lunes, 9 de noviembre de 2009

Sexta llamada

Pequeña fábula también conocida como: "plagiando a Kafka y a Conrad" o incluso:

"Pero no hagamos ya más literatura: (ni nos escribamos, ni nos saludemos si -de camino a clase- nos cruzamos en el pasillo)."



Pero no hagamos ya más literatura. Por este mismo correo (o mañana) te envío, certificado, mi cuaderno de versos, que guardarás, y del que podrás disponer para cualquier fin como si fueras yo mismo. (...) Adiós. Si mañana no consigo la estricnina en dosis suficientes, me arrojaré al metro... No te enfades conmigo.

Mario de Sà-Carneiro (Carta a Pessoa del 31-3-1916)*






Los señores X y Z entran en la cafetería y registran el local con los ojos sin sacar las manos de los bolsillos. El señor J no ha llegado aún. Habrá vuelto a perderse, opina el señor X; no, no, esto ya ha ocurrido algún martes, suele llegar tarde por culpa del palique de su profesor, afirma el otro. Cuelgan los abrigos y se adentran en el local. Piden dos cafés dobles y el señor Z dedica a la camarera un chiste obsceno bastante vulgar que hace reír sonoramente a su compañero, contagiando con esta risa a un grupo de profesores que apuran sus vasos de orujo antes de marchar a clase. A pesar del hambre deciden no pedir nada y, tras quedarse solos en la barra, los dos caballeros se dirigen a una mesa cerca del ventanal para que, si se diera el caso, poder avistar mejor al señor J.


¿Cómo va tu pieza? pregunta el señor X frotándose las manos, entumecidas por el frío de afuera. El señor Y se toma algo de tiempo para su respuesta y cuando finalmente parece haberla encontrado, una camarera -no es la misma camarera que les ha tomado nota- les trae los cafés de la forma más brusca que la diplomacia hostelera le permite. El del señor Y tiene un cuarto del café bailando por el platillo de la taza, deliberadamente derramada. Ustedes me disculparan, señores, se disculpa ella, ¿Querrán que les traiga otro? Los dos jóvenes escritores se miran divertidos y niegan con la cabeza. Se escuchan algunos gritos en la cafetería y la camarera se aleja. Sirven el carajillo demasiado cargado aquí, dice el señor Z, a lo que el señor X responde con una renovada carcajada con ganas la nueva ocurrencia.

Tu guión, que cómo va, repite el señor X tras un par de sorbos a su café. Esta vez la respuesta es definitivamente interrumpida por la aparición del señor J desde el otro lado de la calle, bajando la avenida muy lentamente sujetando el teléfono con una mano, gesticulando de forma violenta con la otra.
Te apuesto el café a que se trata de la señorita de J, bromea Z. Quizás su madre, dice el señor X, su madre con la tercera amenaza en lo que llevamos de mes. No, no, mira sus ojos, no le gritaría así a su madre, de todas formas enseguida lo sabremos, concluye el señor Z, quien a continuación lanza una nube de humo que podría parecer burlón pero en realidad contiene algo de desazón mezclado con ¿envidia?, al menos así lo piensa el señor X.


Este último se levanta a por otro paquete de tabaco y, de paso, pide otros dos cafés sin provocar a las camareras, que parecen haber olvidado el asunto anterior. Al volver a la mesa no puede evitar fijarse en una pareja que discute acaloradamente en el otro extremo de la cafetería, situación que comenta a su colega Z.


-¿Has visto aquellos dos, junto al servicio?

-Llevo escuchándoles desde que hemos entrado ¿Qué les ocurre?

-No sé, los dos están muy excitados. Es decir, -se adeanta a la broma de su compañero- bastante nerviosos.

-Aham...

-Ella ha intentado levantarse dos veces y él le ha retenido sujetándola por la muñeca-. Esto parece divertir a su colega, que juguetea de nuevo con el humo del segundo cigarro- Hoy estás un tanto distraído ¿Se puede saber te hace tanta gracia?


El señor Z tampoco responde esta vez pues el señor J ha entrado en la cafetería y se dirige hacia ellos con las manos sobre la cabeza, dejando entrever cierta desesperación.


-¿Qué tal está la señorita J? - pregunta Z, burlón.

-¿Cómo sabes...?

