Fm y el supuesto protagonista es una versión caricaturizada de un historiador muy famoso cuya biografía adapto para el caso. Sin embargo, sí, el desarrollo es bastante peliculero.

Cucaracha Amarilla dijo...

Yo veo a Martin Scorssese, mucho aquí. Y los imbeciles diran tarantino, pero es Martín, sin duda alguna.

Bravo. Que gran final y que incontestable esa última frase.

Por cierto. ¿Se puede saber porque merecería la autoría de este relato?

Lautréamont dijo...

No sé, Josías, cuestión de estilo...

Cucaracha homicida dijo...

¿Por la faltas de ortografía?


risas enlatadas....

Anónimo dijo...

Tal vez por fín has conseguido superarte, y he ahí que parezca un relato de mi cosecha.

(Ahora es cuando el publico hace eso de, "uuuuuuuuuuuuuu")

P.d: toda esta discusion es carne muy fresca para nuestra futura Sitcom, plagio de "The Big Bang Theory" titulada provisonalmente: "El fín de la historia".

Cucaracha homicida dijo...

Jajajaja... sí, propongo que en cada capítulo se ridiculice una escuela historiográfica a través de relaciones personales.


¡Oh, querido Josías! ¿Has vuelto a pedirle el teléfono a esa pequeña vitnamita de acuerdo a los preceptos de la escuela de Annales?