-Te hemos estado observando a través del teléfono- corta el señor X.

-Y yo he ganado la apuesta. ¿Dime, J, Lo has traído?- pregunta Z.

-Se acabó -balbucea J, sin contestar la pregunta- hemos terminado. No pido tanto, qué se yo... tampoco no hay que ser... ¡Un momento! ¿Apuestas? ¿Habeís hablado con Agnes?

-¿Quién es Agnes?- pregunta el señor X cuando, de repente, vuelve a sonar el teléfono de J, que se disculpa y sale apresuradamente olvidándose el abrigo. Los otros dos observan como cruza la estrecha avenida y vuelve a recorrer primero hacia arriba y luego hacia abajo un pequeño trecho de la acera sin dejar de tiritar y gritar por teléfono.


Agnes, dice el señor Z, es la chica que conoció en el taller de narrativa del sindicato. El señor Z resume entonces los cerca de dos meses de relación tormentosa entre el señor J y Agnes, las llamadas telefónicas de madrugada en las que aquel -mucho más joven que los señores Z y X- le consultaba sobre varios asuntos. Por un lado, continua Z, parece que la chica es una belleza pero que, por otro lado, según J su talento literario deja mucho que desear. Al parecer hace tres noches ella estuvo leyendo lo que parecía ser un relato de género infumable, y así lo calificó J procurando un mínimo de sensibilidad. Creo que llevan así desde entonces. Comprendo, murmura el señor X, además hoy es día de taller. En efecto, corrobora el señor Z. Es increible lo mucho que sabes sobre tu camello, añade el señor X. Esta vez es Z el que ríe. Necesito esa mierda ahora.


Hagamos un inciso. Los señores X y Z están en la cafetería de la facultad por un motivo en concreto: adquirir cierta cantidad de hachís del señor J, también escritor aunque todavía estudiante y, por tanto, lógicamente más joven que aquellos.


El señor X vuelve a levantarse -esta vez para ir al servicio- y aprovecha la ocasión para observar el desarrollo de los acontecimientos en la mesa de la otra pareja. Para su sorpresa, en la mesa hay ahora otra mujer y los tres conversan animadamente. El señor X incluso cree detectar algo sonrisa en el rictus del muchacho que antes sujetaba a su ¿novia? de forma violenta. Desde su sillón el señor Z, que también les observa, piensa algo parecido. Aprovecha la ausencia tanto de su colega como del joven señor J para hurgar en los bolsillos del abrigo de este en busca del tan ansiado costo. No tarda demasiado en encontrar una pequeña piedra algo cimbreante y de no más de dos gramos. El señor Z, experto en estos menesteres coloca en una cucharilla y la calienta colocando el fuego del mechero debajo de ella hasta que consigue la consistencia necesaria para ser diluida en el café y remueve bien la cuchara en el suyo hasta quedar una cantidad insignificante que, movido por el compañerismo, la diluye en la taza de su colega.


Al mismo tiempo el señor X se adentra poco a poco en los denigrantemente sucios aseos de la cafetería de la Facultad de Filosofía y Letras. Él considerado asímismo un tipo bastante pragmático, se encuentra claramente indignado por el estado del aseo. Incluso llega a compadecerse a por los alumnos, aunque enseguida su solidaridad se convierte en irritación al observar que en el pasillo que lleva al aseo de las mujeres un riachuelo de burujos líquidos de color amarillo anaranjeado causados casi con seguridad por una mala digestión remata el cuadro. No pienso pedir nada de comida en la cafetería, se dice. Con las ganas de orinar desvanecidas, decide entonces tomarse la justicia por su mano y se acerca a la conserjería para preguntar por algún responsable. Parecía conducir directamente al corazón de las tinieblas, vocifera citando a Conrad sin apenas darse cuenta, pero con su ilustrada queja no recibe más que un cruce de brazos. Frustrado, vuelve a la cafetería decidido a acabar rápidamente con lo que ha venido a hacer y, al pasar por la barra, pide un whisky con hielo.


En su camino de regreso coincide con el señor J, que parece más enfurecido todavía que antes y tiene las orejas coloradas. Mierda, mierda, mierda, farfulla exhibiendo su teléfono completamente destrozado. Lo lancé al suelo. Maldita sea, hace un frío de narices ahí afuera. Mierda, mierda. Se vuelve a colocar la chaqueta ante la tensa mirada del señor Z y, tras murmurar "ahora vengo", se va a la barra, donde los señores X y Z le ven solicitar el teléfono de la cafetería. Al parecer lo obtiene no sin poca diplomacia y -desde allí no lo pueden asegurar a ciencia cierta- alguna propina.


Entretanto los señores X y Z guardan silencio y observan cómo el tierno señor J manotea y hace gestos de que sus llamadas no obtienen respuesta alguna. Absortos como están los dos amigos que, casi no reparan en que la pareja que discutía en el otro extremo de la cafetería abandonan el lugar muy alterados y vuelven a entrar inmediatamente después con un semblante más inquieto todavía.


El señor X accede a regañadientes a seguir un poco más con la situación. Intenta incorporarse para pedir otro vaso de Whisky pero no puede moverse. Desde la barra, pero como si hubiese el doble de distancia, le llega la voz enfurecida del señor J gritando "no hagamos ya más literatura" y machacando el aparato contra el mostrador ante el horror de las camareras. Súbitamente, la muchacha que andaba con la pareja de enajenados del fondo ulterior, la tercera en discordia, arranca a correr hacia la mesa en la que estan sentados los señores X y Z para dirigirse finalmente hacia la salida, desde donde continúa corriendo avenida abajo.


-¿No crees que deberíamos detenerla? -pregunta monsieur X, que empieza a tener ganas de vomitar a causa del hachís.


Inmediatamente la otra pareja le sale a la zaga. Paralelamente, en la barra el señor J se acurruca en un extremo de la barra. El señor Z le hace una señal para que traiga algo de beber, que sea fuerte, añade a gritos.


-¿Qué relación crees que tendrán? - continúa aquel- Parecen sonámbulos.

-Cierra el pico X, pueden estar armados - el señor Z comienza a tener las pupilas dilatadas y acaricia su taza con esmero.

-¿Crees que corren hacia la cama?

-Lo que en realidad me pregunto es qué cojones estará haciendo el señor J. Francamente, me duele la cabeza.

-Hemos bebido mucho. Estoy cansado, vayámonos.

-Espera, espera... hemos venido a por algo y no me iré sin ello.


Los gritos del cocinero vuelven a distraerles de la conversación. Ha sacado un cuchillo y amenaza al señor J con llamar a la policía si no deja a las camareras en paz, si no suelta la botella de whisky que ha cogido de la barra. Este retrocede, da la espalda al gordo cocinero solo cuando se encuentra muy cerca de los dos colegas. Les ordena: dadme un móvil mientras del bolsillo interior de su abrigo saca una pequeña placa de costo que tira en medio de la mesa. Dadme el móvil y estamos en paz.

-Pero... ¿Y el dinero? - le interroga el señor Z.

-Simplemente tu puto teléfono. Te lo devolveré la próxima vez


En cuanto consigue prestado el teléfono de X, el jóven J sale también disparado de allí. Tras observar el material y asentir, el señor Z propone pagar la cuenta y pasear hasta la colonia residencial degustando el botín. El señor X se siente realmente enfermo y así se lo hace saber su colega, que amablemente se ofrece a pagarle un taxi a casa.


El señor Z abandona la mesa y se dirige hacia una barra en la que se acantonan un cocinero y unas camareras de mirada desconfiada que no parecen demasiado dispuestas a prestar su teléfono de nuevo. A medio camino, se gira para gritar un hermoso "que te jodan" y escapa con su premio en el bolsillo a a misma velocidad que los anteriores clientes del local.


El señor X se desliza hacia abajo en su sillón como si de una bañera se tratase. En realidad se alegra de perder de vista por fin a todos.






*Recogido de Enrique Vila-Matas"Suicidios ejemplares" publicado por Anagrama.

2 comentarios:

V dijo...

Muy bien. Tengo que decir que a mí si que me gusto este relato. Es largo, sin duda, pero me gusta.

Lautréamont dijo...

Desconcertante. ¿Está basado en hechos reales?

¡Liberemos todos los baños universitarios de su pequeñoburguesa limpieza! ¡Que caigan uno, dos, tres orines!

Sí, tiene que estar basado en hechos reales, sólo la realidad es tan parecida al sueño de un delirante.